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Perder el tiempo por la patria

Ramón de España
4 min

¡Fumata blanca! ¡Habemus Govern! Finalmente, Quim Torra se ha bajado del burro (catalán, por supuesto) y ha repartido las consejerías que le quedaban libres entre gente que, de momento, no tiene causas pendientes con la justicia. Prófugos y presidiarios siguen en su sitio, esperando tiempos mejores, y pillan cacho unos independentistas no fichados. Para Rajoy, es la única alegría que se va a llevar en estos tiempos en los que todo el mundo exige su cabeza. Ahora ya puede levantar el 155 y olvidarse de Cataluña, que siempre ha sido su manera habitual de tratarse con esa comunidad.

De hecho, podríamos haber tenido Govern nada más ser ungido Torra por Puigdemont: bastaría con haber repartido las consejerías entre los que ahora las acaban de pillar. Pero, claro, entre el independentismo se habían consagrado unos protocolos de obligado cumplimiento, consistentes en intentar investir a prófugos de la justicia y a galeotes de presidio. Entre pitos y flautas, nos hemos tirado cinco o seis meses para formar un gobierno que se podría haber formado en cuestión de días. Pero es que la prioridad no era ésa. La prioridad era hacer como que se plantaba cara al malvado Estado español, aunque al final haya habido que pasar por el aro y tragarse unos sapos de tamaño considerable.

La prioridad era, por ejemplo, investir como presidente a Puchi de manera telemática. Como eso no coló, se intentó una investidura presencial con Jordi Sànchez, que estaba (y está) en el trullo. A partir de ahí me pierdo un poco, pues ya no recuerdo qué vino antes, si un nuevo intento de investidura de Puigdemont o el conato de hacer presidente a Turull, que entre la primera y la segunda jornada de investidura se fue a ver al juez a Madrid y se lo quedaron. ¿Hubo un segundo intento de investir a Sànchez o lo he soñado? Al final, nos endilgaron al fan del Capità Collons como nos podrían haber enjaretado a Agustí Colomines, a Pilar Rahola o a Lluís Llach. Rajoy se frotaba las manos, pues ya se veía volviendo a su estado natural, la holganza, sin esa molestia del 155, pero entonces Torra, para no desentonar en el apasionante mundo de la demora patriótica en el que viven los indepes, quiso para su gobierno a prófugos y presidiarios y Rajoy tuvo que interrumpir la siesta. No era más que postureo, un sostenella y no enmendalla de lo más español, pues seguro que Torra ya tenía previsto colocar a los cuatro que ha colocado a última hora, pero había que alargar el numerito: si hasta se ha ido a ver a Puchi para asegurarle que seguirá combatiendo ferozmente por devolverle al lugar que se merece (fase previa al también muy español "si te he visto, no me acuerdo").

¡Fumata blanca! ¡Habemus Govern! Rajoy puede dedicar todo su tiempo a esquivar la moción de censura. Se retira el 155. Por lo menos, unas semanas, hasta que Torra haga algo que no debe. O puede que ni eso, puede que volvamos al aburrimiento previo a la instauración de la república de los ocho segundos: yo me paso la ley por el forro, tú me llevas al Constitucional y así van pasando los días y nos vamos entreteniendo todos a nuestra peculiar manera. Si el presente les parece cansino, prepárense para lo que nos espera.

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¿Quién es... Ramón De España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

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