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Ramón de España opina sobre la gestión ferroviaria del Gobierno

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Manicomio global

El suflé emocional

"Cuando el apagón de abril del año pasado, jamás explicado, ya apareció la sospecha de que el mantenimiento de nuestras redes eléctricas dejaba bastante que desear. Esa sospecha vuelve a darse ahora con los trenes"

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El ministro de transportes, Óscar Puente, tiene explicaciones para todo, aunque no convenzan a nadie. Ante el cabreo y la indignación de los maquinistas de Renfe por lo que consideran desidia (o algo peor) de los responsables de mantener el tráfico ferroviario en condiciones, ha decretado que los quejicas de turno viven en un "suflé emocional".

Es decir, que exageran y que, hasta que no se calmen, no habrá manera de hablar con educación y normalidad del sindiós en el que están instalados nuestros trenes. Su jefe, como de costumbre en estos casos, anda desaparecido, tal vez porque no hay manera de echarle la culpa de todo a la derecha y la extrema derecha.

Hasta ahora, el desastre ferroviario estaba concentrado en Cataluña. Concretamente, en el servicio de Cercanías, que funcionaba de pena. Según los nacionalistas, todo se arreglaría con el traspaso de Rodalies a la Generalitat, pero como ésa es su fórmula mágica para todo, cada vez somos menos los que pensamos que unos trenes transferidos funcionarían mejor que unos trenes centralizados: la chapuza es un signo de identidad nacional (o estatal, si lo prefieren) y no hay hecho diferencial que la anule.

Con el accidente en Andalucía se ha ampliado el foco del desastre y ya nadie está a salvo. Da toda la impresión de que la situación de nuestros trenes es francamente mejorable y que algo mal están haciendo nuestros políticos para que el desastre y la chapuza se cronifiquen.

En semejante situación, las ocurrencias del señor ministro ante las desgracias, ya se trate del cambio climático que desmorona muros o el "suflé emocional" que cocinan los maquinistas, sientan especialmente mal a la opinión pública. Y todo parece indicar que el mantenimiento de las infraestructuras ha dejado bastante que desear.

Se ha podido disimular un poco mientras sólo pringaban los catalanes, pero ahora que en el sur de España han muerto más de 40 personas en un brutal accidente ferroviario, le tocaría al Gobierno central dar unas explicaciones que vayan un poco más allá del "suflé emocional", el cambio climático, la lluvia pertinaz y la maldición que nos ha lanzado el general Franco desde ultratumba.

Los españoles llevan ya cierto tiempo sometidos a una realidad política que no hay por donde cogerla, dados los niveles de corrupción institucional alcanzados por el partido en el poder (aunque, como en el caso de los lazis, casi nadie cree que un gobierno del PP solucionaría todos nuestros problemas).

La política nacional es cada vez más una entelequia sucia y corrupta con la que el ciudadano hace lo posible por mantener la distancia.

Si el país funciona (más o menos) es porque la gente se levanta cada mañana voluntariamente, deja a los niños en el colegio y se va a trabajar. Pero si no puede coger un tren de Cercanías para hacerlo (los precios del alquiler lo han alejado de su propia ciudad), el horror se manifiesta en un plano tremendamente cercano.

Y no tarda en intuir que todo está comunicado, que las trapisondas que todo el mundo ha leído en los periódicos no se limitan al latrocinio desesperado de los políticos, sino que se manifiestan en asuntos tan domésticos como un tren averiado, retrasado o, directamente, descarrilado.

Cuando el apagón de abril del año pasado, jamás explicado, ya apareció la sospecha de que el mantenimiento de nuestras redes eléctricas dejaba bastante que desear. Esa sospecha vuelve a darse ahora con los trenes.

Y puestos a hacerse preguntas, a los españoles les gustaría saber por qué se ha ahorrado en mantenimiento y en qué se ha invertido el dinero ahorrado. Estaría bien que nos lo explicaran Y que rodaran unas cuantas cabezas, las de los responsables del desaguisado ahorrativo y de despistar dinero en otras direcciones, con las consecuencias que todos conocemos.

En vez de eso, el ministro jabalí habla de "suflés emocionales" y de lluvias copiosas, mientras su jefe se esconde porque no hay manera de sacar rédito político de la catástrofe y subirse a un tren se convierte en un deporte de riesgo.