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Manifestación de la Diada en vísperas de la Mesa de Diálogo / PABLO MIRANZO

La Diada de la discordia independentista y la agonía procesista

ERC y JxCat evidencian sus diferencias en un 11S donde los nostálgicos de la vía unilateral intentaron una última exhibición de fuerza en vísperas de la mesa de diálogo

6 min

Paciencia, voluntad, constancia... La receta de algunos manifestantes de la Diada para lograr la independencia exudaba resignación. Hace diez años que el 11 de septiembre dejó de ser una fiesta de los catalanes para convertirse en una exhibición de músculo secesionista que, con el paso del tiempo, ha perdido vigor y entusiasmo.

Celebrada en vísperas de la mesa de diálogo y tras la excarcelación de los presos condenados por el referéndum del 1 de octubre, el acto convocado por la Asamblea Nacional Catalana (ANC), Òmnium Cultural y la Associació de Municipos per la Indepèndencia fue escenario de los últimos estertores procesistas. El de aquellos que no renuncian a la vía unilateral y pretenden marcar las negociaciones de la mesa de diálogo entre Gobierno y Generalitat que se reunirá la semana próxima, pero que tampoco tienen una hoja de ruta para “volverlo a hacer”.

Corto recorrido

Los manifestantes, eso sí, colapsaron el corto recorrido diseñado por los organizadores --400.000 personas, según la ANC y 108.000, según la Guardia Urbana--, pero el acto estuvo muy lejos de la épica y de la unidad de años anteriores. La comitiva estaba llena de nostálgicos de la confrontación con el Estado que se niegan a reconocer que los indultos y la negociación suponen un punto de inflexión en el conflicto catalán. La noche anterior ya habían intentado hacer una desesperada demostración de fuerza, hasta el punto de insultar y abuchear​ al líder de ERC, Oriol Junqueras, uno de los encarcelados por el 1-O, en el Fossar de les Moreres. En este icónico lugar, independentistas de extrema izquierda se liaron a tortas con secesionistas de ultraderecha.

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Manifestantes en la Diada del 11 de septiembre / PABLO MIRANZO

Eso ocurría el viernes, al fragor de un nocturno desfile de antorchas de estética tenebrosa. Pero ayer, en los actos oficiales de la Diada, la discordia entre Junts per Catalunya (JxCat) y ERC fue canalizada en discursos que, no por sabidos, amortiguaron la profunda división existente en el Govern. Y no solo por la estrategia de dialogo elegida por el presidente Pere Aragonès para salir del conflicto político, sino por la fallida ampliación del aeropuerto de El Prat, que afecta directamente a la capacidad de gestión del ejecutivo catalán y que viene condicionada por el tercer socio en discordia: la CUP.

La conversación entre Aragonès, Illa y Puigneró

De ahí que fuera especialmente significativa la breve conversación que mantuvieron Aragonès, el vicepresidente Jordi Puigneró y el dirigente de PSC, Salvador Illa, en la ofrenda floral ante el monumento a Rafael Casanova. La suspensión de la inversión aeroportuaria anunciada por el Gobierno ha vuelto a provocar un cruce de acusaciones entre neoconvergentes, partidarios del proyecto, y Esquerra, que acusan a Puigneró de negociar de forma unilateral con el Gobierno. Sin embargo, el ultimátum del Ejecutivo de Pedro Sánchez no ha alterado la apuesta de Aragonès por la mesa de diálogo. Ambos mandatarios se han convertido en personas non gratas del independentismo radical, pues fueron incluidos en su tradicional quema de fotos.

Pero el president dejó muy clara su defensa del diálogo en su primer discurso institucional con motivo de la Diada, pretendidamente conciliador con quienes no apoyan en la independencia, pero está invitados a un "referéndum inclusivo".

La ANC, contra la mesa de diálogo

Pese a ello, los mensajes lanzados por Elisenda Paluzie (ANC) al término de la manifestación del 11 de septiembre iban dirigidos, una vez más, a deslegitimar ese foro de negociación pues, a su juicio, la solución es la declaración unilateral de independencia (DUI). Jordi Cuixart (Òmnium) abundó en su consigna "lo volveremos a hacer", pero también en ese llamamiento de Aragonès a todos los catalanes --"porque todos somos inmigrantes", dijo--. Eso sí, anteponiendo la lengua catalana como factor de cohesión social.

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Jubilados descansan durante la manifestación de la Diada / PABLO MIRANZO

Pero la ANC hace tiempo que dejó de influir en la toma de decisiones gubernamentales. De hecho, ni pudo condicionar las negociaciones para formar gobierno entre ERC y JxCat, ya que, finalmente, se impuso la vía del diálogo con el Gobierno español, para desespero de dirigentes como Laura Borràs, Quim Torra o el propio Puigneró, referentes de ese secesionismo recalcitrante, pero desnortado, incapaz incluso de revitalizar el Consejo para la República de Carles Puigdemont, mencionado por Paluzie.

Confesaba días atrás la presidenta de la ANC que está deseando abandonar el cargo. Lo dicho. La agonía procesista.