Empieza el proceso, pero el de verdad

21.01.2019
Guillem Bota
5 min

A punto de empezar el procés, pero este de verdad, uno ya se había hecho a la idea de no ver ni un asomo de dignidad entre los políticos que están a punto de enfrentarse al tribunal. Ni entre ellos ni, mucho menos, entre los que huyeron miserablemente. Para lo que no estaba uno preparado era para ese sálvese quien pueda que a la que se va acercando el inicio del proceso gritan todos --salvo honrosas excepciones--, quitándose las culpas de encima e intentando que cargue otro con ellas. Yo no sabía nada señor juez, yo no tenía ni siquiera competencias sobre eso, las tenía aquél otro, yo sólo pasaba por allí, lejos de mí la intención proclamar nada y mucho menos una independencia, más lejos todavía hacer nada contrario a la ley. Supongo que escuchar cada noche el ruido de los barrotes al cerrarse e imaginar que a poco que la fortuna sea esquiva se seguirá oyendo durante bastantes años, debe instar a la reflexión, pero uno es un romántico, y añora el cuajo de estadistas --de la ideología que sea-- que ante el tribunal admitían los hechos aunque les fuera en ello el pellejo. No estaría de más un Fidel que mirara de tú a tú al tribunal y acto seguido de reconocer los delitos que se le imputan, sentenciara que la historia le absolverá. Lo malo de los líderes catalanes no es que no sean barbudos, es que ni siquiera fuman habanos, y así no se puede.

Empezaron clamando por la injusticia de su imputación, siguieron con la negación de haber incurrido en acto ilícito alguno, y han terminado acusándose entre ellos. Más vale que el tribunal tenga previsto colocar una mampara de cristal en la sala de vistas, no porque alguien tenga intención de agredirles, sino para evitar que se saquen los ojos entre sí. Comprendo que no sean políticos de una pieza, pero de ahí a parecer construidos con Lego, media un abismo.

Lo que ocurre es que esos presos no son más que el reflejo de los catalanes, una gente que vive demasiado bien para apuntarse a aventuras inciertas. Una cosa es gritar de vez en cuando y lucir lacito amarillo en la solapa, si se tercia incluso firmar manifiestos y ponerse estupendo en las redes sociales, y otra muy distinta es el sacrificio. El sacrificio es cosa seria, y siempre mejor cuanto más ajeno. No hablo de sacrificios tales como la vida propia o peor aún, la de un hijo (no se asombren, en la primera guerra mundial hubo en la prensa cartas de madres que instaban al sacrificio a los hijos por la patria, como lo oyen), ni siquiera de hipotecar la segunda o tercera residencia, hasta ahí podríamos llegar. Me refiero a heroicidades tales como resignarse a perder un día de sueldo en favor de la, ejem, república. La gran mayoría de catalanes se pondrían a silbar mirando para otro lado ante semejante petición. Que somos muy independentistas, pero gratis. A lo máximo que se ha llegado en pro de la república es a levantarse temprano para cortar alguna carretera, y siempre que no sea en fin de semana, que otros planes tenemos.

Si la justicia española se hubiera modernizado cuando tocaba, en lugar de una vista que se presume larga y tediosa como el funeral de un cartujo --con excepciones de risas aseguradas, como la del abogado que ha adelantado que su táctica será "atacar al Estado", es de suponer que ante el terror de su pobre defendido, que no esperaba más que lo que espera todo acusado: que su abogado no anteponga el lucimiento personal a la defensa-- habría organizado un GH Procés. Ahí, encerrados todos en un chalet de Colmenar Viejo, se habrían dicho a la cara lo que llevan tiempo queriéndose decir unos a otros. Que no es poco.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.

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