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El historiador Jordi Canal, en su despacho / CG

Jordi Canal: "Decir que los independentistas han cambiado desde 2017 es no entender nada"

El autor de '25 de julio de 1992' señala que los nacionalistas dejaron herida de muerte en los años noventa a una Cataluña posible que salía de los Juegos Olímpicos

19 min

Jordi Canal (Olot, 1964), profesor investigador en la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS) de París tiene claro lo que ha sucedido en Cataluña desde la recuperación de la democracia. Al frente de una colección editada por Taurus, Canal ha coordinado diferentes obras sobre los días históricos en España, en los últimos cien años, abordando desde la crisis de 1898  al 23F de 1981. Pero él ha querido trabajar un día y un año muy concreto: el 25 de julio de 1992. Ese es el título del libro, con un subtítulo más clarificador todavía: La vuelta al mundo de España. Los Juegos Olímpicos del 92 supusieron para Jordi Canal un hito, que para España significaron un gran escaparate ante el mundo, pero para Barcelona fueron determinantes. Sin embargo, a su juicio, las trabas de los nacionalistas impidieron que aquella “España posible” que se dibujaba tuviera continuidad. Y señala que a partir de los años noventa el nacionalismo catalán “hiere de muerte” aquel proyecto modernizador, que se “remata” con el proceso independentista. Por ello, su juicio de valor ahora es concluyente: "Decir que los independentistas han cambiado desde 2017 es no entender nada".

--Pregunta: ¿Se podría decir que ese día, el 25 de julio de 1992, España entra en la modernidad que había soñado desde los últimos años del franquismo? ¿Es la cumbre de una serie de esfuerzos dirigidos a llevar a España a la primera línea de los países europeos?

--Respuesta: La inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona, el 25 de julio de 1992, fue una buena síntesis de una sociedad y un país nuevos, reconformados desde la Transición, que reclamaban otra mirada desde el exterior, alejada de tópicos gastados, al tiempo que pedían un lugar más adecuado y activo en el concierto de las naciones. Como no podía ser de otra manera, algunas cuestiones candentes persistían, pero el producto global entusiasmaba. La jornada de la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos en Barcelona representó, en mi opinión, la vuelta al mundo de España tras casi un siglo de ausencia. Los Juegos de Barcelona’92 mostraron a cientos de millones de personas en todos los rincones del planeta --la televisión fue una de las claves del evento-- a una España, una Cataluña y una Barcelona admirables. Los JJOO estuvieron coronados por el éxito. Como afirmara en la ceremonia de clausura el presidente del COI, Juan Antonio Samaranch, fueron “los mejores Juegos de la historia”. Para los barceloneses, los catalanes y los españoles constituyeron una inyección de autoestima y de normalidad.

--¿Qué supusieron?

--Entre las tareas principales que debieron abordar los Gobiernos españoles de la Transición y de la democracia consolidada, en el último cuarto del siglo XX, la salida del aislamiento y la reintegración a Europa y al mundo fue decisiva. No era disociable, evidentemente, de la democracia, la modernización, la estabilidad y la libertad. La bien lograda incorporación, en la década de los ochenta, a la OTAN y a la Comunidad Europea iba a marcar una tendencia de profunda transformación. Los años 1991 y, sobre todo, 1992 sobresalen como el punto álgido del cambio de posición y de imagen de España en el exterior. Madrid acogió, entre finales de octubre y principios de noviembre de 1991, la Conferencia de Paz sobre el Próximo Oriente, que reforzó el prestigio internacional del país. En 1992 coincidieron los Juegos Olímpicos de Barcelona, la Exposición Universal de Sevilla, la II Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno y la Capitalidad cultural de Europa en la ciudad de Madrid. España se presentó abiertamente como una nación y una sociedad democráticas, modernas, económicamente sólidas, avanzadas, creativas y capaces de emprender y de intervenir en los problemas universales. Fue un gran momento.

El rey Felipe VI, entonces Príncipe de Asturias, abanderado del equipo español en los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992 / CG
El rey Felipe VI, entonces Príncipe de Asturias, abanderado del equipo español en los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992 / CG

--En el libro se habla de una serie de actores principales. Al margen de todas las críticas posteriores, ¿es el Rey Juan Carlos I el principal valedor del éxito olímpico?

--En una sociedad tan presentista como la actual existe la tendencia de pensar el pasado en función del presente. Y eso impide entender las cosas en su momento. Criticar a Juan Carlos I por los escándalos y corrupciones del siglo XXI debería, sin embargo, ser compatible con destacar su papel fundamental en el siglo XX en la democratización, normalización y proyección de España tras la dictadura franquista. En el caso de los Juegos, cuando Narcís Serra y Juan Antonio Samaranch empiezan a trabajar en la idea de unos Juegos en Barcelona, ni la UCD y el Gobierno Calvo-Sotelo ni una parte del PSOE ni el Comité Olímpico Español quieren apoyarles. La situación solamente se desbloquea cuando el rey muestra su apoyo incondicional al proyecto olímpico. Y desde entonces el compromiso de don Juan Carlos, de la familia real y de la Corona con los Juegos de Barcelona es decisivo. Ello culmina con la presencia continuada en las dos semanas de los Juegos del rey y otros miembros de la familia real, asistiendo a las pruebas y animando a atletas y equipos españoles. Debe recordarse que en las grandes exposiciones de 1888 y 1929 en Barcelona, ya la regente María Cristina de Áustria y el rey Alfonso XIII tuvieron, respectivamente, un papel fundamental. 

LIBRO CANAL  9788430622757
Portada del libro de Jordi Canal

--¿Qué hay de mito y de realidad en la colaboración institucional entre el Gobierno, el jefe del Estado, la alcaldía de Barcelona, el mundo empresarial, el COI y la Generalitat?

--La colaboración existió, ciertamente, aunque hubo tensiones y enfrentamientos lógicos. Pero los acuerdos y la voluntad de colaborar se impusieron. La menos colaborativa fue, sin duda, la Generalitat. Aportó poco dinero y puso palos en las ruedas siempre que tuvo ocasión. Pujol y los nacionalistas mantuvieron entonces una doble actitud: de cara al público aseguraban su fiel colaboración, mientras que por debajo intentaban poner trabas o bien lanzaban a sus cachorros a boicotear actos. Mientras Pujol declaraba su compromiso con los Juegos Olímpicos, en el despacho de al lado su fiel Prenafeta regaba con millones a los protestatarios, de la Juventud Nacionalista a la Crida, e incluso inventaba sus lemas, como el famoso Freedom for Catalonia, acompañado de su hijo y del mayor de los Pujol. A nivel económico, los Juegos y todo lo que se hizo alrededor lo pagó mayoritariamente el Gobierno de España.

--¿Se puede decir que la Generalitat de Jordi Pujol estuvo ausente hasta el último momento?

Yo no hablaría de ausencia, sino más bien de desconfianza y doblez. Pujol no pudo esconder del todo su activismo, al margen de la institucionalidad. Veía dos o tres peligros en los Juegos. En primer lugar, recelaba de un éxito y protagonismo del alcalde de Barcelona, que lo fortaleciera como futuro rival político en la Generalitat en el futuro, como así fue. En segundo, no lideraba el proyecto y muchas cosas no podían ser controladas. Y, finalmente, veía en los Juegos un posible instrumento de españolización, en un momento en el que se estaba llevando a cabo desde la escuela y los medios de comunicación un proceso intensivo y exitoso de nacionalización catalana. Estuvo en todos los actos importantes, aunque se nota en las fotos de la época que era el único dirigente político que no era del todo feliz con lo que iba ocurriendo.

--El independentismo sigue recordando que se aprovechó la circunstancia para arremeter contra activistas independentistas acusados falsamente de terroristas. Se ha creado un mito sobre ello, a partir de una operación judicial que protagonizó el juez Garzón. ¿Cómo se puede valorar ahora?

--Coincidiendo con las acciones terroristas del 29 de junio de 1992 en Barcelona y Banyoles, algo menos de un mes antes de la inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona, se inició la mal llamada “operación Garzón” --Baltasar Garzón no fue, en esta ocasión, el único juez que actuó-- con el arresto, en distintos puntos de la geografía catalana, de independentistas acusados de pertenecer o haber pertenecido a Terra Lliure. La operación había empezado bastantes meses antes y la Guardia Civil llevaba casi dos años de investigaciones, incluyendo la infiltración de un topo. El anuncio de abandono de las armas de la banda, en 1991, no detuvo las pesquisas. Los detenidos entre finales de junio y mediados del mes siguiente superaban las cuatro decenas. El macrojuicio contra 25 de los independentistas tuvo lugar en 1995, con un total de 18 condenados. Algunos se habían acogido, con anterioridad, a la fórmula jurídica de arrepentimiento y reinserción. El independentismo hizo circular una versión complotista, que se mantiene hasta hoy mismo, según la cual todo había sido decidido en una reunión ultrasecreta en la localidad alemana de Baden Baden --las fechas oscilan entre 1989 y 1991-- a la que asistieron el rey Juan Carlos I, el presidente del Gobierno de España Felipe González, el ministro de Defensa Narcís Serra, el ministro de Interior José Luis Corcuera, el presidente de la Generalitat Jordi Pujol y el alcalde de la ciudad condal Pasqual Maragall. Los dos brazos ejecutores de tamaño contubernio habrían sido el juez Baltasar Garzón y el director general de la Guardia Civil, Luis Roldán. Las cosas son mucho más simples. La existencia del independentismo violento y de Terra Lliure –aunque en proceso de disolución-- era un hecho en 1992 y lo eran también sus contactos con ETA. Las amenazas contra los Juegos existieron realmente, tanto desde Terra Lliure como de ETA. Preocupaba mucho la seguridad de los Juegos de Barcelona 92. De ahí esta operación importante contra el terrorismo. No todo se hizo bien, ni mucho menos, pero se evitaron males mayores

--Y ese mismo independentismo quiso boicotear los Juegos, con la participación de los propios hijos de Jordi Pujol. ¿Fue una deslealtad que no se quiso apreciar en aquel momento y que nos ha llevado a lo que se ha vivido desde 2012 en Cataluña?

--Fue una deslealtad del independentismo y también de buena parte del nacionalismo catalán que todavía no se consideraba separatista. Ahí estaban en primer línea personas que más adelante tendrían un papel importante en el procés: Madí, Forn, Jordi Pujol júnior, Pep Guardiola, Jordi Sànchez y tantos otros. Fue, en cualquier caso, una deslealtad más del nacionalismo en una larga lista, que va de la Transición a hoy. Lo ocurrido en 1992 y la actitud independentista se olvidaron de manera demasiado rápida, con la ayuda de CiU que los socialistas necesitaron en 1993 para gobernar, y los populares en 1996. Es evidente que para entender el procés hay que mirar a ese pasado. Los pujolistas nacionalizaron Cataluña en los ochenta y en los noventa con tranquilidad y profundidad. Sin eso lo ocurrido en la segunda década del siglo XXI resulta totalmente incomprensible.

El Estadio Olímpico catalán durante los Juegos Olímpicos de 1992 en Barcelona / LA RAMBLA
El Estadio Olímpico catalán durante los Juegos Olímpicos de 1992 en Barcelona / LA RAMBLA

--¿Era necesario organizar también aquel año la Exposición Universal en Sevilla? ¿Podía España con todos esos eventos?

--España pudo con todos estos eventos. Salió todo bastante o muy bien. Era difícil no aprovechar una posibilidad que quizá no vuelva a ocurrir nunca más. La Expo era asimismo fundamental en la política exterior española de cara a América Latina. Y los beneficios concretos, a nivel de modernización urbanística y servicios, tanto para Sevilla como para Barcelona, fueron enormes. Mereció la pena el esfuerzo.

--Ese esfuerzo colectivo, que genera ilusión, que logra una complicidad social, política y empresarial, ¿Por qué cree que se malogra al poco tiempo? ¿Qué se pudo haber hecho y no se hizo?

--Se malogra por distintas razones. En Barcelona, ya que el modelo Barcelona muere de éxito en el siglo XXI, convirtiéndose en una ciudad que atrae a más turismo de borrachera que a grandes inversores. En Cataluña, ya que los Juegos del 92 son el último gran momento de otra Cataluña posible, más abierta a España y al mundo, más mestiza y bilingüe, más plural y menos ensimismada, más cosmopolita y menos aldeana. A esa Cataluña posible la hieren de muerte los nacionalistas en los noventa y principios de siglo y la rematan sin piedad los procesistas. Por último, en España, tras 1992 llega la recesión de 1993, la pelea entre la izquierda que abandona el poder y la derecha que se hace con él en 1996 es de una gran dureza y, asimismo, después de los Gobiernos de Felipe González y de Aznar se entra en una etapa de mediocridad política, falta de proyectos y exceso de confianza. La crisis de 2008 acaba de llevárselo todo por delante. Me parece de todas maneras, que colectivamente no hemos sabido hacer buena pedagogía de los grandes éxitos del último cuarto del siglo XX, desde la Transición y la Constitución hasta los Juegos Olímpicos, la estabilidad del régimen monárquico, la entrada en la moneda única o la derrota del terrorismo. Es una gran asignatura pendiente.

--Dicho de otra manera, ¿Podría hoy España organizar un evento de esas características con un apoyo similar, en todos los órdenes?

--Me parece que no. Era otro momento. Eran otras Barcelona, Cataluña y España.

--¿Se podrá volver a confiar en algún momento en la Generalitat, por parte del Gobierno central y de las instituciones del Estado?

--Me parece difícil, si no cambian mucho las cosas, que el Gobierno y las instituciones del Estado puedan confiar en la Generalitat. Nuestros gobernantes independentistas han demostrado, por activa y por pasiva, que no son de fiar. Nunca las deslealtades habían llegado tan lejos. Decir que han cambiado desde 2017 es no entender nada. Lo volverían a hacer, como dicen ellos. Son los mismos y han cambiado más bien poco. Desgraciadamente, no solamente el Gobierno y las instituciones del Estado no pueden confiar en la Generalitat --excepto con una mirada estrictamente centrada en la necesidad parlamentaria--, sino que tampoco deberían hacerlo los ciudadanos. Nos han mentido, nos han manipulado, nos han enfrentado, nos han estafado. El procés ha supuesto un enorme desprestigio para nuestras instituciones, en especial la Generalitat. No creo que represente ni quiera representar a más de la mitad de los catalanes.

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