Mural callejero contra la censura. Libertad de expresión

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Letras

Libertad de expresión, corrección política y la moda de los ‘latinx writers’

En Yale se veta al arte heterosexual, en México se cuestiona que una norteamericana escriba sobre inmigración y en Reino Unido se discute sobre el masculino genérico

18 febrero, 2020 00:00

Siempre amenazada en todas partes por presiones de distinto tipo e intensidad, la libertad de expresión no deja de ser vapuleada. Lo normal –es decir, lo sano– es que ante ideas que chocan se abra un debate, y que se refuten los argumentos del contrario, y se censuren sus formas, si procede. Preferiblemente, de uno en uno, sin aprovechar el amparo que ofrece el número, la masa, que tan cerca está siempre de ser una horda que prepara la soga de Lynch.

En pocos lugares pesa tanto la hipocresía y la losa de la corrección política como en los Estados Unidos, donde en aras de la defensa de las minorías se ataca a las mayorías y las verdades meridianas se tuercen en favor de lo que Harold Bloom denominó con clarividencia “la escuela del resentimiento”. Yale News, gaceta de la Universidad de Yale, anunciaba a finales de enero que dejará de darse un curso introductorio a la historia del arte porque hay estudiantes que pueden sentirse molestos por el enfoque blanco, masculino y heterosexual que desde el Renacimiento ha tenido la expresión artística. Aparte de la sandez del aserto, pues renacentistas fueron no pocos pintores homosexuales, otra vez estamos ante una censura, una poda con la excusa del respeto al diferente.

Harold Bloom

Harold Bloom

Por los mismos días estallaba otra polémica, esta vez causada por una novela, American Dirt, de Jeannine Cummins. El libro podrá merecer todos los coscorrones que se quiera por distorsionar la realidad y carecer de información fiable, escrito con la mirada de un foráneo que ha entendido poco. La editorial ha anunciado que cancela las presentaciones en librerías, supuestamente por las amenazas que ha recibido. El caso ha sido recogido en periódicos mexicanos como El Universal o La Jornada, donde preguntaron a Valeria Luiselli, autora de un libro –este sí importante– sobre la emigración, Desierto sonoro. ¿No tiene Cummins derecho a escribir una novela sobre la emigración mexicana a Estados Unidos, aunque sea en una trama exagerada y endeble? Claro que lo tiene. ¿Hay que ser mexicano, guatemalteco, hondureño, para hablar de quienes quieren cruzar el Río Grande y buscar una vida más próspera o, al menos, sobrevivir a la pobreza y la violencia?

American Dirt

Se comprende que haya escritores y lectores indignados por los estereotipos y por el hecho de que se quiera pasar por documento la historieta pergeñada por alguien que pasaba por allí, sin más conocimiento directo del gran sufrimiento de la emigración. Pero la literatura hay que juzgarla por sus logros o deficiencias, sin el patrimonialismo de decir ese asunto no lo toques, tú no eres de aquí, lo que no deja de ser un racismo inverso. Contagiada, la autora afirma en su epílogo: “Deseaba que alguien un poco más moreno que yo lo hubiese escrito”.¿No puede un blanco escribir de jazz o blues? ¿No puede alguien de Albacete escribir un haiku o un filipino explorar la Antártida? ¿No puede un hispanoamericano escribir en Nueva York un libro en el que los protagonistas sean anglosajones o irlandeses? Con ese nuevo tabú hemos topado: el de la apropiación cultural.

El libro podrá ser malo, pero eso solo pondrá en ridículo a la autora y a sus editores. Nos sobran los estereotipos y las deformaciones cada vez que un extranjero escribe sobre un país que no es el suyo. Es evidente que si alguien quiere leer una buena novela sobre la Mafia preferirá enfrascarse en un libro de Mario Puzo antes que en el producto inmaduro de alguien que pasó un par de fin de semanas en Sicilia o se paseó unas cuantas veces por Little Italy.

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La sección de libros de The New York Times ha dado cumplidamente cuenta del escándalo (tras publicar una reseña poco favorable). Si alguien lee la información, seguramente reparará en una palabra también generada por la corrección política y que, queriendo ser inclusiva se convierte en una forma de marginación. Se habla ahí de latinx writers indignados por la novela. ¿Latinx? Sí, ahora lo cool es no escribir latino. Tampoco latina. Una cosa u otra establece, al parecer, una distinción binaria y, claro, hay personas que no se identifican con un sexo ni con el otro. Pero para que unos pocos se sientan bien a los demás, sin preguntarle cómo se puedan sentir, se les endosa un supuesto morfema de igualdad que a muchos causará rechazo. Además, se trata de un término que solo se emplea en los Estados Unidos. Se trata de convertir en neutro (imperialismo del inglés sobre el español) lo que tiene género, por más que el masculino en nuestro idioma no sea exclusivamente masculino sino, inclusivamente, un masculino genérico. El inglés ya tiene ese neutro, y bastaría escribir latin american, que serviría para todos, pero el caso parece ser dividir aun bajo la loable apariencia de querer eliminar barreras.

Sobre esto en parte trataba en How to Be Both el autor de la sección NB, en la contraportada del The Times Literary Supplement de finales de enero. Frente a un he usado abrumadoramente en el pasado, pero genérico, como la palabra man para incluir a toda la especie, ¿es lícito emplear, como ya se usa, un she genérico en el que se vean representados también los hombres? Tras exponer varios ejemplos, se preguntaba algo se sentido común:¿Qué tiene de malo el él o ella? Esta fórmula funciona en todas las situaciones, y si en algún momento parece torpe, hay formas de evitar la repetición, con el they o de otra manera.