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El síndrome de Lord Byron

Guillem Bota
21.10.2019
5 min

Hace unos días, en el tugurio latino que frecuentamos, un amigo me hablaba, sorprendido, de la cantidad de extranjeros que viven en Cataluña --o que quizás ni siquiera viven aquí, sino que están de paso-- que se han sumado a las hordas del procés. En no pocos casos, con un entusiasmo que deja en mantillas al de los nativos.

- "No lo entiendo. ¿Qué saben del lo que sucede aquí? ¿Qué saben de nuestra historia? ¿De lo que queremos? ¿Qué saben de nada?", se lamentaba mi amigo.

"Nada, no saben nada, le respondí. Se trata del Síndrome de Lord Byron", añadí, a sabiendas que mi amigo jamás habría escuchado hablar de tal síndrome, por la sencilla razón de que me lo acababa de inventar. También muchos españoles, cuando viajan, se ponen sin pensar al lado del primero que les cuenta que forma parte de un pueblo oprimido, si saber nada, sin preguntar, sin investigar, sólo porque en el fondo somos unos románticos a los que les gustaría formar parte de una revolución. Si es posible, bonita e histórica --incluso sangrienta, si la sangre es de otros-- que son las cualidades que el manual del buen revolucionario cita en sus primeras páginas. Todos quisiéramos ser Lord Byron luchando codo a codo con los griegos, y quien dice los griegos dice los irlandeses, los apaches, los chechenos, los sirios o los catalanes. A poder ser, sin su cojera y sin perder la vida en el empeño.

- "¿Y recitando algún verso?", preguntó mi amigo, que tiene por costumbre irse por las ramas.

- "Sí, recitando algún verso, sí".

Es el Síndrome de Lord Byron --continué contando a mi amigo, que a estas alturas, creo yo, ya empezaba a sospechar el embuste-- es el que nos hace simpatizar con los que se dicen oprimidos. Claro está que la mayoría de los que se califican a sí mismos oprimidos no lo son, y el caso más clamoroso es el de los catalanes. Pero eso tanto da. Cuando estamos afectados del Síndrome de Lord Byron no atendemos a razones, ni siquiera queremos escucharlas, de la misma manera que quien padece el Síndrome de Estocolmo no razona cuando se pone de parte de su secuestrador (la mención del Síndrome de Estocolmo, de sobras conocido, hizo mella en mi amigo, que de nuevo parecía creer que en efecto yo era un erudito).

Un extranjero --proseguí-- adora sentirse querido allá donde está. Y en Cataluña nadie es más querido que un extranjero con una estelada y gritando "visca Catalunya lliure", mejor cuanto con peor acento lo grite. A país más exótico, más querido será. No diré yo que no sea bienvenido un alemán independentista o un inglés que se caiga del balcón al grito de "ho tornarem a fer", pero donde estén un rifeño, un tailandés o un neozelandés a favor de la autodeterminación catalana, que se quiten nuestros vecinos europeos.

En esas estábamos, entre cañas de cerveza, y se encontraba ya mi amigo del todo convencido de que soy una enciclopedia con patas, cuando entró Carlitos, el dominicano. Carlitos, repartidor, estaba molesto porque los cortes de carreteras le habían perjudicado durante toda la jornada, alargándola en más de dos horas. En cuanto nos vio, se desahogó.

- "Oye chiiiico. No entiendo. Si los catalanes protestan contra la sentencia, ¿por qué no hacen marchas hasta Madrid, en lugar de molestar a los mismos catalanes?".

De lo cual se concluye que el Síndrome de Lord Byron afecta especialmente a los extranjeros que no tienen muchos problemas para llegar a final de mes. Los currantes, los de a pie, tienen preocupaciones más prosaicas. Exactamente igual que sucede entre los catalanes.

O eso dije por lo menos, y fue suficiente para que mi amigo acabara pagando las cañas.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.