Hay que ver cómo está el servicio

Ignacio Vidal-Folch
7 min

Para que el infierno no sean los demás (como en el discutible aforismo de Sartre en Huis clos: L’enfer, c’est les autres) lo primero es la cortesía. Para que la convivencia sea posible es fundamental la buena educación, la cordialidad con los desconocidos.

Aunque cierto feminismo considere que eso es incurrir en un atavismo paternalista, sigue siendo mejor ceder el paso a las mujeres, en puertas y ascensores, como muestra de respeto y de deseo de complacer, preteriéndose a uno mismo. (Reconozco, en cambio, que expresiones antañonas como “a los pies de usted, señorita”, o “póngame a los pies de su señora”, aunque bien intencionadas, suenan ya extravagantes y podrían sugerir alguna parafilia fetichista, no necesariamente bien recibida por la destinataria).

La buena educación general da el tono de una sociedad. Por desgracia los lazis están consiguiendo, con su obsesivo fanatismo, crear una sociedad antipática, llevando sus reivindicaciones a todos los ámbitos.

Incluido, naturalmente, el lingüístico. Lo correcto, lo civilizado, lo elegante, lo educado, lo que hacemos casi todos, es pasarse a la otra lengua en cuanto percibimos que el interlocutor está incómodo o inseguro en la lengua de nuestra preferencia. Las personas bien educadas operan ese cambio (del castellano al catalán, o del catalán al castellano) automáticamente y sin pensar en ello siquiera, y desde luego sin reconcomerse luego pensando que con ése o con aquella hay que hablar siempre en tal lengua.

Lo educado es pensar en la preferencia o en la comodidad del otro antes que en el gusto propio o en el derecho propio. Cuando además ese otro ocupa un puesto de inferioridad social, la persona bien educada procura ser amable con más motivo, con especial escrúpulo, con mayor empatía.

Ahora bien, el lazismo quiere imponer no ya en los ámbitos de la administración, en las escuelas, universidades y comercios sino también en el trato cotidiano con el prójimo su mentalidad dogmática, especialmente en el tema lingüístico. Los señoritos no tienen bastante con tener siervos que se ocupen de las tareas más pesadas y penosas: además se creen con el derecho a exigir que los siervos sean siervos en su lengua, de lo contrario los señoritos se enfadan.  El camarero, el taxista, el revisor del metro, el policía, el auxiliar de farmacia, el cobrador del párking, deben tratar al señorito en la lengua del señorito, demostrando así un perfecto sometimiento y respeto al amo.

De ahí, aquel vicepresidente de la Generalidad que, cual negrero de auca, increpaba a una camarera de piel negra espetándole a voz en grito: “Jo sóc català!”, como si eso quisiera decir algo y como si la pobre mujer no tuviera ya suficiente desgracia con haber nacido en Guinea, pudiendo hacerlo, si hubiera tenido un poco más de suerte, en Manresa, por ejemplo, y con la piel blanca.

De ahí las difusas y reiteradas instrucciones de dirigirse a los inmigrantes siempre en catalán, lo entiendan o no, en primer lugar porque solo así, practicando incesantemente la mala educación, la sacra lengua, que tantos cuidados requiere, sobrevivirá a las asechanzas de otras lenguas más poderosas; y además, para justificar esa mala educación se recurre a la paternalista justificación de que “es por su bien”, por el bien del inmigrante, para que se “integre” cuanto antes y no sea un “inadaptado”.

De vez en cuando éste y otros diarios digitales no sobornados por la Generalidad (precisamente con ayudas a la lengua “propia”) dan la noticia de algún caso como uno en Barcelona, en el que las clientas de una panadería (que por cierto, como se percibe en el vídeo, hablaban un catalán muy justito) exigían, con calculada serenidad pasivo-agresiva, una hoja de reclamaciones porque la dependienta las había saludado con un ofensivo “¡Buenos días!” en vez de “Bon dia!”. El fiasco del procés ha irritado extremadamente a los catalanistas fanáticos, y casos así menudean, por desgracia, aunque, como hemos dicho, la inmensa mayoría de los ciudadanos siga siendo gente amable y simpática.

Los fanáticos de la sacra lengua le hacen un flaco favor a la reputación de nuestra región, expandiendo la leyenda de su antipatía cerril. Tú créeme a mí y no hagas caso de lo que te digan las autoridades: cuando le pidas a la camarera unas cloïsses y no te entienda, lo que tienes que hacer no es refunfuñar, como en tiempos franquistas: “¡Hay que ver cómo está el servicio!”; ni tienes que ayudarla a integrarse, ni darle lecciones gratuitas de tu idioma “por su bien”, ni denunciarla en las redes sociales, ni pedir el libro de reclamaciones…

Lo que tienes que hacer, y lo que hace, gracias a Dios, la inmensa mayoría de los ciudadanos, que son simpáticos y no quieren ampliar el campo de batalla borde hasta que cubra la totalidad del mundo, es pasarte al castellano, diciendo:

–Perdone, quiero decir: unas almejas.

No es tan difícil. No se te caerá ningún anillo. No morirá por ello, entre horribles estertores, tu querida lengua.

Y si quieres ir ya para nota, tampoco cuesta mucho esfuerzo sonreír.     

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El País y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.