Puigdemont, mentiroso e ignorante... de momento

Guillem Bota
18.03.2019
5 min

Al pobre Carles Puigdemont lo dejaron como un trapo dos gobiernos el mismo día: el vasco le llamó mentiroso, aunque finamente, por haber puesto en duda el relato del lehendakari Urkullu durante los diez días que mataron de risa al mundo, y el europeo le llamó ignorante, también de forma fina, por pretender llegar a eurodiputado saltándose las leyes españolas. Mentiroso e ignorante en un solo día, he ahí una hazaña que no está al alcance de cualquiera. Tan solo con que otro gobierno le hubiera llamado idiota, Puigdemont estaría avalado para optar al puesto de presidente vitalicio de la Generalitat, según se desprende de los gustos que en las elecciones muestran mis conciudadanos una y otra vez. 

No piense nadie que el expresidente fugado movió siquiera una ceja tras ser descalificado ante el mundo por dos ejecutivos, nada de eso. Lo bueno de ser un aficionado sin apenas formación, metido a político, es que no le das la menor importancia a situaciones que en otros provocarían no sólo dimisiones, sino cambios de identidad e incluso de aspecto (con ayuda de la cirugía plástica si fuere necesario) para pasar en el más absoluto anonimato lo que reste de existencia, quizás empezando una nueva vida como recolector de coca en Bolivia. Lo que sea antes de seguir siendo la rechifla de propios y extraños.

Claro está que ser un pobre aficionado tiene también su parte negativa, como es la de no poseer coraje, y no me refiero a la cobardía de huir dejando atrás al resto del Gobierno y allá se las apañe --que también--, sino simplemente a dar marcha atrás en la convocatoria de elecciones solo por el qué dirán las redes sociales y las pocas decenas de enérgumenos que están ahí afuera gritando, que fue lo que sucedió.

Un político con experiencia, qué digo, simplemente una persona que se vista por los pies, no hubiera dado pábulo a las opiniones de los exaltados, hubiera dado un paso al frente convocando elecciones y Cataluña no se encontraría hoy como se encuentra. Que tampoco es que se encuentre excesivamente mal, sobre todo si tienes el buen sentido de tomártelo todo a guasa, pero por lo menos no nos darían continuamente la brasa con los presos y los fugados. En un tris he estado de añadir que, con un poco de suerte, incluso tendríamos actualmente un Gobierno de la Generalitat funcionando, pero me he frenado a tiempo, hasta ahí no podría llegar la fortuna, los catalanes tenemos lo que nos merecemos.

Uno llega a pensar si con la tan cacareada "internacionalización del procés" --¿la recuerdan?-- Puigdemont no se refería precisamente a ser vilipendiado por el mayor número posible de gobiernos, sean autonómicos, nacionales o supranacionales. De hecho, los resultados hasta el momento son mucho más efectivos en este ámbito que en cualquier otro. 

Lo bueno que tienen los gobiernos es que insultan con finezza; a nadie se le pasa por la cabeza un ejecutivo llamándole a Puigdemont gilipollas, atontado, cretino o loco de atar. Lo pueden pensar, no digo que no, pero la diplomacia obliga a maquillar las opiniones con un "discrepamos sensiblemente de su opinión". No es descartable, por tanto, que en las próximas semanas el presidente fugado se esmere en seguir internacionalizando el procés a su manera y vaya menguando día a día el número de gobiernos que todavía no le han insultado. En poco tiempo, es probable que no quede sin hacerlo más que el Gobierno catalán. Y no pondría yo la mano en el fuego por ello.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.

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