Perder un ojo y otras pérdidas

Ignacio Vidal-Folch
7 min

Una joven ha perdido un ojo. “Estallido del globo ocular”. Es una pérdida muy seria, no es como pasar una noche en comisaría o como si te sisan la cartera y has de hacer todas las fastidiosas gestiones para que te den otro carnet de identidad y otra tarjeta de crédito. Es irreparable.

La política es un teatrillo, una tontería, pero de repente se fuerza la máquina, se calcula mal, y alguien pierde un ojo, y esto ya sí que es real.  

Probablemente esa joven piense que ha perdido el ojo luchando por la libertad de expresión y que la dignidad de esa causa honra esa pérdida, como un sacrificio involuntario pero valioso, en algún balance metafísico. Si esa idea le consuela, mejor. Otros pensarán que le ha pasado por apoyar de forma equivocada a un bocazas de versos aberrantes, a un despreciable difusor de odio. Y otros dirán que es cosa de mala suerte.

De momento, en el equilibrio causa-efecto, yo creo que sale mejor parado Hasél, con dos años de cárcel, si llega a cumplirlos, que esa hasta ahora anónima mujer, que se ha quedado tuerta para siempre.

El hecho sucedió en los violentos disturbios de la Vía Augusta, entre Diagonal y Travesera; pero cómo es posible, si por ahí pasaba yo cada día, al anochecer, camino a la piscina, en la más absoluta impunidad.

¿Quién sabe? A lo mejor estas algaradas, y este ojo que se ha perdido, servirán para acelerar un cambio legislativo para que no se repitan los largos calvarios como el que sufrieron el cantautor Javier Krahe, por meter un crucifijo en un horno y dar a los televidentes las instrucciones culinarias para “cocinar a un Cristo” (en una performance francamente graciosa, por lo menos para mí). Y el artista Eugenio Merino, por meter un muñeco de Franco en una nevera o la cabeza del dictador en un punching-ball. (Por cierto que el mismo Merino años más tarde expuso en Arco una efigie del Rey y luego la hizo arder, sin consecuencias). Y el jubilado Lorenzo Pérez San Francisco, por publicar en una revista una copla satírica sobre el vicepresidente y la ministra: "La diputada Montero/ expareja del 'coleta'/ Ya no está en el candelero/Por una inquieta bragueta/ Va con Tania al gallinero".

Gente inocente, y más o menos graciosa. Por suerte, sensatamente, Krahe, Merino y San Francisco fueron exonerados, pero hasta la sentencia exculpatoria final tuvieron que recurrir y apelar contra sentencias de jueces abusivos o disparatados, lo pasaron mal y gastaron tiempo y dinero.

Estaría muy bien que casos como esos no se repitiesen. Pero esto, y los momentos de exaltación y adrenalina de los enfrentamientos con la policía en la Vía Augusta, de los que sin duda, tras las algaradas e incendios, muchos revoltosos volvieron a cenar a casa felices y contentos de su justiciera machada, ¿compensará a esa mujer por su ojo?

Le queda otro. Seguramente intentará exigir en los tribunales una gran indemnización. Con pocos argumentos, visto lo que pasó, pero ¿quién se resigna de entrada a una pérdida así…?

Durante todos estos años los listillos de la dirigencia se han hecho ricos, mientras la clase de tropa corre y enreda y grita consignas y se manifiesta cuando se lo dicen, y algún policía queda parapléjico y algún manifestante pierde un ojo de la cara.

Los revolucionarios vivales conducen Porsche y lucen bolso de Michael Kors y compran mansiones, mientras la clase de tropa va de aquí para allá balando consignas indignadas, montando bronca y arriesgando la vista por algún taradito que creen que les representa, todo en nombre de la libertad, la justicia, la libertad de expresión y demás bellas palabras.

Y algunos se quedan tuertos.

Estaba pensando en esto cuando se ha despertado Chuky, el muñeco diabólico que vive en mí, y me ha dicho:

–Te veo absorto, Ignacio. Alégrate un poco, hombre. ¿Has cenado?

--No.

--¿Tienes apetito?... ¿Por qué no vamos a un restaurantito que conozco yo, en el Raval, donde preparan un plato exquisito? Yo invito.

­Distraídamente, le pregunto:

--¿Qué guiso es ese que dices?

--Oh, ya verás, un asado de pangolín para chuparse los dedos.

Me encojo de hombros. ¿Pango qué?...

--Pangolín.

No me parece muy apetecible y no estoy de humor.

--Mira, Chuky, esto es serio. Además, estoy…

–Tú estás buscando un ojo. ¿Verdad? Pues olvídate, está perdido para siempre, y para nada, como todo lo demás. Ya lo has dicho antes: es irreparable. Acepta, pues, la ley de la entropía. Hazte a la idea de que en adelante, igual que en los últimos años, desde que empezó la crisis, todo es y todo va a ser pura pérdida. Olvídate de todo, ponte el abrigo y vamos a cenar.

Tiene razón Chuky. Le digo:

–Venga, vamos a por ese asado de pangolín. Espero que lo hagan tierno, jugosito y croustillant.

­-- Sí, ¡y con acompañamiento de murciélagos!

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El País y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.