El favor póstumo de Fontana

03.09.2018
Guillem Bota
5 min

Al funeral del historiador Josep Fontana no acudió ningún representante del Gobierno catalán. Mucho mejor para el muerto. Un president agarrado a una botella de ratafía no es imagen con la que nadie desee abandonar este mundo, ni aunque el finado sea alguien de probada paciencia, como el viejo profesor. Supongo que esa sería la razón por la que, según me cuentan, dejó escrito en sus últimas voluntades que no quería a ningún político en su adiós. Ninguno. Uno nunca está seguro de lo que hay después de la vida, e incluso un marxista como Fontana puede albergar dudas: ¿y si en lugar de la nada más absoluta, resulta que todavía puedo ver y sentir? La sola posibilidad de que ese ver y sentir incluya a Quim Torra acompañado de su ratafía y de su consellera de Cultura, y enumero por orden de importancia, debió bastar a Fontana para cortar por lo sano.

Sin pretenderlo, el prestigioso historiador le hizo un favor póstumo al Govern, puesto que es dudoso que alguno de sus miembros, ni siquiera la botella de ratafía, que pasa por la más inteligente del gabinete, supiera quién caramba era Josep Fontana. Con qué cara me presento yo al funeral de alguien que es un completo desconocido, habría pensado Torra con muy buen criterio, previa consulta telefónica a su jefe de Waterloo, el cual tampoco conoce más Fontana que la de Trevi. En Cataluña, los intelectuales de referencia son Pilar Rahola, Toni Soler y un tipo que de vez en cuando parodia al Rey de España en TV3 para poder subsistir, no recuerdo su nombre. Y punto. Así se construyen las grandes naciones.

--Pero president, pone la Viquipèdia que Fontana era un historiador de prestigio internacional.

--¿Historiador de prestigio?¿Acaso ha descubierto la catalanidad de Cervantes, Colón o Lope de Vega? Historiador de prestigio es Jordi Bilbeny, que ha descubierto todo eso y más.

No ayudaría mucho a Fontana que nadie le haya visto jamás con un lazo amarillo en la solapa, condición inexcusable para ser considerado persona de bien en estos lares. Ni formar parte de la lista electoral de Ada Colau, la traidora que osó arrebatar Barcelona a los catalanes auténticos, en las municipales. Ni mucho menos, hablar haciendo caso a la razón, característica esa que en la Cataluña actual convierte a quien ose mantenerla en sospechoso. De qué, ya se verá, pero de momento, sospechoso. La última vez que el professor Fontana apareció en TV3, trató poco menos que de infantiloides a los líderes del procés --serían los inicios del mismo-- por creer que pueden llevarse a cabo revoluciones sin grandes costos, incluso de vidas. Opuso el entrevistador que --como repetían los líderes catalanes-- sería suficiente con ir a Europa con los resultados del hipotético referéndum, para que ésta reconociera el nuevo Estado catalán. Sólo la educación del profesor, unida a su experiencia en tratar con alumnos de todo tipo, incluso deficientes, le impidió carcajearse en directo y en prime time. En lugar de ello, esbozó media sonrisa y repuso: "¿A Europa? ¿Cree que en Europa existe una taquilla de Reconocimiento de nuevos Estados en la que presentar la documentación para que te pongan un sello, y ya tienes tu Estado?".

Bien muerto esté Fontana, que en Cataluña no necesitamos a nadie que diga a las cosas por su nombre. Nos basta y nos sobra con Rahola y Bilbeny.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.

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