Artadi, la progresista

Guillem Bota
25.10.2021
5 min

Hace unos días Elsa Artadi, una señora que, al parecer, además de formar parte del núcleo duro del expresidente Puigdemont, hace como de concejal en el Ayuntamiento de Barcelona, reveló en una entrevista en Vilaweb su gran secreto: se considera “absolutamente progresista”. Pronúnciese ab-so-lu-ta-men-te, marcando todas las sílabas y poniendo la voz engolada, como sólo saben hacerlo en la parte alta de Barcelona. Es de agradecer que Elsa Artadi haya mejorado tanto su léxico que no dijera que es “tope progresista”, como a buen seguro le pedía el cuerpo.

A algunos habrá extrañado que esa señora se declare progresista, pero es que algunos están muy mal informados de la vida y milagros de Elsa Artadi, progresista donde las haya. Nada hay más progresista que estar siempre a la última. Es decir, a la última moda, y hay que reconocer que nuestra concejala no repara en gastos para poner de manifiesto ese progresismo. ¿Que Hermès saca un nuevo modelo de bolso? Ahí está Artadi, progresando lo indecible para hacerse con él. ¿Que está a la venta una chaqueta tope guay al módico precio de 1.000 euros? Artadi se la compra antes que nadie, que ir siempre por delante de los demás es la base del progresismo. En ocasiones, ese afán por adelantarse a todo el mundo requiere irse de boutiques al extranjero, especialmente a París, donde se cuece la moda. Da igual, una progresista auténtica va hasta donde haga falta, todo sea para ir siempre por delante. Nadie dijo que ser progresista fuera fácil. Ni barato, claro.

El progresismo de Elsa Artadi no se reduce a su vida privada, y eso que el ritmo que lleva en este ámbito sería más que suficiente para nombrarla “progresista del año”. También en su vertiente política demuestra progresismo siempre que tiene ocasión. Por ejemplo, ella fue de las primeras en darse cuenta de que, para progresar en su partido, lo mejor era arrimarse a la corte de Waterloo, que es donde se reparten cargos. Y, efectivamente, a la menor ocasión acude a visitar a Puigdemont, a poder ser con cámaras cerca, lo que le ha valido progresar tanto política como económicamente, es decir, se ha mostrado doblemente progresista. No es extraño que esté tan orgullosa de su progresismo que lo proclame a los cuatro vientos en cualquier entrevista, porque su trabajo le cuesta. Aunque en realidad es tiempo y dinero bien invertido, porque lo compensa con creces el ser la envidia de todas sus amigas, que por más que lo intentan no progresan tanto como Artadi, que es siempre la que llega primero a las tiendas del Paseo de Gràcia, una de las ventajas de tener las tardes libres. Qué digo tardes, si hace falta también las mañanas, si así lo demanda el progresismo y se ha enterado de que ha llegado un nuevo stock en Cartier.

-¿Has visto los nuevos zapatos de Elsa? Hay que ver cómo ha progresado la chica- comentan a sus espaldas las demás, envidiando su progresismo.

Ser progresista, en la acepción que tal palabra tiene entre las huestes de JxCat, significa progresar al precio que sea, y a ello se dedican todos los políticos de dicho partido, aunque ninguno con la fortuna de Artadi, que lleva años en ello. Me refiero a progresar individualmente, por supuesto, no vaya nadie a creer que Artadi pertenece a la estirpe de los progresistas antiguos, aquellos que --ilusos ellos-- intentaban promover el progreso de un país o de una comunidad. Eso es para otros. El progresismo de las clases altas catalanas siempre ha sido social, político y económico, pero a título individual, y no cabe duda de que Elsa Artadi es de las personas más progresistas que podemos encontrar en la historia de Cataluña.

Artículos anteriores
¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Botap

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.