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Ada Colau: la mentira vinculante

Josep Maria Cortés
8 min

Decía Bergman que el actor alcanza la cima en la repetición. Es el caso de Colau, que repite la mentira para mantenerse en el cargo sin ser inhabilitada. Se sacia de posverdad, “la mentira que se quiere imponer” y lo hace a conciencia con la intención de liderar las arenas cambiantes de los comuns, el revisionismo ansioso de estar en misa y repicando. Ella se interroga: ¿Cómo voy a seguir siendo alcaldesa si desobedezco la Constitución que juré? Pero, paralelamente, ¿cómo voy a ganar las próximas elecciones en Cataluña, si no me acerco al soberanismo? Así alimenta Colau su tercerismo, la ideología blanda que llega tarde a un país harto de declaracionismo y palabrería hueca.

La alcaldesa se pega a Puigdemont: "Hemos encontrado fórmulas y se podrá participar en la consulta, pero los detalles no los conozco; se irán sabiendo, y la Generalitat irá informando de ellos". Es de un gradualismo inaceptable; la falacia de esta señora supera su desvergüenza. A pesar de que la alcaldesa está en sintonía con el derecho a decidir, marca distancias con el 1-O para dejar claro que no lo considera un referéndum​ vinculante. Puede decirlo del derecho o del revés, pero no cuela. Su ambivalencia es un momento más del peronismo montonero, la ideología tosca que habita el Saló de Cent.

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La alcaldesa le ha entregado las llaves de Barcelona a Puigdemont. Es la muerte de la Cataluña-ciudad. Lo que queda del noucentisme se precipita por un barranco; la mezcla de racionalidad y buen gusto se va por el desagüe nacionalista, la ideología de tresillo y mesa camilla que, si te descuidas, se te cuela en las sábanas de Holanda; un magma espeso hecho de tristezas, héroes improvisados y mitología inventada; una ameba gigante, que se te come a cachitos. Pero, sobre todo, un imperativo categórico: "Colau tiene la obligación democrática de facilitar el voto a un millón de personas", exclama Mireia Vehí, una joven comadre de la CUP. Con las Mireias y las Colau llega el desborde de la Cataluña indiscreta, un enclave de vanidades y pretensiones, que no sospecha, antes de la toma de la Bastilla, el trasfondo feroz de los dogmas y las pasiones de clase.

Le preguntan de sopetón: Señora Colau, ¿usted es independentista, sí o no? "Yo nunca he sido independentista pero no me identifico con el mantenimiento del statu quo. Ni un sí rotundo ni un no rotundo". Un sí pero no vamos; la dichosa autodeterminación, como derecho natural, embarga a la neo-patria. Para disimular su ambivalencia incurable, Colau exclama: "La Fiscalía está vulnerando derechos tan naturales como la libertad de expresión". Pues no sé. Más bien diría que la libertad ha sido mancillada con los trámites abusivos de las leyes de referéndum y de transitoriedad. Digamos la verdad: estamos en un proceso insurreccional. Asmitamos el salto en el vacío del Govern y olvidemos la nueva legalidad creada sobre la negación del derecho, tal como argumentan las cuatro asociaciones de magistrados.

La ciudad compacta se abre en canal ante el falso plebiscito. Se entrega al modelo de soberanía territorial cuando es incapaz de asegurar la estabilidad de una economía del conocimiento (el 22@ olvidado, el Mobile Congress salvado in extremis y las redes inteligentes obviadas de forma insolente). Enmarcadas por la consulta, sus calles son las murallas del aislacionismo, el peor vicio del siglo. El independentismo nos quiere dejar al margen de un club nacido en Maastricht, que reina en el continente, llega a Rusia, se insinúa en China y permanece en EEUU; y todo ello sin necesidad de conquistas militares.

Para alcanzar el despacho del Palau de la Generalitat, Colau tendrá que hacer algo más que atravesar la Plaza de Sant Jaume. Deberá volver al redil de la verdad y martillear a ERC, que pronto estará descabezado por la inhabilitación de Junqueras

Las paredes de nuestro casco antiguo y los bajo relieves del Eixample albergan elegancia moral y refinamiento del gusto; son como los ready-made de Duchamp o los collages de Picasso. Pero la tropa independentista del vacío de poder los quiere arrasar. Sus brigadas del antifaz amurallan avenidas, sustituyen el arte urbano por los productos estampillados al estilo Warhol, cautelan la explosión del lowbrow (el arte bajo) a golpe de espray, se quedan los derechos de la Liga de futbol y hasta sueñan con asaltar el palco del Barça.

Colau recibió ayer a los 700 alcaldes apercibidos en un acto a favor de la consulta. Los ediles se concentraron en el teatro de los sueños, allí donde los balcones celebran ligas y declaraciones unilaterales. Ada carmenea de lo lindo. El caso es dar bola a los de la ley del referéndum, para ejercer la democracia directa por encima de Cicerón y de Karl Popper; falsa aporía, dualidad perversa en la que un 47% quiere levantar cortapisas en las fronteras dulces de Schengen (por los Pirineos), sin contar con el 53%, mayoritario. Para los indepes, meter una papeleta en una urna se ha convertido en un deber patriótico, el mismo que rechazó Albert Camus, después de haber pertenecido a la Resistencia.

Colau tiene la nariz de Pinocho y el verbo fácil de Cyrano. Estampó su firma en la carta al rey Felipe VI en la que la élite política (con Forcadell, Junqueras y Puigdemont, al frente) le ha pedido al monarca una negociación con el Estado. La alcaldesa se ha valido de la estrategia que le sirvió al propio Artur Mas con Zapatero en la etapa del Estatut: foc de camp unitario para estrechar lazos, mientras ella se cuela en la avanzadilla que envía la misiva de la negociación a Zarzuela. Podrá salirle mejor o peor, pero se ha colocado de una tacada en el cenobio de los mandamases. Pero para alcanzar el despacho del Palau de la Generalitat, tendrá que hacer algo más que atravesar la Plaza de Sant Jaume. Deberá volver al redil de la verdad y martillear a ERC, que pronto estará descabezado por la inhabilitación de Junqueras. Y después, a mercado abierto, a Colau le espera el constitucionalismo para cantarle las cuarenta, esta vez sí, en las urnas del sufragio, sin mentiras y de forma vinculante.

Ella buscará ampliar su respaldo en el target ensimismado de la CUP y de Podem, las cobayas de un Dionisio pródigo en efectos especiales. Sus minutos, al final, pueden ser demoledores.

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¿Quién es... Josep Maria Cortés?
Josep Maria Cortés

Periodista de economía, realizó una parte importante de su carrera en El País y en los últimos años ha colaborado con La Vanguardia, Catalunya Ràdio y ED. Antes, desempeñó el cargo de director en Barcelona de la consultora multinacional de la comunicación Porter Novelli. Fue durante cinco años analista semanal en el programa Bon dia, Catalunya de TV3. Inició su carrera profesional en El Noticiero Universal y en El Correo Catalán, perteneció a la plantilla fundacional de TV3 y fue el primer corresponsal en Barcelona del diario financiero Expansión. Ha publicado, como autor y coautor, varios libros de investigación periodística, entre ellos, Memoria de Catalunya, del regreso de Tarradellas al pacto Pujol-Aznar (Taurus) o Los yuppies de Pujol llegan a la cima (ED).