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Con Omella hemos topado

Ramón de España
6 min

Quim Torra se ha propuesto empapelar al arzobispo de Barcelona, Juan José Omella, por haber celebrado una misa en la Sagrada Familia por las víctimas del coronavirus saltándose, al parecer, las instrucciones del Procicat y no respetando la distancia de seguridad entre los asistentes. Omella contraataca asegurando que se respetó dicha distancia, que había muy poca gente y que la misa en cuestión no puso en peligro a nadie. En realidad, el conflicto entre el siervo del Señor y el siervo de Puigdemont (que hace como que preside la Generalitat) se reduce a que a Torra le cae mal Omella porque no se ha distinguido por su apoyo al prusés (¡fue incapaz de visitar en el trullo a los golpistas mientras todos los catalanes decentes hacían cola para rendirles pleitesía y Joan Bonanit les deseaba felices sueños cada noche!) y porque considera que el hecho de que presida la Conferencia Episcopal Española lo identifica como enemigo de la catalana tierra.

Torra ha sido el primero en saltarse la distancia de seguridad cada vez que le convenía un remedo de baño de masas, y antes de que se les acabara el chollo de los permisos por la cara y el tercer grado por la patilla (o por el mullet en el caso de Cuixart), los presos políticos eran recibidos en sus pueblos por genuinas multitudes que se pasaban la distancia social por el arco de triunfo. Pero todos ellos tenían derecho a hacer lo que les saliera del nardo porque eran de los buenos. Omella, como es de los malos, no puede ni decir misa. Los nacionalistas están tan acostumbrados a que los curas les bailen el agua que cuando se topan con uno que no se presta al paripé habitual, se rebotan, que es lo que le ha pasado a Torra. Yo creo que ya tarda en tomar medidas contra los frailes de Poblet, que hace unos días tuvieron el descaro de reunirse amigablemente con Felipe VI en vez de recibirle a la entrada del monasterio con unas pancartas en las que pusiera Catalunya no té rei.

Torra se encuentra más a gusto en Montserrat, que visitó recientemente sin ningún motivo en especial. A los montserratinos se lo perdona todo: la entrada de Franco bajo palio en el monasterio años ha, los muertos del Tercio de Montserrat enterrados por ahí (y junto a los que el caudillo podría haber encontrado su descanso eterno, por cierto), su connivencia con el franquismo hasta que vieron que les salía más a cuenta empezar a tomar partido por el catalanismo… A fin de cuentas, la iglesia catalana siempre ha pensado en sí misma y en la mejor manera de mantenerse en el candelero. En su momento, a nuestros curas no les quedó más remedio que tomar partido por Franco, dada la molesta costumbre de los anarquistas de eliminarlos cual cucarachas. En los años 60, intuyendo acertadamente que el franquismo no iba a ser eterno, simularon cierto progresismo, potenciaron la catalanidad autorreprimida por la cuenta que les traía, redactaron unos cuantos sermones aperturistas y se fueron preparando para los nuevos tiempos que no iban a tardar mucho en llegar. Ya lo dijo el obispo Josep Torras i Bages y lo remachó Jordi Pujol: “Cataluña será cristiana o no será” (que suena mejor que “La iglesia impondrá siempre su presencia o lo lamentará”).

Durante los últimos años, la iglesia catalana se ha apuntado en masa al prusés, pues está en su naturaleza estar siempre con el que manda, como La Vanguardia de los condes de Godó. En ese sentido, Omella ha sido una rara avis en la que Torra, inevitablemente, se ha fijado, aunque fuese para afearle en público que no visitara a los gloriosos golpistas, como si hizo el obispo de Solsona, Xavier Novell, claro ejemplo de lo que es un buen cura catalán. Y es que Omella, para empezar, ni siquiera es de aquí. Siendo de Teruel, yo creo que bastante ha hecho aprendiendo un catalán muy correcto, pero para la gente como Torra eso no basta: aquí se viene a comprar el paquete entero.

La misa por las víctimas del coronavirus es solo una excusa para buscarle las cosquillas al señor arzobispo por su tibieza, cuando no hostilidad, con respecto a las cosas de la patria. Si la constitución de la república catalana que no existe, idiotas, ya preveía que a los jueces los nombraran los políticos (¡y al carajo con la separación de poderes!), no estaría de más añadir que éstos deberían elegir también a los altos cargos de la iglesia catalana, evitando así que un argentino exiliado en Italia nos endilgara a infames botiflers baturros como el cardenal Omella. Que alguien llame a Santi Vidal y le diga que introduzca el temita en esa constitución que redactaba en sus ratos libres: algo me dice que no tiene nada mejor que hacer.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.