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Los tests que vinieron de China

Guillem Bota
30.03.2020
5 min

Espero que el gobierno español se haya guardado el tíquet de compra de los tests del coronavirus que compraron a China y que ahora resulta que no funcionan. De momento dicen que la empresa va a cambiarlos y los han mandado de vuelta, pero esos chinos son muy formales y si uno se presenta allí con 58.000 tests presuntamente defectuosos, lo primero que va a responder el encargado del bazar --porque supongo que fueron comprados en un bazar-- es que si tiene el tíquet. Siempre con una sonrisa, que por algo son chinos, pero sin tíquet no hay nada que hacer. Como el encargado del ministerio que fue al bazar a comprar los dichosos artilugios, haya perdido el tíquet, nos vamos a tener que quedar los tests, funcionen o no funcionen. Y con toda la razón, claro, igual que si usted va a comprar un par de zapatos, o 58.000 pares, no le van a permitir devolverlos si no trae el justificante de que los compró allí y los pagó. No vale decir que a la fuerza el dependiente de la tienda tiene que acordarse de un señor que se llevó 58.000 tests del coronavirus, porque para los chinos, 58.000 tests son una minucia, eso lo gasta una calle de cualquier ciudad en una sola tarde.

Comprar cosas a los chinos es lo que tiene, que es jugártela a cara o cruz. A mí me trajeron de la China un gato de estos que mueve la patita, como si fuera Hitler pasando revista a las SS, y no hay manera de pararlo. Yo pensaba que en cuanto se le terminara la pila, el maldito gato dejaría de dar la tabarra con la pata, que uno se levanta por la noche a echar un orín, ve aquella cosa movíendose en la oscuridad, y se pega un susto que se le quitan las ganas de evacuar. Pero de eso nada, ahí sigue todavía, va para dos años y --descartado ya que lleve pilas en su interior-- todavía no entiendo qué misteriosa energía le empuja a continuar saludándome cuando me levanto a mear.

Yo tuve suerte, o mejor dicho mala suerte, también se podía haber dado el caso de que el minino se quedara inmóvil al cabo de una semana, o que ni a una semana llegara, como los dichosos tests que nos han endosado. Pero no, a mí me tuvo que tocar el gato que funcionaba.

Quiero decir con ello que debemos ser comprensivos con el gobierno español, igual que les ha tocado un lote defectuoso, les podía haber tocado uno como mi gatito, con aparatitos que dentro de dos años todavía estarían revelando quien padece el Covid-19 y quien no. A fin y a cabo, no lo pagan con su dinero sino con el de todos los españoles, por lo tanto es normal que no sean muy cuidadosos cuando van a comprar.

-¿El señor no desea comprobar si funcionan?

-Quita, quita, que tengo prisa, Envuélvemelos para regalo, que me los llevo ya mismo para España.

El tíquet. Lo importante es que el gobierno no haya perdido el tíquet. Y en segundo lugar, se trata de que el dueño del bazar en cuestión, sea comprensivo. Y que tenga otros 58.000 aparatejos de esos, claro, que si no, a ver cómo lo solucionamos. Ayer a última hora, nos anuncio el dueño del bazar que no, que de eso no le queda, pero que tiene otros tests parecidos que funcionan mejor (lo cual no es mucho decir, habida cuenta de que los primeros no servían para nada).

Yo esta vez me aseguraría de que funcionan, y si no, me llevaría para España cualquier otro producto de la China, qué más da. Podría traerse el gobierno 58.000 gatitos de los que mueven la pata. Yo puedo dar fe de que, por lo menos el mío --lo estoy mirando mientras escribo esto-- sigue funcionando perfectamente. Y al fin y al cabo, es tan útil para detectar el coronavirus como los 58.000 tests que les hemos comprado a los chinos.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.