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Rufián, el 'pijoaparte', tiene a España en sus manos

Josep Maria Cortés
7 min

Camisas de cuello mao y zapatillas de marca. Un día levantó su voz en el atril del Congreso: “Soy lo que ustedes llaman un charnego independentista”. Hombre, no. A estas alturas ya nadie sostiene taxonomías genéticas. Nadie, salvo el independentismo en la sombra, un campo de minas en el que hierve el resentimiento. Allí es donde aleccionaron al primer Rufián como un matón perdonavidas y donde han dado a luz su conversión en político paciente, de párpados caídos y silabeo arrastrado, en modo más quedón que callejero.

Rufián tuvo vocación de saltimbanqui. Hijo putativo de Paul Engler, el pio autor de Manual de desobediencia, un gringo de malas pulgas publicado en un sello amigo Saldonar Edicions para regocijo de Quim Torra y Laura Borràs. Antes de que llegaran los actuales vientos incendiarios de JxCat, el dirigente de ERC tuvo un buen susto con el escrache que le montaron los CDR en plena plaza pública. No se había enterado todavía de que la acción directa empieza siempre por barrer en casa, especialmente cuando el espacio público catalán ha sido abandonado. Aquel día, Rufián apretó los femorales y dejó de ser el Clint Eastwood catalán que aparentaba. Después del guirigay entendimos que había pegado sus posaderas en el hemiciclo, al estilo de los mejores culos di ferro de nuestra democracia.

Esto le honra y ahora, unas semanas después, es el encargado en la Puerta del Infierno, el portero de noche frente al rio que conduce a la laguna estigia. Él concede los pases pernocta que reparte Esquerra entre socialistas apostólicos. Es, en fin, el jefe de la delegación de ERC que se reunió el pasado jueves con el equipo de Pedro Sánchez, comandado por Adriana Lastra, y que volverá a hacerlo el próximo martes. Tiene la responsabilidad de encontrar el cauce de la legislatura, de él depende el futuro de España. Como lo oyen. Al loro, porque esta vez, con semejante ejemplar, sí que estamos francamente mal.

El líder de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián / FARRUQO
El líder de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián / FARRUQO

Los jóvenes airados del siglo XX, lejos ya de Daniel Cohn-Bendit y de Guy Debord, soñaron un día con encarnar a los personajes de Stendhal. Quisieron ser Julian Sorel (Rojo y Negro) o  Fabricio del Dongo (La cartuja de Parma). Estaban un escalón por debajo de los que jugaron a ser el Jean Valjean de Victor Hugo (Los Miserables) o el joven Andrés Hurtado de Baroja (El árbol de la ciencia). Ahora, a la troupe independentista de cuchara y navaja suiza le basta con saber que Rufián tiene un tocadiscos en su despacho del Congreso y escucha vinilos de Led Zeppelin. Como portavoz adjunto de ERC, mantiene aquello tan sobado de “todo lo que sé de política lo he aprendido en El Padrino”. Pobre infeliz, navegar en la gloria de Francis Ford Coppola cuando no sabe lo que daría por un cameo cortito de Tarantino.

Resulta sobrecogedor ver a este buen vecino de Santa Coloma de Gramenet (Barcelona) en talle Lerroux lanzando sapos o saludando con displicencia. Blue jeans, zapatos camel, barbilla al viento y mejilla ardiente, pero sin el clásico bocata de tortilla de don Alejandro, aquel jefe liberal de la II República. Claro que, en el proscenio de la política, ya no se hace teatro. La cosa va ahora de imagen en tiempo real.

Rufián elige los eslóganes que se pueden mover por Twitter y pone cara de malote bueno. Especialista en copys publicitarios, quienes más le temen son los amantes de la síntesis, al estilo Lluís Bassat, que hicieron millones equidistando entre el deseo y el detritus. Rufián come, duerme y cohabita en el milímetro cuadrado que hay entre el éxito rutilante y el fracaso atronador. En redes, rompe y rasga. Es el mejor algoritmo de Facebook y ha sabido pillar al vuelo la dicotomía nacional, hablando de gángsters procesados del PP en la Carrera de San Jerónimo frente a jugadores de Candy Crush dormitando en el Parlament.

Alcanzó a ERC desde Súmate, un colectivo  de mayoría hispanohablante. Y entendió su origen y destino metido en la harina del Baix Llobregat, el humus del cambio sociológico que nunca advirtió el apoltronado PSC pero que un día pronosticó el mítico PSUC del joven Joan Tardà y del inolvidable Francesc Vicenç. Sí, el partido de Junqueras y Carod-Rovira entendió muy bien el salto cualitativo de una sociedad tan plural como la catalana, pero eso no le da ningún derecho a tirar al país por la borda en nombre de una república paranoica.

Lo que ahora nos espera es otra buena dosis de Rufián, un falso Pijoaparte porque ya hace más de medio siglo de Ultimas tardes y porque el niño formado en el Colegio de Santa Coloma, con estudios superiores y empleo en una ETT tenía muchos ascensores sociales a su alcance antes de tomar el atajo de la política. No fue un muletilla de “más cornadas da el hambre” ni tiene el ringorrango del hombre hecho a sí mismo. Era un buen estudiante y listo como el hambre, pero sin el hambre. Alguien de Esquerra le señaló desde el comienzo y en 2015 ya era candidato al Congreso por la lista de los republicanos. Fue tertuliano antes que fraile y ha confesado que quiso “ser corresponsal --¿se me nota en la cintura no?-- como Arturo Pérez-Reverte”. Ahora, no se lo pierdan, él decide por nosotros. A trompicones, claro. ¿No me digan que no es para matarse?

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¿Quién es... Josep Maria Cortés?
Josep Maria Cortés

Periodista de economía, realizó una parte importante de su carrera en El País y en los últimos años ha colaborado con La Vanguardia, Catalunya Ràdio y ED. Antes, desempeñó el cargo de director en Barcelona de la consultora multinacional de la comunicación Porter Novelli. Fue durante cinco años analista semanal en el programa Bon dia, Catalunya de TV3. Inició su carrera profesional en El Noticiero Universal y en El Correo Catalán, perteneció a la plantilla fundacional de TV3 y fue el primer corresponsal en Barcelona del diario financiero Expansión. Ha publicado, como autor y coautor, varios libros de investigación periodística, entre ellos, Memoria de Catalunya, del regreso de Tarradellas al pacto Pujol-Aznar (Taurus) o Los yuppies de Pujol llegan a la cima (ED).