Lo que se quemó en Coripe

Guillem Bota
29.04.2019
6 min

No me voy a entretener en el hecho de que aquí, en Cataluña, se queman monigotes del rey, del juez Marchena y de quien proceda, bajo el sacrosanto paraguas de la libertad de expresión (y bien está que así sea, por otra parte), mientras que si en Coripe hacen lo propio con un muñeco de Puigdemont se arma la de Dios es Cristo, así sea una tradición centenaria. No, bastante se ha hablado ya de ello. Lo que me interesa del asunto es la reacción del incinerado y fusilado, me refiero a Puigdemont y no al monigote, por más que a menudo cueste distinguir al uno del otro, en especial cuando hablan.

No tardó mucho el antaño presidente y ahora prófugo de la justicia, en dar su opinión, por supuesto olvidando que no hace mucho aseguraba que "no tiene que pasar nada porque alguien queme una fotografía o una bandera". En un gesto de magnanimidad, no se ofendió porque el monigote le simbolizara. Quía. En su humilde parecer, el acto de Coripe iba "contra lo que representamos", nótese el plural mayestático que ya solamente utilizan los Papas y los majaretas. Y ahí es donde me hice la pregunta: ¿qué representa Puigdemont?

Quizás representa a todos los humanos que lucen un peinado semejante al suyo. Los Joachim Low, Elton John y tantos otros ciudadanos anónimos --no por ello menos dignos de conmiseración-- que han caído a manos de peluqueros sin entrañas, bien pueden haber creado una asociación de damnificados, siendo Puigdemont su máximo representante. Y bien pueden haberse sentido dolidos al ver el poco respeto que su atuendo capilar merece entre los ciudadanos del pueblecito andaluz.

Otra posibilidad es que Puigdemont esté representando a todos los prófugos de la justicia, pasados y presentes (quizás también futuros) que en el mundo han sido. El Dioni, El Lute o Roldán, para no salirnos de las fronteras patrias; Ronald Biggs, Papillon, Lucky Luciano, si nos las vamos a dar de cosmopolitas. Los que queden vivos de todos estos, más los que por cuestión de espacio no han podido constar en esta relación, habrán elevado sus quejas hasta su presidente (o secretario general, uno no domina la burocracia del hampa) Puigdemont y éste, en el ejercicio de su cargo, ha hecho llegar su malestar al pueblo de Coripe. Los delincuentes también tienen su corazoncito, qué caramba.

Sin embargo, no es descartable que los representados por Puigdemont sean los vividores, así, en general. No crea el lector que hay muchos, que un vividor nace, no se hace. Aun así, y sin llegar a la categoría de Puigdemont, que se ha montado una vida opípara en un señor palacete sin tener que dar un palo al agua, gracias a unos cuantos crédulos que engordan la llamada "caja de resistencia", no han de faltar en el mundo timadores --de medio pelo si los comparamos con el prófugo de marras-- que se estén pegando la gran vida a costa de terceros. Esos son los vividores. Todos conocemos alguno, desde los treintañeros que siguen viviendo de sus padres hasta las macizas que se casan con un octogenario. A todos representa Puigdemont, y todos debieron sentirse ofendidos viendo el poco aprecio que en Coripe se tiene por su modus vivendiEnvidia cochina es lo que tienen, que todos querrían vivir de la sopa boba.

Para terminar, nos quedan los rodríguez, especie animal que habita únicamente en la península ibérica, si bien se dan casos de algunos que emigran precisamente para salvaguardar su envidiable condición de casados en soltería. Es el caso de Puigdemont, que voló hacia el norte en cuanto asomó su patita el invierno, tanto en su sentido literal como en el metafórico. Puigdemont es el máximo representante de los rodríguez, no muchos hombres son capaces de inventarse un referéndum con su consiguiente proclamación de república, para poder dejar atrás a esposa y churumbeles y vivir la vida loca. Ni Lopez Vázquez en sus películas más disparatadas, hasta ahora espejo de aspirantes a rodríguez, se atrevía a tanto. No es descabellado que los rodríguez, aun los más modestos que se conforman con unos diítas de soltería en agosto, tengan también su asociación y vean en Puigdemont, no ya un presidente, sino un ídolo, qué digo, un Dios. Cómo les debió de doler comprobar que en un lugar tan español como Coripe se ensañaban con el rodríguez por excelencia.

Tiene razón Puigdemont, lo que se hizo con todo aquello que representa, es una auténtica infamia.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.

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