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Plaza mayor de Salamanca, ciudad sobre la que Girolamo da Sommaia escribe su diario erótico / PIXABAY

El diario erótico de Girolamo

El intelectual italiano dejó por escrito, con todo lujo de detalles, el testimonio de su vida licenciosa durante su estancia en Salamanca a principios del siglo XVII

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Nacido en Florencia, Girolamo da Sommaia (1573-1635) descendía de un linaje de patricios y senadores de gran prestigio político y cultural. De formación humanística y conocedor de varias lenguas, quiso cursar Leyes y Cánones en Salamanca, la principal universidad europea de la época. Para ello tuvo que pedir la autorización del Gran Duque de Toscana, ya que existía una ley que prohibía a los súbditos florentinos cursar estudios en el extranjero, permiso que consiguió fácilmente gracias a la influencia de su parentela en la corte de los Medici. En su decisión de venir a España influyó, sin duda, la estrecha relación que su familia mantenía con la Península Ibérica. Su tío abuelo, el famoso historiador Francesco Guicciardini, había sido embajador de la República de Florencia en la corte de Fernando el Católico y su tío materno ostentaba entonces la misma representación ante Felipe III.

En 1599, Girolamo llegó a Salamanca, una ciudad entonces abigarrada y cosmopolita, donde permanecería hasta 1607. Tenía veintiséis años, un sólido bagaje cultural y una fortuna considerable. Alquiló una casa y contrató a doña Martínez como gobernanta para que, ayudada por media docena de criados, administrara las tareas domésticas del hogar. Además de asistir a las lecciones de las cátedras universitarias, pronto se integró en un cenáculo de personajes que, con el tiempo, llegarían a ser figuras de relieve en el panorama político y cultural español. Entre otros, se relacionó con Gaspar de Guzmán, el futuro conde-duque de Olivares; con Baltasar Navarro Arroita, futuro obispo de Tarazona y autor de la carta que precede al Tesoro de Covarrubias, y con Lorenzo Ramírez de Prado, amigo íntimo del italiano y autor de una edición de los epigramas de Marcial publicada en París en 1607. Estos intelectuales solían reunirse con frecuencia para comer o cenar, ir a los toros, jugar a los naipes, copiar poemas, prestarse libros e ir al teatro. Salamanca vivía entonces una auténtica efervescencia teatral y Girolamo no solía faltar a ninguna representación de las compañías teatrales itinerantes que allí actuaban. De las comedias a las que asistía anotaba no sólo el título y autor sino también, muchas veces, un breve resumen o unas glosas.

Entre 1603 y 1607, Girolamo se esmeró por registrar en sus cuadernos los gastos, aficiones, lecturas y otros aspectos de su vida cotidiana. El lenguaje que usó era una curiosa mescolanza de español e italiano, salpicada aquí y allá con algunos términos latinos o griegos. El Diario de un estudiante de Salamanca. La crónica inédita de Girolamo da Sommaia (1603-1607), título facticio con el que George Haley publicó los manuscritos autógrafos conservados en la Biblioteca Nacional Central de Florencia, es un libro de cuentas, un recordatorio y un diario personal donde el florentino anotaba sin pudor sus secretos más íntimos con el fin de retener el recuerdo de un presente siempre perecedero. El diario del estudiante florentino ha servido de punto de partida para varios estudios históricos y literarios. Haley lo usó para documentar la cronología del Sueño del Juicio Final de Quevedo y del teatro lopesco. Y Francesca de Santis se sirvió del diario para describir los círculos intelectuales que frecuentaba el florentino, así como los viajes que realizó a lugares vecinos. En octubre de 1603, Girolamo viajó a Valladolid acompañado por Irazaval y Simón Danti, dos estudiantes pobres que le servían de criados, para visitar a la familia italiana de los Fuccari y otras personalidades como el embajador italiano Concini o el barón austríaco de Lampachr. En el viaje de vuelta, al pasar por Toro, quedó fascinado por la calidad del vino y la deslumbrante hermosura de las mujeres.

Aquí incidiremos en la vertiente erótica del diario, ya que a pesar de los esfuerzos del juez del Estudio salmantino y las rondas e inspecciones que sus oficiales realizaban por calles, albergues y casas de mujeres públicas, la vida de los estudiantes era notoriamente licenciosa. Girolamo, clérigo ordenado de menores, cumplía con sus obligaciones eclesiásticas, pero a la vez daba rienda suelta al embrujo irresistible de sus dolcitudine: los encuentros sexuales que mantenía con prostitutas de toda clase, que luego confesaba cumpliendo la correspondiente penitencia y dejando constancia del precio que pagaba por sus amores mercenarios con escrupulosa meticulosidad.

Las cortesanas de lujo le cobraban la no despreciable suma de ocho reales. Con algunas mantenía relaciones discontinuas que iban más allá del mero acto sexual. Petronila, Francisca de Salas o Violante Gómez le reclamaban con insistencia entradas para los palcos del teatro (un aposento costaba generalmente entre cuatro y seis reales) o, más prosaicamente, aves de corral, carne de cabrito o pares de zapatos. Otras pedían meriendas de mazapanes, mermeladas y cortezas de limón en confitura cuyo coste giraba en torno a los veinte reales. Estas meretrices selectas solían organizar fiestas y saraos en sus casas, que amenizaban con músicas y bailes como en Italia.

Girolamo pagaba solo un real, la tarifa más baja, a las prostitutas muy jóvenes y de humilde extracción social. A las muchachas que trabajaban en el servicio doméstico se contentaba con regalarles pasteles, cintas, encajes, tafetanes, cofias o aretes. Isabel, Belisa, la Carrasca o “la hija de las carreras”, todas ellas sirvientas, acudían de vez en cuando a su domicilio. Los apodos con que se refiere a las rameras aluden a su origen geográfico (“la amazona de Saldaña”), a su corta edad, a su origen campesino (“la pequeña serrana”) o a su condición de mujeres públicas (“la azafranada”, sobrenombre que remite a la antigua ley de las Partidas de 1252 que obligaba a las prostitutas a llevar tocados color de azafrán). El florentino dejó constancia también de las ocasiones en que su deseo se veía frustrado porque las meretrices no acudían a las citas o se encontraba con las puertas de sus casas cerradas. Pese a su liberalidad, no siempre pagaba al contado. El 8 de noviembre de 1606, la “serrana” le envió a su hermano para reclamarle los pagos atrasados, dieciséis reales que Girolamo pagó religiosamente el 5 de diciembre.

Girolamo no desdeñaba la pederastia y ponía su punto de mira en niñas y adolescentes, que se procuraba entre las hijas y hermanas menores de las prostitutas, como en el caso de la serrana piccolina. En las anotaciones de sus aventuras eróticas figuran también mujeres casadas, como doña Isabel de Guzmán, cuyo marido al parecer consentía que se prostituyera. Girolamo mantenía asimismo relaciones homosexuales de pago con don Juan de Riego y un tal Olivares. La tarifa en estos casos era similar a la de las mujeres: entre cuatro y ocho reales.

El italiano se refiere a sus torpezas sexuales con la terminología habitual (fornicación, adulterio, polución, prostitución), aunque frecuentemente las expresa con el vocablo latino dolcitudine (dulzura). Su desenfreno sexual no le impedía considerarse un buen cristiano. Así se explica que un día, pocas horas después de yacer con Petronila, fuese a oír un sermón en la iglesia de la Transfiguración para cumplir con los preceptos de la Cuaresma. Recordemos que, durante la Cuaresma, la Iglesia imponía la abstinencia sexual y se cerraban “las casas públicas”, obligando en algunos casos a las prostitutas a abandonar las villas y ciudades. Girolamo da Sommaia había abrazado el estado clerical en su grado menor, pero como buen pecador no podía resistir las tentaciones de la carne. Encontraba resquicios para, antes o después cumplir con sus obligaciones religiosas, saltarse la prohibición y ofrecer sacrificios de otra índole en los altares de Venus y Apolo. Entregado en cuerpo y alma a las dulzuras de su particular jardín de las delicias, anteponía la fugacidad de los placeres al castigo eterno en el infierno, del que siempre podría salvarse con la oportuna confesión y arrepentimiento.