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La jibarización del 'procés'

Guillem Bota
23.12.2019
5 min

Estamos tan entretenidos con que si Junqueras tenía inmunidad y con que si debería salir o no de la cárcel, así como con la acreditación de Puigdemont como eurodiputado, que perdemos de vista lo esencial. Y lo esencial, creo que se les debe recordar a los independentistas, es la independencia de Cataluña. Están tan entusiasmados con cualquier victoria, por pírrica que sea, que han olvidado la independencia. De hecho hace tanto tiempo --años ya-- que se obcecan con sus presos y sus exiliados, que de la independencia ni siquiera hablan. Afortunadamente estamos aquí los catalanes de a pie para recordárselo, porque esa gente tiene completamente olvidada su razón de ser.

La prueba está en la euforia de los últimos días, a cuenta del dictamen del Tribunal de Justicia europeo, que no ha hecho más que reconocer una inmunidad a Junqueras --inútil a estas alturas-- y permitir que Puigdemont y Comín se acrediten como eurodiputados. Y nada más. No es que la independencia ni siquiera la hayan tratado en el bar de la Eurocámara un par de diputados mientras toman un café, es que sigue estando tan al alcance de la mano como lo estaba hace quince años y, si me apuran, como lo estaba hace cincuenta, en pleno franquismo. O sea que yo aconsejaría calma a unos y otros, y de paso reclamaría que bajaran la euforia los unos y el cabreo los otros. Todo sigue igual entre Cataluña y España, aquí el único que ha cambiado de situación es Puigdemont, y no vamos a alterarnos a estas alturas porque un majara se siente en un escaño Europeo, así ha sido desde que se creó ese Parlamento, cuesta recordar alguna legislatura en la que Europa no tuviera un friki haciendo las delicias del resto de diputados. Y bien que se agradece, que Europa es muy fría y aburrida. Entre las aportaciones de España cabe recordar la de Ruiz-Mateos, aunque jamás asistió a un pleno vestido de Superman, como esperaba la mayoría de sus votantes, los políticos pocas veces cumplen las expectativas que han despertado entre los electores. Que grazne cuanto quiera Puigdemont desde su escaño. Ni que se tratara de Churchill redivivo.

Los árboles Junqueras y Puigdemont no nos dejan ver el bosque. Y el bosque no es otro que la derrota del procés gracias a la fuerza de la ley. Los mismos líderes catalanes admiten sin rubor que ya pasó el tiempo de declaraciones unilaterales, y que ahora se trata de trabajar para que un día --cuán largo se lo fían a sus seguidores-- haya suficiente mayoría para que España no pueda negarse. Pues vale. Es de agradecer que hayan entrado en la senda legal, aunque les haya costado unos añitos de cárcel o de huir por esos mundos de Dios. Mucha inmunidad y mucha eurocámara, pero la república catalana ni está ni se la espera. Es más: ni siquiera la contemplan quienes la querían proclamar.

El procés se ha acabado reduciendo a reclamar la libertad de unos presos, que eso y no otra cosa simbolizan los lacitos amarillos. Es una lástima de tiempo perdido porque, hasta que no se demuestre lo contrario, el mejor sistema para estar fuera de la cárcel, es no entrar en ella. Salir de la misma, es mucho más difícil. Es cierto que todo el mundo acaba saliendo, aunque en algunos casos sea con los pies por delante, pero incluso este sistema es harto más complicado --por no hablar de sus efectos secundarios-- que, sencillamente, no entrar. Quiero decir con ello que, para acabar simplemente reclamando la libertad de los políticos presos, lo mejor hubiera sido que ni siquiera entraran en la cárcel, es decir, que hubieran actuado conforme a la ley, y todo eso que se habrían --y que nos habríamos-- ahorrado. Asuman los independentistas que si de lo que se trata es de conseguir la libertad de los presos, francamente, para este viaje no hacían falta tantas alforjas.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.