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Sant Jordi se viste de amarillo

Ramón de España
5 min

Que no cunda el pánico. Ya pasó. No volverá a ocurrir hasta dentro de un año. Ya se puede volver de manera segura a las librerías, que han recuperado esa paz de cementerio que las caracteriza todos los días del año, a excepción del 23 de abril, festividad de Sant Jordi y Día del Libro, cuando las calles de Barcelona se llenan de figurantes de The walking dead con un libro en una mano y una rosa en la otra. La farsa anual --según la cual los barceloneses somos unos seres románticos que regalamos flores a nuestras parejas y amamos la literatura-- se ha vuelto a representar con la eficacia y profesionalidad habituales. Y es que, además de gregarios y obedientes --acudimos en masa a donde se nos convoca y compramos flores únicamente cuando nos obligan--, los barceloneses somos insuperables a la hora de hacer teatro. Lo demostramos cada 11 de septiembre, con la manifestación patriótica norcoreana de rigor. Y el Día del Libro, echándonos a la calle para hacer como que la literatura​ es el centro de nuestra existencia. Hasta los escritores colaboran en esa engañifa para turistas --a los que se intenta hacer creer que vivimos para el amor y la cultura--, diciendo que Sant Jordi es una fiesta preciosa y que no hay nada más bonito para un autor que cruzar unas palabras con sus queridos lectores.

Cierto es que eso suena mejor que reconocer que el Día del Libro es una muestra insuperable de hipocresía colectiva y supremacismo étnico, así como una manera de que los pobres libreros ganen algo de dinero, que falta les hace, pues el resto del año se comen los mocos que da pena verlos. El Sant Jordi de este año solo ha tenido una novedad: la rosa amarilla, en solidaridad con los políticos separatistas entre rejas. Al principio, la cosa turbó a los floristas, ya que la rosa amarilla se da poco en Cataluña y eso obligaba a importarla, con el perjuicio económico que de ello se deduce para el negociante local de floripondios. Pero enseguida se impuso el patriotismo floral, se importaron las rosas amarillas que hiciesen falta --supongo que cargando los precios convenientemente-- e incluso se insinuó que lo suyo era comprar dos rosas este año: la de siempre, roja, y la reivindicativa, amarilla. De hecho, fueron muchos los que deambularon por la Rambla con las reproducciones de una rosa roja y de una rosa amarilla en la solapa.

Barceloneses, catalanes todos, tras el Sant Jordi patriótico podéis descansar hasta que se os llame a formar para el 11 de septiembre

El teatrillo romántico-literario de cada año se tiñó así de un amarillo patriótico y perfeccionamos la performance habitual con un poco más de procesismo  ilustrado. Los libros más vendidos en catalán fueron, claro está, de corte patriótico, y uno de ellos no hacía falta ni leerlo, ya que consistía en una serie de fotos del heroico 1 de octubre: realmente, el que no compra un libro es porque no quiere. ¿Oferta del día?: una rosa amarilla y una urnita como los bidones chinos del Gran Día por el módico precio de 13 euros y medio.

Pero que no cunda el pánico. Ya pasó. No volverá a ocurrir hasta dentro de un año. Barceloneses, catalanes todos, podéis descansar hasta que se os llame a formar para el 11 de septiembre. Y, sobre todo, si necesitáis una camiseta nueva, tened presente al camarada Partal y compradla en la botiga de Vilaweb. ¡Ni se os ocurra ir a los chinos!

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.