Kiko Veneno, juglar popular / DANIEL ROSELL

Kiko Veneno, juglar popular / DANIEL ROSELL

Letras

Kiko Veneno, juglar popular

El músico, catalán de nacimiento y andaluz por convicción, lleva más de cuatro décadas creando canciones que han enriquecido el acervo de la música popular

24 agosto, 2019 00:00

Finales de los 80. Un funcionario de la Diputación de Sevilla estaciona su coche en una gasolinera para repostar. En pocos minutos le espera otra reunión como programador cultural. El trabajo –piensa– no está mal. Ha conseguido que su nevera no esté en perpetua suspensión de pagos y, mal que le pese reconocerlo, ha disciplinado a su duende para que acuda puntual en las tardes libres. Pero, ay, el tipo, que ahora se mesa un mechón de pelo blanco como el malo de los Gremlins, siente un hondo resquemor. Sabe que ha facturado uno de los mejores discos de la historia de la música en español y ha sido una piedra fundamental en la revolución flamenca de Camarón. El problema es que parece que solo lo saben él y sus acólitos. Sus intentos para llegar al gran público se han despachado con fracasos. Si nadie se da cuenta de lo que vales, el mundo, ciertamente, es una tontería. 

Tal vez el problema –se dice mientras cae el sol y apura otro pitillo–  es haber llegado demasiado pronto a todos lados. Y es que para el niño José María López Sanfeliu (Figueres, 1952), andar era perder el tiempo. Todo lo hacía corriendo. Para empezar, con solo dos años emigra junto a su familia rumbo al sur, hacia Andalucía. Aunque parece que algo de la tramontana daliniana se le quedó en el subconsciente. Su padre, guardia civil, es destinado a una nueva casa cuartel y arrastra a toda la familia en una ruta contraria a lo que era habitual en aquellos años. Primero a Cádiz y después a Sevilla. El niño hacía padecer a sus padres porque no comía nada y pasaba muchas tardes solo delante de un inacabable plato de lentejas. Además, estaba encanijando. La madre se había conchabado con la vecina para que diera unos golpes en la pared y así asustarlo para que comiera de una vez. 

Pero poco después, a los doce o trece años, disfruta por primera vez con el sabor de una lechuga, con la atracción de aprender a escribir con tinta en las clases de los Salesianos de Cádiz, con la mística del canto coral. Son días de misa en latín, camisa nueva y fútbol. En la calle, el padre, Bienvenido, le lleva escuchar marchas militares; en casa, la radio materna cunde mucho más. No paran de sonar Sara Montiel, Antonio de Molina y Nat King Cole. Pasan los años y el churumbel se convierte en un adolescente aplicado. En la universidad de Sevilla se decanta por Filosofía y Letras y la pana de los cantautores. Se hace colega de Alfonso Guerra, diez años mayor, padrino total, y entre discursito, asamblea y manifestaciones antifranquistas, entretiene a los asistentes musicando a un poema de Rafael Alberti. Es su primera canción.

Kiko Veneno, en sus comienzos.

Kiko Veneno, en sus comienzos.

El joven López sigue teniendo prisa. Con apenas dos dólares en el bolsillo y una cámara de fotografías decide viajar hasta Estados Unidos para buscar las raíces de esa música que está revolucionando el mundo entero. The Beatles, Joan Baez, Bob Dylan, Jimmy Hendrix y Frank Zappa son su santoral laico. El chaval aterriza en Nueva York con ganas de comerse Greenwich Village, pero de repente le da el telele de la parálisis. No tiene dinero ni para pillar el autobús hasta el centro. Tres días queda varado en la terminal tratando de encontrar coleguis que lo introduzcan en el nuevo mundo. Con el inglés del guachiguachi y el esperanto de la guitarra hippie conoce a unos chavales de Boston que se apiadan de él y lo llevan de paseo por la costa Este. 

Allí vive una época de nomadismo, descalzo y con mochila, durmiendo en los parques y trenes, a lo Kerouac, rolling thunder total. Viaje iniciático que le cambiará la vida y con ella la música en español. Detective salvaje en busca de la utopía del amor libre y los labios dulces de palomas supermanas. En aquellos tiempos, la música sí parecía tener un poder político. Sin rasgo de cinismo ni impostura. 

Paradójicamente, o no, es en pleno continente americano, en las anchas playas de California, donde conoce a Agustín Ríos, un andaluz casado con una norteamericana que le persuade de la importancia de la música flamenca. Hasta entonces, nuestro López ha estado más interesado en la música folk ajena. No piensa que el flamenco forma parte de la propia. Estados Unidos, como todo buen viaje, le abre una nueva sensibilidad que tal vez ya poseía. Después del viaje de vuelta, como un Ulises cualquiera, que José María acude por primera vez a la Feria de Morón sin atarse al palo de su embarcación. Se quiere liar con las sirenas. Asiste a su primera gran fiesta flamenca en Casa Pepe. 

Ya entonces, de forma natural, parece entender lo flamenco como un género extenso, con límites móviles y márgenes fértiles, que no se circunscribe exclusivamente a los palos clásicos. Que tiene que ver con la ortodoxia de las peñas, pero también con la calle, que se encuentra en los artistas serios y en la canción ligera. Amores de la frontera. Y entonces se produce el primer Big Bang. La colisión de, al menos, dos mundos ávidos de mundo. Como Federico García Lorca posando el primer pie en la isla de Ellis. Kiko conoce a Raimundo Amador, dieciséis años de genialidad indómita y desenfreno vital, y este le presenta a su hermano Rafael. Allí está el germen de Veneno.  

De ese encuentro nacerá una nueva música popular para el mundo. “Dame veneno que quiero morir, dame veneno”, cantaban Los Chunguitos en uno de sus hits suburbiales. Y Kiko y los Amador se bautizan. Raimundo y Rafael habían abandonado el pupitre para curtirse en la noche de los cortijos de los señoritos por media propina y una promesa de gloria. Por aquel entonces tienen serias dificultades para escribir las letras de sus canciones en renglones no torcidos, pero, sin cumplir los 18, son ya doctores del ritmo y el compás.

Franco había muerto, sí, y la Giralda podía ser un cohete interestelar. Los gitanillos flipan con los discos que se ha traído el payo leído de Norteamérica, “Oye, pues esto no es tan malo” dice Rafael con los cascos entre las greñas mientras escucha por primera vez a Pink Floyd en el cuchitril de Kiko. Un piso franco encima de una farmacia, siempre de guardia y con múltiples sedantes y estupefacientes que atenúen la velocidad previa. El vendaval musical está por venir: el inevitable encuentro entre el flamenco con el blues y el rock. Todas músicas nacidas del quejío del sufrimiento y la marginalidad. Los padres de los gitanillos no ven con buenos ojos en que vayan a ca los hipos melenudos, pero ya es demasiado tarde para parar esa colisión entre lo psicodélico y lo cañí, lo narrativo y lo lírico, el aforismo y la gracieta.

El resto es un concierto permanente y vital que no cesa ni grabando en un par de días el primer y único disco. En realidad lo graban solo en un día. El primero es cuando llegan los Amador y Kiko con el ancho clan a los estudios de grabación en Madrid. Felices e inconscientes. El estudio se llena del aroma de las rajas de sandía y los cigarrillos de la risa; los chiquillos arman follón, el aceite de los bocadillos cae indefectiblemente sobre la moqueta cara. El segundo día, con los miembros del clan ya a buen recaudo en el hotel, se desparrama el talento con los tripis que alguien diluye en el té. Raimundo toca por primera vez una guitarra eléctrica y no sabe cómo desenchufarla. El percusionista aporrea todas las paredes con cucharillas buscando nuevas sonoridades. La pezuña de una pata de jamón sirve como púa. Algo nuevo y clarividente está naciendo a golpe de desparpajo, lecturas y farmacopea en aquella tarde-noche lisérgica. Nada de boom comercial. El sombrero del rock se rompe para que los rayos de sol del flamenco entren en su cabeza, o al revés, o que más da.  

Pero –menos ellos y algunos elegidos más– nadie parece enterarse del rollo. El sabor maravilloso de ese potaje musical altamente vigorizante, con habichuelas y tomate, suena demasiado extraño para las radiofórmulas y la discográfica. Tras meses de intentarlo, los Veneno deciden tirar la toalla tras una serie de conciertos en sala Villarroel de Barcelona. Apenas han vendido quinientos discos. Kiko se queda medio huérfano, frío, cree que ha conseguido crear un disco importante. Pero se pregunta si será verdad eso que dicen que el disco no vale un duro. 

Uno de los pocos que se enteraron del rollo es Ricardo Pachón, fuente y caudal de los mejores discos del nuevo rock o flamenco, que algo después le pide consejo a Kiko. Lleva semanas dándole vueltas a un encargo que le ha hecho Camarón de la Isla. José Monje quiere grabar un disco diferente. Pachón no sabe exactamente por donde tirar. Kiko, hipermotivado, da con la clave. Se le ocurre juntar a Lorca con Camarón. Quiere así salvar el abismo que abrió la Guerra Civil. Así un catalanoandaluz muy fino da con la llave del disco flamenco más importante del siglo XX: La leyenda del tiempo

Camarón, Pachón, Veneno y compañía graban con guitarra eléctrica, bajo, congas y cajón. Revientan las costuras del género a lo grande. Tocan tan rápido las palmas que los palmeros, una vez termina la canción, no pueden parar y los compañeros les tienen que ayudar a inmovilizar las manos. Kiko está contento porque Camarón lo escucha receptivo. Revoluciona cantes y ritmos populares y los saca del olvido. Además adopta el Volando voy y lo convierte en un himno. Una canción redonda y sencilla como un anillo. Que contiene todo la enjundia del universo Veneno. A saber: la mejor filosofía vital en versos claros: “Enamorado de la vida, aunque a veces duela” Y un haiku perfecto sobre la inspiración: “La flor de la noche, es para quien la merece”.

También en esta ocasión el disco llega demasiado pronto. Los gitanos devuelven el LP raro en el Corte Inglés, el del Camarón con barba y sin isla. Dicen que no lo entienden. José Monje comenta, con su voz queda y profunda, sin un ápice de pretenciosidad: “ya lo entenderán, ya lo entenderán”. Al disco le pasaba lo que el cuadro aquel que Pablo Picasso pintó para Gertrude Stein. Cuando ella dijo que no se le parecía, el malagueño contestó: “Ya se parecerá”. 

En los años siguientes la música sigue siendo un sacramento para Kiko Veneno, pero no le da para vivir. Va saltando de trabajo en trabajo e intenta dejar huella –“para no desentrenarme”, dirá después– con trabajos brillantes, pero que no acaban de cuajar. Los compañeros de cuadrilla van encontrando el éxito, los hermanos Amador lo encuentran con Pata Negra, Lole y Manuel salen de gira mundial. Él aguanta y se coloca en la Diputación. Su situación recuerda al Melquíades de Cien años de soledad, pero a la inversa. Si el gitano llega a los mejores descubrimientos universales siempre después, cuando ya se han descubierto, Kiko los descubre cuando nadie, o muy pocos, están preparados para entenderlos.

Después de un tiempo de barbecho y calma, en 1992, cuando Kiko empieza a dejar de correr, es cuando el público consigue atraparlo para siempre. Otra vez con paradoja incluida. Kiko sigue escribiendo letras con la exacta proporción de anarquía, poesía y humor. Tiene una maqueta llena de hits potenciales. Santiago Auserón le aconseja que se dé una última oportunidad. Que se vaya con su amigo Joe Dworniak y grabe en Londres con músicos de sesión. Y es entonces, lejos del Sur, en mitad de un estudio gris, a través de la producción de un inglés, donde Kiko consigue rizar el rizo. La inspiración mágica del disco perfecto. 

Échate un cantecito parece un recopilatorio de los éxitos de toda la vida. De alguna manera lo es. Contiene la síntesis de la vida desbordante de lo cotidiano. Junta todos los temas importantes en la vida: la libertad, el sexo, la ternura y la amistad. Kiko se preocupó de hacer un arte más digerible para todos. Construye un hábitat sonoro genuino. Canciones como Echo de menos, Joselito (que no tiene que ver con el pequeño ruiseñor, sino con un marinero que acudía al bar que regentó un tiempo en Conil), Lobo López , En un Mercedes blanco, se escuchan y entienden a la primera y, sin embargo, son infinitas. Costumbrismo vacilón, romances pop, escritura automática muy pensada y sentida, un estado de ebullición. Muchas de sus canciones, ya no le pertenecen del todo, porque se han convertido en tradición. Sus versos han pasado al lenguaje popular de gente que desconoce su existencia. No existe mayor éxito. 

El disco se canta por todas partes, se graba en casetes de los que se caen los trocitos de hierro y cromo de tanto escucharse y Kiko Veneno siente algo parecido a que por fin ha llegado a la meta. Pero no para ahí: pocos años después despacha la segunda parte del asunto, otra obra maestra total, con portada de Javier Mariscal. Se llama Está muy bien eso del cariño y reincide en la épica del cazador recolector de temazos. Canciones que ya son legado de la comunidad. Que de alguna manera comprometen. Al mismo tiempo, aquel primer paleodisco raro que respondía al nombre de Veneno empieza a ser reconocido por algunas revistas especializadas como el más importante del siglo XX en España.

En toda su obra posterior, Kiko Veneno asume el reto y trata de estar a ese mismo nivel. No hay duda de que en ocasiones lo consigue. Ha amalgamado con tino las sonoridades africanas en La familia Pollo y Dice la gente, le ha dado al indie bueno con Refree en Sensación térmica. Y sigue corriendo sin parar en su nuevo disco, un Sombrero roto, acrobático y técnico, antiguo y moderno, preparado para ser descubierto por el gran público de aquí, quizá, a veinte años. 

El padre, don Bienvenido López, le soltó cuando se enteró de que le daban el Premio Nacional de Músicas Actuales en el 2012: “Anda, ese que parecía tan raro y al final va a tener razón”. Kiko disfruta de su éxito a cámara superlenta. Mirando hacia el cielo, con los pies en la maceta, ya sabemos que él, como la Coca-Cola, también tiene su fórmula secreta.