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El economista José Luis Oller Ariño, en su despacho, durante la entrevista con 'Crónica Global' / CG

Oller Ariño: "Cataluña hace tiempo que no tiene clase dirigente"

Exmiembro de diversas juntas del Círculo de Economía, el exdirector de la Bolsa de Barcelona señala que la clase empresarial ha quedado "abducida por el independentismo"

28 min

José Luis Oller Ariño (Barcelona, 1946) se declara “un estudiante” que se interesa por todo. Su conversación es fluida, amena, pero ello no va en detrimento de frases contundentes y claras. Oller Ariño lleva más de 40 años de socio del Círculo de Economía. Ha sido miembro de varias juntas directivas del lobby empresarial por espacio de doce años. Es Doctor en Ciencias Económicas, fue director general de Economía de la Generalitat, director general de la Bolsa de Barcelona, entre otras responsabilidades y exconsejero de ICF Holding y consejero de una gestora de fondos de inversión. Oller Ariño considera en esta entrevista con Crónica Global que el mundo económico catalán ha abrazado, en buena parte, el proceso separatista y señala que “Cataluña hace tiempo que no tiene clase dirigente”. E insiste en que no habla en nombre de nadie, pero tiene toda la experiencia de haber conocido el mundo económico catalán en primera persona.

--Pregunta: Usted ha sido un miembro histórico de las juntas del Círculo de Economía. Y ha seguido sus pasos. Y forma parte del consejo de honor de la Fundación del Círculo. ¿Cómo cree que ha actuado el mundo económico respecto al proceso independentista, y, en particular el propio Círculo?

--Respuesta: Para mí ha sido inexplicable que una parte significativa de ese mundo económico haya apoyado ese movimiento, que se haya apuntado a la defensa de la idea separatista. No me lo explico. A no ser que se trate de intereses, y que, pensando mal, esa parte del empresariado haya considerado que podría lograr una mejor posición individual con todo el poder más cerca. Que, desde el punto de vista egoísta, haya interpretado que podría pagar menos impuestos, por ejemplo. Es muy difícil de entender, porque un empresario siempre piensa en el futuro, y planifica en función de estimaciones lo mas sólidas que pueda. Y ese proyecto independentista no ha tenido ni tiene ningún contenido, proyección y escenarios previstos. Que se sepa. Por eso digo que me parece inexplicable. En el caso del Círculo de Economía, además, como en otros organismos económicos, lo que ocurre es que una parte de sus asociados son separatistas.

--Una parte del independentismo considera que todo se debe a un fracaso de las élites catalanas. Que, al no ser capaces de defender, según ellos, cuestiones como el traspaso del aeropuerto de Barcelona, se fue alimentando un clima que dio pie al proceso independentista. Las críticas se centran en el propio Círculo de Economía. ¿Considera que hay algo cierto en ello?

--Creo que lo primero que se debe decir es que esa élite es muy diversa. Mi percepción es que no ha ido nunca en contra del separatismo. Es cierto que no lo ha apoyado, pero tampoco lo ha rechazado. El Círculo ha contemporizado con ese proceso. En las jornadas económicas de Sitges, se ofrecieron tribunas a Carles Puigdemont y a Oriol Junqueras dos años consecutivos. Yo dije, y así me pronuncié a través de una carta al presidente Juan José Brugera, que los dos dirigentes tenían una legitimidad de origen, pero no una legitimidad de ejercicio, por sus acciones separatistas desde el Govern de la Generalitat, y que me parecía mal que utilizaran esa tribuna para hacer propaganda, que es lo que hicieron. El problema, en el caso del Círculo o de otros organismos económicos, como Foment del Treball, es que tienen muchos socios apuntados al carro del separatismo. Cuando eso sucede, el trabajo que se debe hacer es mucho más difícil. Ahora el Círculo tiene una nueva Junta, que preside Javier Faus, y veremos qué pasos puede dar para tender puentes. En cualquier caso, es cierto que se han producido algunos cambios, dentro de ese mismo mundo separatista Y que actores importantes, como Francesc-Marc Álvaro en su último libro, han reconocido errores serios del procés. Eso es importante. Debería cundir el ejemplo entre los actores políticos.

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Oller Ariño, en su despacho, durante la entrevista con 'Crónica Global' / CG

--¿El problema se desencadena tras la entrevista entre Mariano Rajoy y Artur Mas, tras la Diada de 2012?

--Lo que hizo Artur Mas en ese momento me parece determinante. Y por eso creo que ha sido el principal responsable de que se haya llegado a la actual situación. Tras esa entrevista, Mas pronunció un discurso que yo escuché con atención, y me quedé atónito. Porque lo que exponía era un intento de socavar el Estado, cuando él era el representante de ese Estado en Cataluña. Mi gran sorpresa fue que apenas hubo reacciones. Se entendió que no se debía reaccionar. Ello me llevó a preguntar a personas relevantes en Madrid el porqué de esa pasividad por parte del Gobierno. Y la respuesta fue que no se podía actuar si no había acciones concretas. Considero que no es lo mismo una manifestación verbal de una autoridad que la de una persona de a pie. Una manifestación verbal de una alta autoridad produce hechos y conductas y se debería haber reaccionado a ella. Pero no se hizo.

--En todo caso, hubo algunas advertencias, las de propio Mariano Rajoy al mundo económico, cuando pidió a los directivos del Círculo de Economía que no fueran equidistantes. Les dijo que no podían serlo en esa coyuntura política.

--Mariano Rajoy fue muy criticado por ello. Sin embargo, el presidente del Gobierno en aquel momento (mayo de 2017) no tuvo en cuenta que se dirigía a una entidad que contaba con bastantes miembros independentistas. Rajoy debería haber actuado antes, y no proyectar sobre los demás sus propias carencias. Debía haber alentado la movilización de una parte de los catalanes que no eran independentistas. Una parte de catalanes que se sintieron abandonados, y que sólo se sintieron reconfortados por el discurso del Rey, cuando el jefe del Estado aludió a ellos y les prometió que no se quedarían solos. El Rey señaló en ese momento que había una autoridad en Cataluña que se había olvidado de ellos, en alusión al Gobierno de la Generalitat. Una autoridad, como hemos señalado antes, que había tenido la desvergüenza de intentar socavar el Estado desde dentro. Y se debe decir de nuevo y muy claro que sólo se puede modificar desde dentro un Estado si se hace desde el Parlamento y siempre que se sigan los caminos que establece la Constitución. Porque al Parlamento catalán no le corresponde decidir sobre el perímetro de la polis, como pretenden los separatistas.

--¿Cree que el gran problema es que en Cataluña se ha confundido todo, que se ha difuminado lo que significa una democracia, cuando se alude a la soberanía del Parlamento catalán o a que el presidente de la Generalitat es el presidente de Cataluña?

--Sí, lo creo. Lo que ha ocurrido es que se ha identificado a la clientela propia, a la separatista, con la totalidad del país. Sin embargo, se debe recordar que el separatismo no tiene esa mayoría que se arroga. No tiene en cuenta que la posición mayoritaria no es la independentista. Son dirigentes que no han dudado en saltarse las leyes, con trampas gravísimas como fueron las del seis y siete de septiembre y el referéndum del 1 de octubre de 2017. Redefinen sin ningún pudor la democracia para ajustarla a sus fines. Y lo mismo ocurre con el referéndum que proponen. Se oculta el debate sobre qué tipo de Estado y de democracia tienen en mente y, sobre todo, cómo pretenden llegar a una Constitución consensuada en una sociedad dividida en dos opciones del todo antagónicas. En cualquier caso, un referéndum de esta trascendencia política mayor debería producirse sólo tras un acuerdo en el que se establecieran los términos generales de una eventual separación. ¿Cómo se garantizaría la igualdad de derechos de los ciudadanos no separatistas? ¿Con qué criterios habría que separar deudas públicas y activos patrimoniales? ¿Los ciudadanos serían llamados a ratificar o no, lo acordado? Lo demás es demagogia, insoportable frivolidad, oportunismo e irresponsabilidad.

--¿Entonces se debería pactar con el Gobierno, como ocurrió en el Reino Unido con Escocia?

--No pactar sería un acto de fuerza inaceptable en el seno de la Unión Europea. Una independencia inviable porque carecería de reconocimiento en el mundo. Otra de las falsedades que han hecho circular, una más.

--¿Qué parte de verdad hay en los argumentos de carácter económico que defiende el independentismo?

--Creo que la mejor respuesta a esa consideración la dio Josep Borrell, con datos y números que no difieren mucho a los de otros colegas economistas. Como la mayoría de territorios con características similares, en Cataluña se paga más de lo que se recibe, porque se dispone de una mayor renta. El argumento económico ya no creo que sea el central en el movimiento independentista. El más importante es el argumento emocional, la ilusión colectiva que ha generado. La cuestión económica ha derivado en instrumental, para poder apoyar una dinámica con un componente emocional muy grande. Pero, siguiendo ese razonamiento económico, también se podría ofrecer algunos contraargumentos. Y es que España ha soportado aranceles de carácter proteccionista durante décadas y décadas en su historia reciente. Los españoles se tragaron esos aranceles, que beneficiaron a los empresarios catalanes, que podían vender productos en un mercado español cautivo.

--¿Entonces, ¿qué ha pasado a su juicio?

--Ha habido un proceso en los últimos años que ha incrementado, es cierto, el apoyo al independentismo. Era una posición que se movía entre el 18% y el 20% de la población catalana. Pero debemos recordar todo lo que ha pasado, como la gran crisis económica. En esa coyuntura, mucha gente creyó que se podía dar un golpe al Estado, que se encontraba en una posición débil, y que podía tener éxito. Que las ilusiones creadas se podían hacer efectivas. Y pensando en ello no puedo evitar ver una semejanza con la época en la que todo el mundo a mi alrededor se consideraba marxista. Era la religión que había adoptado mucha gente, la que quería sentirse moralmente superior. Se comulgaba con una fe. Y la fe ciega.

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Oller Ariño, en la entrevista con 'Crónica Global' / CG

--¿Considera que ha habido un error de partida, que mucha gente apostó por el autogobierno en 1980 sin pensar que se podía derivar hacia la actual situación? ¿Personas que se pueden considerar traicionadas?

--Yo soy el primero. Fui director general con la Generalitat provisional del presidente Josep Tarradellas. Recibí los primeros 200 millones de pesetas del Estado para la Generalitat. Y se puede decir que puse los muebles de algunos de los departamentos de la Generalitat. Me movía la convicción de que la solución al conflicto político entre Cataluña y España era el reparto del poder, que es lo que es la autonomía. Tiene una enorme ventaja: admite muchas formulaciones y pueden renegociarse, como ha ocurrido una y otra vez. Era la vía del estado autonómico, que admite el diálogo político. Por el contrario, el independentismo lo que ofrece es una opción binaria. Y esas decisiones binarias no admiten negociación, ni componenda. Es sí o no, y acaban, de forma invariable, en conflictos violentos.

--Pero, con el actual proceso independentista, ¿se podría decir que ese estado autonómico ha fallado?

--Si se entra en un análisis sobre por qué el estado autonómico no ha cumplido con las expectativas que pudo generar, yo, que estuve desde el primer momento, debo decir que todo comenzó con una gran desconfianza, por ambas partes. Y eso dio lugar a precauciones que se han demostrado letales. Yo estaba muy alarmado, cuando se negociaba el Estatut en un proceso en el que participé aportando documentos y reflexiones en las distintas reuniones que se mantuvieron, con una coletilla que se introdujo: “sin perjuicio de la legislación básica”. Provocó una enorme irritación en los políticos que han tenido que administrar el poder autonómico. Jordi Pujol lo denuncia de una forma clara en el tercer volumen de sus memorias.

--¿Con eso se podían menoscabar competencias?

--Era una del Estado. Significaba que se introducía un elemento que constituía un problema político grave. Tuve la oportunidad de decírselo a Fernando Abril Martorell --vicepresidente del Gobierno con la UCD-- en una cena restringida en la que participé. Le expuse mi inquietud por esa cuestión. Y me contestó literalmente que no me preocupara. La legislación básica “será lo que yo diga”. Y eso quería decir el Estado. Él era el vicepresidente del Gobierno y me dejó claro que el Estado no quedaría en manos de los gobiernos nacionalistas.

--¿Y en el otro lado se produjo la misma desconfianza?

--Lo mismo. Cuando se discutía sobre la estructura impositiva, la actitud de Convergència y de otros partidos --en contra de la opinión de los analistas-- era la de no asumir esa carga. Yo había escrito en la revista Hacienda Pública de España que debía existir una simetría entre los gastos y los ingresos, por parte de las autonomías. En un federalismo fiscal se considera que esa relación debe ser simétrica. Pero fue lo contrario a lo que se estableció. La apuesta fue la de disponer del gasto, mientras que el Estado se encargaba de recaudar. Eso es muy importante, porque tiene consecuencias: con el gasto se pueden comprar votos, pero esos votos se pierden si te responsabilizas de los ingresos. Lo que ocurrió fue una invitación al despilfarro y al conflicto político. Por tanto, no considero que haya sido sorprendente lo que ha ocurrido, porque desde el primer momento la autonomía, una vez diseñada, fue utilizada por los partidos para colocar a su gente, en contra del bien común. Convergència hizo exactamente eso, con una invasión de la administración. Y eso ha sido crucial. Lo señala de forma brillante el jurista Santiago Muñoz Machado en sus ensayos, lo que ha dejado de funcionar para las autonomías.

-¿Y qué caminos se podrían transitar ahora?

--Buscar ahora soluciones es muy complicado. Considero que la burbuja independentista creció muy rápido, pero no creo que se pinche con la misma celeridad. Hay grandes armas en manos de los independentistas, como los medios de comunicación. TV3 tiene una gran potencia, porque cohesiona a esa comunidad independentista. Hay estudios muy claros que señalan que la mayoría de la población que se informa a través de TV3 es independentista. Y quien no lo es, apenas la ve. Se trata de una cuestión, como apuntábamos antes, de carácter emocional. Pese a todo, es verdad que hay un problema pendiente, que se produjo con la sentencia del Estatut, por parte del Tribunal Constitucional en 2010. Al mismo tiempo, hay que ser riguroso y se debe leer aquella sentencia. Y es que, a mi juicio, el Constitucional no podía hacer otra cosa que oponerse a algunos artículos del Estatut, como todos los relacionados con la justicia. No podía dar luz verde a que el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC) fuera la última instancia en Cataluña. No podía por una razón, y es que los catalanes, por el hecho de ser españoles, tienen todo el derecho a recurrir hasta el último tribunal español.

--¿Entonces qué solución queda?

--Me temo que la tensión acumulada no bajará de una forma rápida. Y no lo hará porque en el otro lado, respecto a las instituciones y al Gobierno español, no se hace ni se propone nada. Se han cometido muchos errores, y no se ha creado un relato que destaque, que explique, por qué esto de ser español no está tan mal. Y es que no nos puede gustar tampoco mucho lo que escuchamos en Madrid. El mensaje que se difunde es que se debe defender la ley. De acuerdo, pero la ley también se puede reformar, y hay muchas reformas pendientes: desde las pensiones hasta la ley electoral. Se debería poner en marcha diversas reformas, pero nadie hace nada.

--¿Y reformas respecto al reparto del poder?

--Creo que en ese campo lo más importante sería clarificar bien las competencias, las del Estado y las de las autonomías. Otra cuestión para mí no menos importante es la participación de las comunidades autónomas en los asuntos europeos. Es un asunto que está totalmente descuidado, cuando sería, además, una buena fórmula para dar salida a esas ambiciones de algunas comunidades. Quien lo ha señalado con precisión ha sido Joaquín Almunia, que conoce a la perfección cómo se actúa en Bruselas.

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El economista José Luis Oller Ariño, en la entrevista con 'Crónica Global' / CG

--Lo que usted propone, ¿sería tomarse en serio el estado autonómico?

--Si, se debería abordar la participación de las comunidades en los asuntos europeos, y la cuestión de la financiación autonómica. Otra reforma pendiente, y, especialmente en Cataluña, es la ley electoral, donde un voto en Lleida, Girona o Tarragona vale más que en Barcelona.

--¿Entiende que el Gobierno del Estado deba constituirse a partir de la abstención de ERC, como busca el PSOE?

--Lo primero que considero es que no somos alemanes, no somos capaces de gobernar con una gran coalición. Aquí parece imposible que el centro-derecha y el centro-izquierda se puedan unir. Y no sé de quién es la culpa, pero realmente no hay ganas por parte de nadie. Hay muchas cosas pendientes que precisan de esos consensos amplios. Lo que ha sido un drama es dejar de lado la posibilidad de un Gobierno con 180 diputados, entre el PSOE y Ciudadanos, una posibilidad que se dio tras las elecciones del 28 de abril. La responsabilidad de Albert Rivera es dramática, con un coste para el conjunto de España que está todavía por calcular. Lo que tenemos ahora es un centro-izquierda que se inclina por un acuerdo con los comunistas, porque a Unidas Podemos no se puede llamar de otra forma. Son doctrinarios. Me parece que es una pésima solución. Si, además, se presenta otro coste, que sería la abstención de Esquerra Republicana, y que comportaría, a medio plazo, que gobierne ERC en Cataluña con la ayuda del PSC del señor Miquel Iceta, entonces estamos crucificados. Difícilmente tendremos un peor escenario.

--¿Cree que la burguesía catalana, en realidad, con todo lo que ha sucedido en Cataluña en los últimos años, ha puesto un pie en cada lado?

--Lo que ha ocurrido no tendrá una solución fácil. Lo hemos apuntado antes. El problema para todos esos organismos de representación económica es grande. Lo vemos, por ejemplo, con el presidente de Foment, Josep Sánchez Llibre. En el seno de Foment hay muchos independentistas. En realidad, tenemos una clase empresarial abducida por el independentismo. Pero es que, además, Cataluña hace tiempo que no tiene clase dirigente. Hay excepciones, pero no se puede hablar de clase dirigente.

--¿Y en Madrid?

--En Madrid debemos analizar cada sector. En el bancario, el grupo Santander es muy importante, pero tiene intereses en medio mundo. No sé si la señora Botín está por proyectar un mensaje político en España. El BBVA pasa por momentos complicados. Y La Caixa comparte con el resto del sector bancario sus dificultades, que son muy grandes, porque parece que el BCE es enemigo de los bancos, con su política de tipos de interés bajos. Y el Ibex, a pesar de todo lo que se dice, es un índice. Hay sectores, como el bancario, o el eléctrico. Pero el poder es menor al que tenían antes. No hay clubs de empresarios, y, en general, el nivel es bajo. Los círculos de economía, hasta siete, entre ellos el Círculo de Economía catalán, elaboraron hace unos años un documento sobre las reformas necesarias para profundizar la democracia española. Pero no se concretó nada sobre cómo ponerlas en práctica. En realidad, hay una actitud inoperante en el sector económico.

--Pero, ¿Sánchez Llibre no ha dado un golpe en la mesa con su crítica contundente al presidente Quim Torra, y puede suponer un punto de inflexión?

--Me alegró que Sánchez Llibre dijera que Torra no puede apoyar la violencia. No le quiero quitar ningún mérito al señor Sánchez Llibre, pero es que sobre eso no cabe discusión. Faltaría más. Hemos aguantado semanas con disturbios en las calles. Y lo que se debe decir, con claridad, es que si alguien quiere cambiar algo tan importante como unas fronteras, se encontrará siempre con afectados que defenderán sus posiciones con todos sus medios. Y repito: con todos sus medios. Y ahí, en ese momento, es cuando comienza la violencia. Eso es lo que deben saber los responsables políticos. Y me parece que no son conscientes del daño que pueden hacer. Estoy muy decepcionado de vivir en un país con dos millones de personas que votan esas opciones independentistas, porque creía que vivía en un país razonablemente ilustrado.