La Torre del Oro y la Catedral de Sevilla (1862), fotografía que se incluyó en el ‘Álbum Monumental’ de Charles Clifford.
La fotografía decimonónica de Charles Clifford retrata a una España fijada en sales de plata
El fotógrafo galés, pionero de la imagen en el siglo XIX, resucita en el Museo de la Universidad de Navarra como autor de la primera gran recopilación en imágenes del patrimonio cultural español
En la instantánea alguien está sentado en el banco de una plaza de Barcelona que ya no existe. En un balcón de una ciudad castellana hay ropa tendida a la luz de un sol de hace siglos. Unas mujeres –una anciana y dos jóvenes, cubiertas con un pañuelo blanco– observan desde el otro lado del tiempo como fantasmas que siguen mirando, aunque hace mucho que murieron, y un río Guadalquivir de 1862 espejea los mástiles de los barcos fondeados en las proximidades de la Torre del Oro, en Sevilla.
Hay una España fijada en sales de plata, atrapada en el alma de los daguerrotipos. Una tierra capaz de recordar su historia en álbumes fotográficos en los que se suceden los calotipos y las vistas estereoscópicas con la firma del fotógrafo Charles Clifford (1819-1863). Él fijó con demora, atención, complicidad y aprecio una realidad resistente: el patrimonio monumental de las regiones españolas. Lo que de ahí resulta viene a ser la primera novela gráfica de nuestra historia común.
Ese relato queda ahora a la vista en la exposición Charles Clifford y el registro monumental de España, abierta hasta el 8 de febrero en el Museo de la Universidad de Navarra (MUN). Alrededor de quinientas instantáneas dan cuenta de una manera de entender la imagen fotográfica, a medio camino entre el milagro y la ciencia, más próxima a la artesanía que a la filigrana. Como remate, esa mirada congelada hacia las piedras se convirtió en un impulso de patria común.
Fotografía del palacio de los Virreyes de Barcelona (1860), perteneciente al ‘Álbum Monumental’ de Charles Clifford.
Este abrumador despliegue de imágenes –“la primera gran síntesis fotográfica de España”, según Javier Piñar, uno de los comisarios de la exposición– lleva la firma de Charles Carlos Clifford, fotógrafo galés que abrió estudio en la primavera de 1851 en Madrid y estuvo con el ojo detrás de la cámara hasta su fallecimiento en enero de 1863. Durante poco más de una década evolucionó técnicamente desde el daguerrotipo al calotipo y, a partir de 1855, al negativo de colodión y positivo sobre papel albuminado.
De igual modo, abandonó tempranamente la actividad del retrato y se orientó hacia el registro del paisaje urbano y monumental. Resultó decisiva en esta elección su encuentro en 1853 con el arquitecto Francisco Jareño y los profesores de la Academia de San Fernando. De ellos surgió el encargo de elaborar un álbum con instantáneas de Ávila y Salamanca para los trabajos de dibujo que debían realizar los alumnos que cursaban los estudios de Arquitectura en la institución madrileña.
Fue entonces cuando se encontró con un país que no se había movido del sitio en varios siglos. Plantó la cámara delante de lugares que nadie antes había fotografiado, y lo hizo sin conocer previamente qué se iba a encontrar, por lo que él mismo se ocupó de fijar la imagen por la que iban a ser conocidos muchos monumentos y ciudades españolas. Fascinado por las entrañas de este país, le interesó lo que quedaba del pasado, el resplandor de los días gloriosos.
Vista de una de las salas de la exposición ‘Charles Clifford y el registro monumental de España’.
De Clifford sorprende su arrojo para, dados los precarios transportes de la época, desplazarse por diferentes ciudades y portar los equipos necesarios para producir sus fotografías. “Toda esta parafernalia va balanceada y atada al lomo de las mulas, ¡nosotros también! (…) en un estado de permanente excitación nerviosa causada por el tambaleo y tropiezo de nuestros animales orejudos que amenazan con destruir nuestros frascos, cristales y botellas”, anota en el libro A Photographic Scramble through Spain (1861).
Con esta carta de presentación, el fotógrafo británico encontró su clientela entre la realeza y la aristocracia, en los planes de Isabel II para modernizar España, en los técnicos que se aplicaron a esa tarea por encargo de la Corona española, en las inquietudes culturales y sociales de Antonio de Orleans, duque de Montpensier, en algún encargo para la monarquía británica… Clifford fue el primero en descubrir que la fotografía es una verdad muy lenta. Y, después de él, todos los demás siguieron el camino trazado.
Tanto es así que, a diferencia de otros contemporáneos, Charles Clifford nunca llegó a ser un diletante de la fotografía provisto de suficientes recursos económicos como para dedicarse a la creación sin más. Por el contrario, se vio obligado a compatibilizar el ejercicio profesional remunerado con su vocación artística, intentando vivir a expensas de los encargos por cuenta ajena, pero sin renunciar a crear contenidos más personales y embarcarse en proyectos propios.
Instantánea del Museo Real de Pinturas, actual Museo del Prado (1857-1860), incluida en ‘Álbum Monumental’ de Charles Clifford.
También logró distinguirse de otros profesionales de la época que vivían del comercio fotográfico –Jean Laurent, Luis Masson, Francisco Leygonier– porque acertó a dar a sus creaciones un estatus de obra de arte, convirtiendo el culto a los monumentos en una práctica recurrente que impregnó su mirada y otorgó un sello distintivo a su trabajo: el componente histórico siempre estuvo presente en su trabajo, de forma rotunda en algunos casos o mediante sutiles detalles en otros.
La actividad que desarrolló a la sombra del patrocinio de la reina Isabel II dio lugar a sus fotografías más difundidas, puesto que los trabajos que se le encomendaron estaban concebidos para publicitar los logros políticos y el arraigo popular de la monarquía. Con este fin, se realizaron numerosas copias de estos álbumes y muchas de las instantáneas acabaron volcándose a grabado para ilustrar las publicaciones conmemorativas y las crónicas asociadas a tales eventos.
Imagen de la exposición dedicada a Charles Clifford, en el Museo de la Universidad de Navarra, en Pamplona.
En septiembre de 1860 embarcó en Alicante con destino a Baleares y acompañó al cortejo real hasta Barcelona y Zaragoza durante los meses de septiembre y octubre, del que resultó un álbum de 60 imágenes y del que solo se tiraron doce ejemplares. Posteriormente, en los primeros meses de 1862, documentó el viaje oficial de la monarca a Andalucía y Murcia, del que volvió pertrechado con nuevos lugares que mostrar y versiones actualizadas de paisajes urbanos y enclaves monumentales ya conocidos.
Clifford falleció inesperadamente el 1 de enero de 1863 a causa de un aneurisma, apenas un par de meses después del viaje real por Andalucía. De forma póstuma, se distribuyó por entregas el Álbum Monumental de España, una recopilación de arquitectura histórica en cinco volúmenes que reunió casi 300 imágenes y sus correspondientes textos explicativos. “Es el más amplio testimonio de una vocación y un empeño acometido por el mejor fotógrafo de la España del siglo XIX”, concluye el comisario Javier Piñar.