Viktor Orban, primer ministro de Hungría, país donde se implantó el comunismo soviético / EUROPA PRESS

Viktor Orban, primer ministro de Hungría, país donde se implantó el comunismo soviético / EUROPA PRESS

Letras

Comunismo, capitalismo, resentimiento

El libro 'The Light That Failed: A Reckoning' interpreta el auge de los populismos desde el punto de vista de la psicología política

3 noviembre, 2019 00:00

La escuché hace treinta años pero nunca olvidaré aquella frase que oí en el bar del llamado Club de los escritores. Yo estaba hablando con dos chicos jóvenes con el aspecto típico de los intelectuales de izquierdas, brindando --quizá más de lo prudente-- por la caída (noviembre del 89) de Todor Yivkov, el caudillo de Bulgaria durante los últimos 35 años, y la nueva época que se abría ante ellos y ante toda Europa: el final del comunismo por implosión, por fatiga de materiales, además de otras causas colaterales.

Todavía el Bâlgarska Komunisticheska Partiya celebraría en Sofía un congreso agónico en que se decidió cambiar el nombre a Partido Socialista y recuerdo que vi salir a los congresistas durante un receso para comer y me fijé en el menú que les habían dado: salían todos del Congreso  con una bolsita de plástico en la que llevaban un panecillo, un pedazo de queso y un pepino. El caso es que la austeridad del almuerzo de la élite era elocuente del estado del país. Sofía era una ciudad que daba pena, muy triste, oscura, fría, envuelta en niebla por la noche y la mañana, enfrentada a un futuro inmediato aterrador, pero alimentando grandes esperanzas en el porvenir. Aunque lo primero que tuvieron fue un corte del suministro de gas por impago y un invierno de pavor.

Como yo había llegado con lo puesto, sin equipaje, fui a los grandes almacenes a comprarme ropa interior y camisas. No había calzoncillos, pero soy hombre de recursos y me compré media docena de bañadores. El color azul y el corte particular de las camisas me daban cierto aspecto de conductor de autobús, pero eso sí, estaban hechas con una aleación de titanio, porque me duraron quince años. 

Estábamos en el Club de los Escritores y uno de aquellos chicos progres --allí, entonces, ser progre era ser partidario de la democracia liberal-- me dijo: “¿Así que usted es español? ¡Qué suerte tiene!” ¿Suerte de qué?, pregunté. Y respondió: “¡Hombre, de que Franco ganó la guerra!”

Me impactó y respondí: “¡Hombre! Tuvimos más de medio millón de muertos y luego 40 años de dictadura, si a usted le parece que eso es tener suerte…” El otro chico saltó: “¡No va usted a comparar la dictadura de Franco con la nuestra! Y en cuanto a los muertos, si quiere, vamos a contar…”

No siento simpatía por Franco, y, tal como señalé el otro día en Crónica Global, sostengo que ha sido un acierto de Pedro Sánchez sacarlo de una maldita vez del Valle de los Caídos. Como espero que algún día, cuando los franceses se curen un poco de su eterno chovinismo, se atrevan a sacar a Napoleón de los Invalides, donde --por cierto-- su sepulcro está puesto de manera que para verlo tienes que inclinarte, inclinarte ante el gran genio militar que invadió Rusia con un ejército de 500.000 hombres y regresó a escape con 27.000. 

Pero aquella conversación (y otras cosas que observé) me hizo reflexionar bastante y comprender --a diferencia de nuestro prototípico izquierdista que no puede renunciar a cierta simpatía por aquel espejismo de humanismo e igualdad que fueron los regímenes comunistas-- el trauma psicológico perdurable que quedó como huella epigenética en la psique colectiva de aquellas poblaciones que detestaban cualquier cosa que sonase a izquierdismo o socialismo y solo querían acercarse al modelo occidental donde las cosas funcionan mejor, el ser humano es más respetado y libre y hasta los coches corren más.

Si esto se entiende y se asume bien será más fácil entender las dimensiones colosales de la desilusión --eso sí que es desencanto, y no ese lloriqueo que tuvimos aquí nada más alcanzar la democracia- causada por el fiasco del capitalismo en naciones como Polonia, Hungría, Rumanía o Bulgaria, por mentar solo las más conspicuas. El libro que acaban de publicar Ivan Krastev y Stephen Holmes, The Light That Failed: A Reckoning, interpreta el auge de los populismos desde este punto de vista de la psicología política, que es una disciplina muy útil para interpretar los procesos históricos recientes: populismos como resentimiento por las incumplidas promesas de prosperidad y libertad que el modelo del capitalismo occidental no cumplió en esos países y que presentó su peor cara especialmente a partir de la crisis de 2008. 

La xenofobia suele ser un componente esencial de estos populismos y nuestros analistas de la contemporaneidad suelen despacharla sin contemplaciones: como una ideología y una pasión pequeñoburguesa, irracional y despreciable. Sus efectos son tan desagradables, y tan contrarios al imperativo humanista, que erróneamente se considera que no hay que perder tiempo en pensar en las causas.

Los autores mencionados señalan cómo, en países donde “la luz ha fracasado” --o sea, donde las promesas de prosperidad no se han cumplido--, muchas veces la tan ansiada la supresión de las fronteras ha servido solo para que los grandes trusts occidentales consolidados desde hace décadas en Occidente hayan devorado los bienes del Este y para que las naciones pierdan, para la reconstrucción de su tejido económico y cultural, las capas sociales mejor educadas y más necesarias: porque, puestos a vivir como en Occidente, en vez de quedarse a trabajar para mejorar tu país de manera que efectivamente se parezca a esta región, lo más rápido es mudarse a un país occidental.

El analista que se escandaliza del racismo de Orban y del gobierno húngaro que se niega a aceptar y, por lo menos al principio, sustentar a la cuota de inmigrantes musulmanes que la adjudica la CE quizá haría bien en sopesar algunos hechos de la historia reciente y pensar con los términos de la psicología aplicada a la política. Aquí el concepto de resentimiento es fundamental. Hungría, por ejemplo, empezó el siglo XX con una dimensión imperial junto a Austria. Tras perder la Primera Guerra Mundial perdió la mitad de su territorio físico; en la Segunda, su población judía fue exterminada y tras perderla, fue reducida a satélite de Moscú. Su revuelta de 1956 --la primera del bloque soviético, junto con las protestas polacas de Poznan--, fue aplastada a sangre y fuego.

Con la democracia, en vez de prosperidad ha tenido crisis económica permanente, la natalidad se ha hundido, las élites han emigrado… Pero lo que quizá sea peor en términos psicológicos --como bien observan Ivan Krastev y Stephen Holmes-- es que durante la pesadilla del comunismo existía por lo menos la esperanza de la “alternativa”, de otra posibilidad de organizarse mejor. Ahora, en cambio, se le dice a las poblaciones que hemos llegado al fin de la Historia y no hay alternativa al modelo de la democracia occidental, la globalización y el capitalismo financiero. Pero sí que la hay: la retracción, el nacionalismo, el populismo.