La era del populismo literario

La era del populismo literario DANIEL ROSELL

Letras

El Nadal, el nuevo populismo literario y el 'síndrome Uclés'

La industria editorial ha convertido la creación literaria en una pasarela de vanidades en la que algunos escritores actúan ya como ‘marcas registradas’

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De entrada, como nuestro ánimo es goliardesco, nos acogemos a los sabios versos (por supuesto, burlescos) que don Nicanor (Parra), el primer y el último antipoeta, hijo postrero de Cervantes, incluyó en Mai mai peñi, el discurso compuesto con motivo del galardón de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México):“Los premios son / Como las Dulcineas del Toboso / Mientras + pensamos en ellas / + lejanas / + sordas / + enigmáticas // Los premios son para los espíritus libres / Y para los amigos del jurado / Chanfle / No contaban con mi astucia”.

Aplíquese la fábula al último Nadal, otrora noble galardón literario creado en 1944 por la antigua editorial Destino, fundada por un grupo de falangistas catalanes en pleno franquismo, cuando España era un absoluto erial cultural y Cataluña vivía sojuzgada por el fascismo (exactamente igual que el resto del país), y administrado desde mediados de los años noventa por el Grupo Planeta que, al margen de sus méritos pretéritos, que sin duda los tuvo, ha desarrollado desde entonces la inaudita habilidad de publicar obras que –salvo excepciones– nadie es capaz de leer seriamente, y mucho menos los miembros del jurado, pero se supone que muchísima gente va a comprar seguro porque son presentadas con un marbete que un día –muy lejano– gozó de cierto prestigio, cosa que, en cambio, nunca le ocurrió al Planeta, que siempre fue un premio comercial.

El poeta chileno Nicanor Parra

El poeta chileno Nicanor Parra

La evolución del Nadal ilustra perfectamente cómo los grandes grupos editoriales, prácticamente sin excepción, han convertido la creación literaria, la investigación histórica y la reflexión intelectual en un desfile de vanidades en el que determinados escritores, unos ciertos y otros supuestos, que de todo existe en las escuadras de los Lara, actúan como marcas registradas. Es la sublimación de la antigua socialdemocracia artística: la cultura es una gran fiesta y los premios, su mejor escaparate.

No podemos decir que se trate de fenómenos sociológicamente nuevos –ni la progresiva degradación del Nadal ni la mercantilización de la autoría son patologías del presente– pero, sin duda, su intensidad ha ido subiendo de grado en una sociedad posmoderna donde si la verdad ha dejado de tener importancia los libros ya no son el material donde se encarna necesariamente la literatura. Son un soporte comercial, equivalente al de cualquier otro producto de una industria cuyo criterio –hay excepciones, pero cada vez son más escasas– hace tiempo que dejó de ser referencial.

David Uclés con el Premio Nadal 2026

David Uclés con el Premio Nadal 2026 DESTINO

Si la mercantilización acelerada y la extinción de la jerarquía que antes  representaban los viejos diarios arruinaron el periodismo escrito –la mayor parte de las webs son un escaparate de memes, recetas de cocina, embustes patrocinados y titulares sin sustancia– la aspiración de lograr un best-seller inmediato, sin método, sin arte y de cualquier forma, ha acabado convirtiendo la cultura en un perfecto simulacro, transformando en marcas personales a algunos autores y haciendo del noble oficio de la edición un trampantojo. Los indicios están por todos sitios. Las librerías ya no venden títulos de fondo. La rotación extrema reduce la oferta de libros de calidad. Los títulos de autoayuda sustituyen al pensamiento y la excelencia literaria se mide en función de las ventas y éstas, a su vez, ya no se calibran casi nunca a partir de lo que se ha escrito, sino del papel social –léase identitario– que interpreta un nuevo arquetipo de autor.

Ahora un escritor, más que saber hacer literatura, debe tener cierta edad, un determinado sexo, un orientación sexual abierta o difusa, practicar el ego-trip y hacerse la víctima cuando alguien –un lector, un periodista, otro escritor– emite una leve crítica sobre su obra, que considera una extensión misma de su persona. En definitiva: ser capaz de declamar un libreto, igual que un actor, y conectar con el interés (con frecuencia desinformado o bastante primario) de unas audiencias culturalmente polarizadas.

'La península de las casas vacías'

'La península de las casas vacías' SIRUELA

Estamos en la era de un nuevo populismo literario. Lo anómalo no es ya que una presentadora de televisión publique una novela (que no ha escrito) o un político valore su propia gestión en sus memorias, sino que un autor (y si se trata de una autora, muchísimo mejor, como ya demostrase el colosal episodio de Sergi Puertas y la editorial Impedimenta) actúe como si fuera el personaje de un reality show. Es lo que ha sucedido tras la concesión del último Nadal a David Uclés, autor de La península de las casas vacías, novela que ha superado los 300.000 ejemplares vendidos y la razón por la que Planeta ha otorgado este galardón al joven escritor jiennense después de presentarse –sin fortuna, sin nombre, sin lectores– un sinfín de veces antes a sus sucesivas y siempre estériles convocatorias. Antes no era nadie. Ahora –¡cielos!– es Él. ¡Hay que darle la enhorabuena!

Está claro que Uclés ya no podrá ser, como bromeaba don Nicanor, un espíritu libreel éxito tiende a ser una forma de prisión– y que contaba con amigos, valedores y fieles ejecutores entre los miembros del jurado, cuya composición –no es un secreto– nada tiene que ver con los gloriosos tiempos de Néstor Luján. Hay quien compara su éxito editorial con el boom de El infinito en un junco, de Irene Vallejo, aunque ambos títulos sólo coincidan en que la editorial que los ha publicado sea Siruela, que no es –como muchas veces se dice– un sello exactamente independiente, sino una de las marcas del Grupo Anaya, el tercer mayor consorcio editorial español después de Planeta y Random House.

Javier Cercas con el Premio Planeta

Javier Cercas con el Premio Planeta

Planeta ha ido pues a pescar en las aguas de la competencia, igual que en su momento hiciera con Javier Cercas o Manuel Vilas –aunque fuera con dos libros mediocres, cosa que al parecer importaba poco o nada– aquel año lunar en el que el cegador premio planetario, siquiera por una vez y de forma circunstancial, quiso simular que no era lo que siempre ha sido: marketing. El hábito, ya se sabe, no hace al monje pero sí lo contribuye.

El episodio Uclés, en realidad, es la manifestación de un síndrome –el absoluto desprecio a la tradición literaria y la obscena entronización del carpe diem editorial– y acaso también pueda leerse como el ejemplo más depurado de la mutación que se ha producido en la industria cultural y entre ciertos escritores, para los que ya es más importante –quiere decirse rentable– llamar la atención que escribir, y cuyos éxitos de ventas les garantizan no sólo la fe ciega de las multinacionales –lo que, por otra parte, es perfectamente lógico– sino el acceso (bajo palio) a las tribunas de los grandes medios de comunicación como tertulianos, columnistas que nunca ejercieron el articulismo, sobrevenidos expertos en podcasts, guionistas de series de televisión y hasta actores de cine. Es cuestión de tiempo que sus rostros acaben en las camisetas. En la sociedad del espectáculo no existe nada equiparable a convertirse en una gran estrella. Quienes lo logran creen, ilusos, haber alcanzado el Parnaso. Quizás no sean conscientes de la servidumbre voluntaria que para un artista significa convertirse en una estampa. Ser un juguete (roto) de un único uso.

La escritora Carmen Laforet

La escritora Carmen Laforet EE

Se trata de un fenómeno ecuménico, característico de la banalización de los tiempos. Hay ejemplos en todas las orillas del tablero social y político. La misma semana que Uclés, decidido a agradar a quien le premiaba con una novela que es una carta de amor a Barcelona –aquí deberían sonar los violines– y que incluye cameos de Mercé Rodoreda, Montserrat Roig y Carmen Laforet, ganadora de la primera edición del Nadal, Juan Soto Ivars, cuyo ensayo sobre las denuncias falsas sobre violencia de género –Esto no existe (Debate)– es uno de los títulos más valientes, polémicos y vendidos de las últimas semanas, incluso a pesar del boicot de algunos libreros, anunciaba su salto desde El Confidencial al diario Abc con el argumento (peregrino) de que el periódico madrileño de Vocento es –a su juicio– lo más parecido a un medio punk. Si era por agradar a los nuevos patrones se entienden las amables palabras del autor, pero no hacía falta esta contorsión de presentarnos a los Luca de Tena, fundadores y antiguos propietarios de la histórica cabecera monárquica, como si hubieran sido The Ramones. Nadie va a robar a la cárcel.

¿No hubiera sido mejor, tanto en el caso de Soto Ivars como en el de Uclés, decir la verdad y confesar que su cambio de escudería periodística y editorial obedece a una mejora económica? Las editoriales no pagan por lo esencial –escribir libros– y gastan en lo accesorio (e inútil). Comer del arte en España, no digamos ya en Iberia –¡vade retro, Saramago!– es una tarea titánica, casi imposible. ¿Es malo progresar? Por supuesto que no, pero para estos autores implica la necesidad –convertida ya en obligación– de conservar a toda costa la identidad de sus primitivos personajes en un contexto que, por la fuerza de los hechos, cada vez tiene menos que ver con su pasado. Del underground, se sale. Cada uno elige cómo hacerlo.

'Esto no existe'

'Esto no existe' DEBATE

Aquel viejo hábito de épater le bourgeois, practicado por los poetas decadentistas en la Francia finisecular e imitado en España por Ruano (al que Laforet le arrebatase aquel primer Nadal que creía todo suyo escribiese lo que escribiese) y después por Umbral hasta caer lo cómico, hace mucho tiempo que dejó de ser una actitud sincera para convertirse en un sistema para medrar en un negocio en el que no todos tienen éxito, pero quien lo anhela ya no puede prescindir de su caricatura porque su oficio no es exactamente escribir. Es convertirse en un escritor transmedia.

David Uclés corre este riesgo. Su novela ha sido un gran éxito de ventas y tiene ciertos méritos, pero en términos literarios, que son subjetivos, es una obra no sólo discutible, sino muy conservadora. El realismo mágico, que a su forma practicó Álvaro Cunqueiro –escritor falangista y reaccionario, pero también dotadísimo– en la lejana España de los años cuarenta, y en Hispanoamérica tuvo en Alejo Carpentier a su gran maestro, mucho antes de que García Márquez lo convirtiera en una fórmula y más tarde en una broma, aunque no exactamente en el mismo sentido que hiciera Rubén (Darío) con el frondoso árbol del modernismo más temprano, cuestionado por el poeta nicaragüense durante sus años crepusculares, es un molde literario de mediados de la pasada centuria. Implica correr tanto riesgo literario como dormir con un osito de peluche como almohada.

El escritor cubano Alejo Carpentier

El escritor cubano Alejo Carpentier

Es un estilo superado y efectista, que tiene mucho de arqueología, aunque sea un cauce adecuado si lo que deseas como novelista es descubrir el Mediterráneo y contar la Guerra Civil sin mucha complejidad, tragándote las ruedas de molino de la memoria histórica oficial, esa narración donde los buenos y los malos jamás se confunden y ante la cual el sensible auditorio queda extasiado con la conmovedora fuerza lírica de las historias que te contaba tu abuelo, que –nadie lo duda– siempre dijo a sus nietos toda la verdad y nada más que la verdad de toda su vida (a excepción alguna laguna innoble sobre aquella España llena de asesinos que se disfrazaban de salvadores de la patria o de corderos, dependiendo del bando en el que cada uno militase).

Lo que diferencia la literatura de los sermones didácticos es su apertura hacia la ambigüedad de las cosas, su capacidad para sembrar dudas sobre verdades indiscutibles, la vocación de formular preguntas molestas y, en último término, su poder para sacudirnos y, de esta forma, hacernos entender el mundo con más sensibilidad y sabiduría. La novela de Uclés, patrocinada por un banco, no hace nada de todo esto. Es como los cuentos que los niños cuentan al salir al recreo. De hecho, arranca con dos páginas llenas de citas. Son demasiadas si lo que pretendía era establecer un determinado marco de lectura para recrear, a través de una sucesión de cuentos engarzados, nunca muy largos porque la gente se agota, unos recuerdos familiares que se nos presentan como “la primera historia completa de la Guerra Civil”. Cuerpo a tierra. ¡Homero, ríndete!

Imagen del Podcast sobre la Guerra Civil de David Uclés en la Cadena Ser

Imagen del Podcast sobre la Guerra Civil de David Uclés en la Cadena Ser

Uclés puede –y debe– seguir escribiendo lo que le guste y como le guste. La literatura es el territorio de la libertad. Pero una buena novela (desde una perspectiva moderna) no es el libro más vendido ni tampoco el más premiado, sino esa clase de obra artística capaz de huir de lo inverosímil, que no es lo mismo que lo fantástico ni lo fantasioso, esa otra cosa, extraña e inexplicable, que crea un escritor de verdad. Y que emociona a los lectores porque la juzgan un universo real. Sin que se note la magia y sin necesidad de proclamar: “¡Admiradme, soy especial!”.