La toalla del buen catalán

Ramón de España
3 min

Hace unos días, mientras observaba en TV3 la performance de unos enajenados que repartían por la playa de Mataró unos trapos amarillos atados en forma de cruz (la autoridad competente les había impedido clavar las cruces de marras), me vino una idea que podría hacerme rico, pero como los negocios no son lo mío, se la ofrezco a Vicent Partal, propietario de un chiringo dedicado a la venta de complementos patriótico-vestimentarios que atiende por La botiga de Vilaweb y que debe proporcionarle pingües beneficios, pues aún recordamos el rebote que se cogió el año en que los chinos le piratearon la camiseta de la Diada, que además vendían a mitad de precio, los muy ladinos.

Se trata de la toalla cruz. Es decir, de una toalla --amarilla, por supuesto-- cortada de tal manera que adopte la forma de una cruz. Costaría más que una con todo el material habitual, pero la patria exige sacrificios de todo tipo, incluidos los económicos; y, además, los retales se pueden reciclar como trapos de cocina, baberos para bebé o seudo gamuzas para abrillantar zapatos o limpiar el parabrisas del coche. Esa toalla distinguiría a la perfección al buen catalán del infame botifler, por no hablar de lo bonita que quedaría una vista aérea de una playa trufada de gente aparentemente crucificada: ¡saldríamos en portada del The New York Times y de todas las revistas de psiquiatría del mundo!

No negaré que la toalla cruz plantea algunos inconvenientes. Pasarse horas con los brazos estirados puede causar pequeños problemas en la circulación sanguínea. Asimismo, las piernas no podrían estar una al lado de la otra, sino una sobre otra a la altura de los tobillos --así se ahorraban un clavo los romanos--, lo que impediría el bronceado normal de la cara interna de muslos y pantorrillas. ¿Pero qué importancia tienen unas contracturas musculares y una piel como de víctima del vitiligo comparadas con la exhibición de amor a la patria mantenida a lo largo de todo un mes (o de tres, para los jubilados y los estudiantes)?

Tampoco estaría mal diseñar la cruz neumática, para poder seguir estando crucificado hasta en el agua (nueva imagen de interés para el The New York Times y la prensa psiquiátrica). Las cosas hay que tomárselas en serio. No basta con clavar una cruz amarilla en una playa de uvas a peras, por lo que los patriotas ambiciosos deberían tomarse en serio mis sugerencias. Sobre todo, tú, amigo Partal, que no solo de camisetas y chanclas vive el tendero soberanista. Y date prisa, que aún se te van a adelantar los chinos.

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¿Quién es... Ramón De España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

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