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Helene Mayer practicando esgrima / GETTY IMAGES

Helene Mayer, la espada judía de Hitler

Meyer, campeona de esgrima, renegó de su condición judía para poder competir en los Juegos Olímpicos de Berlín y defendió el régimen de Hitler

Joan Zamora
9 min

Fue una mujer impresionante, alta, rubia, esbelta, de ojos azules y mentón cincelado. Nacida en Offenbach, Alemania. Y fue, tal vez, la mejor tiradora de esgrima de la Historia, según afirma Richard Cohen en Blandir la espada. Historia de los gladiadores, mosqueteros, samuráis, espadachines y campeones olímpicos”. Su padre y sus abuelos paternos eran judíos, y aunque nunca ejerció la lectura del Talmud, y muy poco los encuentros en la sinagoga, para el nazismo imperante en Alemania de 1933 a 1945 Helene Mayer era judía, irremediablemente no aria. Una pena, porque la chica poseía atributos sobrados para representar a la raza superior que llegó al poder en Alemania de la mano del cabo Adolf Hitler y de las maquinaciones del siniestro Joseph Goebbels.

Helene Mayer escondía una devoción superpuesta a la afición por la esgrima. Muy jovencita, con 14 años, en 1925 ganó el campeonato de Alemania de esgrima, y repitió el título seis años seguidos. Ganó la medalla de oro para Alemania en los Juegos Olímpicos de 1928 (el mismo año en que Hitler publicó su Mein Kampf), en Ámsterdam, la primera Olimpiada en la que permitieron participar a Alemania tras su derrota en la Gran Guerra, pues los belgas no les invitaron a los Juegos de 1920 a quien les había invadido en 1914, y los franceses excluyeron también a Alemania de los Juegos de París.

Ávida de triunfos

El éxito de Mayer en Ámsterdam tuvo una repercusión extraordinaria en la sociedad alemana, ávida de triunfos tras la humillación que le impusieron en el Tratado de Versalles, el acuerdo de paz que cerró las cuentas de aquella matanza europea que se desarrolló entre 1914 y 1918. Helene Mayer era una extraordinaria tiradora, elegante, ágil y veloz en la estocada ganadora. Le pusieron el sobrenombre de Hee, La Rubia; la escuela donde estudió, en Offenbach, colgó un gran retrato suyo en el vestíbulo; y se vendieron por toda Alemania miles de figuras de yeso con su cuerpo enfundado en el clásico atuendo blanco de la esgrima.

Helene Mayer en una imagen de archivo / GETTY IMAGES
Helene Mayer en una imagen de archivo / GETTY IMAGES
 

La inclinación escondida de Helene Mayer consistía en esa pulsión devastadora que conocemos como nacionalismo y que algunos insisten en llamar patriotismo. Una ofuscación que acabó arruinando su vida. Ella quería ser alemana a toda costa y si los judíos eran la desgracia de Alemania, según la ideología nazi, ella renegaría de su pasado y abrazaría al mismísimo diablo si fuera necesario. Pasó en Estados Unidos los años de ascenso y hegemonía de la ideología nazi, disfrutando de una beca universitaria en California y ejerciendo la docencia después, de forma que vivió en la distancia la aprobación de las leyes de Nuremberg, las normas y reglas racistas y antisemitas que rigieron en Alemania desde septiembre de 1935. En aplicación y desarrollo de esas leyes, en noviembre se publicó un decreto que prohibía a cualquier organización deportiva alemana “afiliar a un no ario”; y precisaba que había “de evitarse todo contacto personal con judíos”.

Helene fue expulsada del club de esgrima y borrado su nombre y su imagen. Por judía. Pero ella ignoró esas leyes, miró hacia otro lado y se prestó a servir de coartada para convencer a los países liberales, particularmente a Estados Unidos, de que el régimen nazi permitiría a los judíos participar en las Olimpíadas que habían de celebrarse en Berlín en 1936. Es probable que sin su servilismo hacia al nazismo, los países democráticos (Gran Bretaña, Canadá, Bélgica, Francia, Holanda y Estados Unidos) hubieran boicoteado las olimpíadas que Hitler organizó para mostrar al mundo la superioridad de la raza aria. Pero Helen Mayer, la gran campeona que había arrasado con el florete en los campeonatos norteamericanos desde 1933, quería que el nazismo la admitiera, al precio que fuera. Si para ser alemana, había que aceptar el racismo y la persecución implacable de los judíos, hasta el exterminio, ella estaba dispuesta.

"Judía de mierda"

Para acompañar a Hee, la Rubia, los nazis incluyeron también a otra judía, Gretel Bergman, saltadora, entre los preseleccionados, pero Bergman fue apartada a última hora de la lista definitiva pese a haber logrado la mejor marca en las pruebas de selección. Helen Mayer fue la única judía que compitió por la Alemania de Hitler en la Olimpíada de Berlín. Y como todos los atletas seleccionados para representar a Alemania, estrechó la mano del führer en la recepción que ofreció antes del inicio de los Juegos. No contenta con eso, Mayer, medalla de plata, mantuvo el saludo nazi, brazo en alto, mientras sonaba el himno húngaro en honor de la esgrimista ganadora, Ilona Schacherer-Elek, también judía. El gesto, sin embargo, no fue suficiente. Un directivo alemán de la esgrima la llamó en público “judía de mierda” y la acusó de haberles hecho perder la medalla de oro. El glamur que hasta entonces la había aureolado, desapareció. Un influyente periodista norteamericano la calificó de “vaquilla de Goebbels”. Y el gran escritor Thomas Mann, que consiguió con mucha suerte huir de Alemania en 1933 para exilarse finalmente en Estados Unidos, criticó duramente a Helene Mayer por bailarle el agua al nazismo en vez de alertar al mundo de los peligros de la Alemania de Hitler. Tras las Olimpíadas, Mayer no tuvo empacho en declarar que el führer era “un señor muy mono”.

Helene Mayer practicando contra un oponente en las Olimpiadas de Ámsterdam de 1928 / GETTY IMAGES
Helene Mayer practicando contra un oponente en las Olimpiadas de Ámsterdam de 1928 / GETTY IMAGES

Enamorada de un guardiamarina que pereció en el naufragio de la fragata NIOBE, el 25 de julio de 1932, suceso que trastornó su carrera y que le haría perder la medalla de oro en la Olimpíada de Los Ángeles, inaugurada cinco días después del hundimiento del barco escuela de la Armada alemana, Helene Mayer acabó casada, en mayo de 1952, con el barón Edwig Von Sonnenburg. Para entonces era una señora fondona, con la ciudadanía estadounidense desde 1940, pero que continuaba hablando alemán, consumiendo comida alemana y cantando las canciones tradicionales del estado de Hesse. Murió de cáncer de pecho el 10 de octubre de 1953, dos meses antes de cumplir los 43 años.

Hay quien sostiene que Helene Mayer aceptó el papel de judía simbólica, utilizada por el régimen nazi para salvar las Olimpíadas de Berlín, con el propósito de librar a su familia. Pero los hechos desmienten tal hipótesis. Su familiares judíos fueron perseguidos y algunos murieron en campos de concentración.