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Carlos Solchaga: "La deslealtad de las autoridades catalanas ha sido total"

Carlos Solchaga: "La deslealtad de las autoridades catalanas ha sido total"

El exministro socialista, que ha publicado sus diarios, dice que Pujol estuvo lastrado por Banca Catalana y que el PSC se hundió al querer sustituir a CiU en la representación de los nacionalistas

24 min

“Pero, ¿qué le ha pasado a Lluís Llach?” Carlos Solchaga (Tafalla, 1944) reclama explicaciones. Le gusta Llach, es uno de sus referentes, pero no entiende sus excesos ahora por la independencia de Cataluña. Abre los ojos y sonríe. Dice no entender nada, pero lo sabe todo. El exministro socialista conversa de forma animada. Acaba de publicar sus diarios, Las cosas como son, (Galaxia Gutenberg), en los que da cuenta de sus anotaciones a lo largo de los años desde su incorporación al Congreso, en 1980, hasta 1994. No ha retocado apenas nada.

En esa etapa, Solchaga, siempre firme en sus convicciones, fue el principal artífice de la modernización de España, codo con codo con Felipe González, responsable de la reconversión industrial, como ministro de Energía y de la reconducción del sistema productivo español hacia parámetros homologables al entorno europeo, como ministro de Economía. Solchaga dispara en sus anotaciones, contra políticos, y contra periodistas. Escribe lo que piensa en cada momento, también con mucha reflexión y sosiego. Leer sus diarios es entender la historia reciente de España. Y declara ahora, en una entrevista con Crónica Global, lo que ha percibido en los últimos años. Desde su despacho en Madrid, como asesor de empresas, en Solchaga Recio&Asociados, incide en que “la deslealtad de las autoridades catalanas, no de la sociedad, sino de los dirigentes, ha sido total, porque han sido conscientes de que han traicionado el espíritu y la letra de la Constitución”.

-Usted da cuenta en sus diarios de la transformación de España, y une dos cuestiones, el diagnóstico sobre lo que se debía hacer, y el cómo lograrlo. En su figura se conjuntaron las dos, como economista, pero también como político. ¿Es hoy imposible repetir esa ecuación? ¿Se sabe lo que se debe hacer y cómo conseguirlo?

-Depende de las circunstancias, y depende mucho de la ambición del presidente del Gobierno. Muchos de los objetivos de aquellos años siguen estando vigentes, como la necesidad de introducir de forma más certera y de forma más intensa el componente tecnológico en el patrón de crecimiento; la necesidad de aportar valor añadido, para disminuir los trabajos precarios y de menores ingresos; garantizar las pensiones; mejorar el sistema de salud, con fallos en la mezcla de lo público y lo privado que hemos experimentado; y transformar muy seriamente el sistema educativo. Son objetivos a largo plazo, en los que se debe persistir.

La izquierda está pendiente ahora de debates sobre las políticas de género o sobre las minorías de orientación sexual

-¿Pero cómo se logran, con qué apoyos?

-Es cierto que eso es ahora muy difícil, con un parlamento fracturado. No sólo ocurre en España. Ha pasado en Francia, en Italia ocurre desde mediados de los 90, y en otros lugares. Convendría la reducción de los efectos de la fragmentación, buscando acuerdos entre las distintas fuerzas políticas, o el resurgir de nuevos grupos políticos que fueran hegemónicos en cada una de las alas ideológicas. Creo que Ciudadanos va a ir sustituyendo al PP, pero si el PSOE no ve claro el grado de representación y cómo la ha obtenido sobre el centro-izquierda, Ciudadanos también puede sustituir en parte a los socialistas. Lo que se percibe es una situación de inclinación hacia el centro-derecha y a la derecha. Y los políticos deberían olvidar sus patrones de comportamiento en los últimos tiempos, que han pasado más por establecer líneas rojas para el no entendimiento, y apostar por una salida con áreas de acuerdo, para salir del gripaje que vivimos en estos momentos.

-Usted protagonizó serios encontronazos con el PSOE, en una rivalidad entre Gobierno y partido. ¿Eso fue, en realidad, positivo, porque provocaba una situación dinámica para avanzar, que no ocurre ahora, en el caso, por ejemplo del PP ni en el PSOE?

-En principio es positivo, si se llegara a una síntesis creativa, en términos hegelianos, pero si desaparece el interés del partido y la preocupación por estar más o menos a la derecha o a la izquierda de Podemos, o por el feminismo o por la defensa de minorías en función de la orientación sexual, sin duda importantes, pero no se centra en el debate en el aspecto ideológico, en los intereses colectivos, en cómo llegar a una sociedad más justa, entonces no se ha ganado nada.

La dirección del PSOE no tiene nada que decir sobre los temas que interesan a los españoles

-¿Considera que eso le ocurre ahora al PSOE?

-Es mejor tener un partido con dos almas. Es una señal de vitalidad, y no como ahora, cuando el PSOE aparece con poca pulsación, cuando no se sabe lo que quiere, y los ciudadanos se dan cuenta de ello. No se sabe dónde está, no está atrayendo a las personas que confiaron en él. Cuando escuchas a la dirección no te esclarece nada. Le pongo un ejemplo, con la reciente campaña electoral en Cataluña. Pedro Sánchez se presentó en los mítines y no dejó ni un solo mensaje que mostrara lo que pensaba el PSOE. Se limitó a respaldar al candidato socialista, pero no supo responder a nuestras bases electorales. ¿A qué fue Sánchez a Cataluña? No se sabe, no dio anclas de seguridad. La dirección del PSOE no tiene nada que decir a los españoles sobre los temas que le interesan a corto, medio y largo plazo.

-Lo que dice sobre cómo la izquierda se ha interesado por otras cuestiones, no tan ideológicas, ¿se justifica por los límites de las políticas económicas?

-Hay varios factores. El viejo pensamiento socialdemócrata se agota, y hay nuevos objetivos de la nueva izquierda. Con el fin del comunismo, los pensadores de la socialdemocracia​, se vieron constreñidos con aquel mensaje de Fukuyama, según el cual se había llegado al final de la historia. El otro factor es que la globalización ha estrechado mucho el margen de maniobra de la socialdemocracia. Con la interconexión de los mercados financieros, y de todo tipo, las políticas que puedan comportar pérdidas de competitividad, puede implicar menos empleos y menos ingresos. La izquierda no supo, tampoco, cómo resistirse a la tendencia irresponsable de bajada de impuestos. Y, a todo eso, hay que unir las tendencias que aparecen en las universidades norteamericanas y que se trasladan a Europa que inciden en la izquierda liberal. El interés se centra más en las injusticias que son consecuencia de factores como el género, ser mujer u hombre, de la orientación sexual, etc. Eso deja a la izquierda desnortada. También cambia las formas de comunicación. Pero hay muchas situaciones que se deben combatir, porque lo que llega es una disminución de las clases medias, producto de la revolución tecnológica.

La globalización dejó sin margen de maniobra a la socialdemocracia, que se centró en las cuestiones de la izquierda liberal

-Entonces, ¿la socialdemocracia tiene por delante un largo camino, o está acabada?

-Tiene camino, porque no se han resuelto muchas cosas, como la marginación, o la dignidad en el trabajo, asegurar la dignidad, con recursos mínimos para una vida digna. Volver a esas preocupaciones es crucial.

-¿En qué momento España se desmelena, y deja de ser un país austero, que ahorra, que mira por el futuro?

-En la última etapa socialista. Comienza a notarse los primeros efectos de la globalización, que dificultan un Estado de bienestar, con menos recursos. En España, sin embargo, no se nota mucho hasta la reciente crisis. Porque, salvo la crisis de 1993-94, que no fue nada comparada con la de 2007-2008, la economía desde 1983 ha crecido de forma excepcional.

-Pero se llega a un déficit exterior del 10% en 2007, algo nunca visto.

-Si, hay indicios en 2003 y 2004 de que la situación podía ser insostenible. Ocurre en otros países. Le pasa a Blair en el Reino Unido, a Sarkozy en Francia. Hay una entrada de recursos fáciles, que los bancos, además, obtienen con garantías de otros bancos, con una cantidad prestataria prácticamente ilimitada. Y se creía que el riesgo para España era muy bajo.

-El presidente Rodríguez Zapatero no lo ve venir. ¿Y el ministro Pedro Solbes tampoco?

-Se produjo una combinación de factores. Zapatero no sabe parar lo que llega. Solbes lo ve más, pero no es una persona que le guste poner al presidente del Gobierno, al contrario de lo que solía hacer yo, en una tesitura donde se deba decir o haces esto o me voy a tener que ir. Y se lo digo, teniendo en cuenta que yo, con Felipe González, compartía el 98% de las cosas.

-¿Debe pasar eso siempre, un núcleo duro entre el presidente y su ministro de Economía, y que éste esté dispuesto a irse?

-Bueno, debe estar dispuesto a irse y dejar claro que eso es así, porque, un ministro de Economía siempre sabe que gobierna contra el resto de ministros, y más en un gobierno socialdemócrata, donde los ministros lo que quieren es gastar. Pero ese núcleo depende de otras cosas, de los vientos de cola, de que las materias primas sean más baratas, de que baje el precio del petróleo, de los tipos de interés, aunque todo eso pueda criar el huevo de la serpiente, al ocultar cuestiones que puedan ser estructurales.

Un ministro de Economía debe decir que, si no se le hace caso, está dispuesto a irse, y eso no lo hizo Solbes

-En su caso, y no sólo para España, pero ¿todo se resiente con Alemania, con la reunificación alemana?

-Sin duda. Políticamente era deseable, pero perjudicó a países como España, con la crisis del sistema monetario europeo, con un acuerdo para que nuestro tipo de cambio fluctuara con el marco, en un margen pequeño. La unificación, con el cambio de un marco occidental por otro oriental cuando el mercado marcaba una relación de uno a cuatro, provocó un choque. En Alemania lo vieron claro. Iba a provocar una enorme inflación, y restringieron la masa salarial con altos tipos de interés, una medida que, por razones históricas, los alemanes siempre entienden. Pero eso provocó una subida del marco respecto al dólar, y también para el resto de monedas del sistema monetario europeo, como la peseta. Que la peseta subiera respecto al dólar, eso no era lógico. La libra británica y la lira italiana salieron del SME, y a mi me tocó una devaluación de la moneda, que yo quería que fuera del 10%, pero sólo logré la autorización para el 4%, por lo que se tuvo que devaluar después otro 6%.

-¿Qué ocurría con CiU? ¿Participaba el nacionalismo catalán en la elaboración de los presupuestos?

-El papel de CiU sólo fue decisivo a partir de 1993, cuando el PSOE pierde la mayoría absoluta. Lo que ocurre es que siempre hubo intercambios, pero por una razón. Había retrasos en la actualización del sistema de financiación autonómica, con problemas constantes. Y no por deferencia, sino por justicia, se introducían mejoras en los presupuestos para carreteras o para otras inversiones para Cataluña. Y eso era así para compensar un sistema de financiación que era extradistributivo hacia otras comunidades con menos recursos.

Debe afrontrarse un nuevo modelo de financiación, pero multilateral. El acuerdo último, de carácter bilateral con Cataluña, fue un error

-¿Constata que ese problema sigue existiendo?, porque en sus diarios, cuando se refiere a Pujol, en la mayoría de casos es para hablar de financiación autonómica.

-Sin duda. Es un problema que se debería afrontar.

-¿Cómo? ¿Ahora para solucionar un problema político? ¿Es el mejor momento?

-Se debe hacer en el esquema previsto en la Constitución, un pacto multilateral en Consejo de Política Fiscal. No puede ser un pacto bilateral, como el anterior, porque el resto de comunidades está a resultas de ese acuerdo, y eso no puede ser. ¿Es el momento? No lo es para resolver fácilmente este tema, porque las aguas bajan turbulentas, pero antes o después habrá que ir a ello, porque sólo con un sistema eficiente, justo y no discriminatorio, aunque no sea simétrico, podremos combinar el avance en el Estado de las autonomías con el deseo de autogobierno creciente de la sociedad catalana, encajado en la Constitución.

-¿Con la posibilidad de introducir el criterio de la ordinalidad? (no perder posiciones después de aportar a la caja común). ¿Es posible?

-La ordinalidad es posible y, de hecho, aconsejable por razones políticas. No he sido muy proclive a esa medida, excepto si es por razones pragmáticas, para llegar a un acuerdo. Aceptemos la ordinalidad, no me repugna, aunque sea por razones pragmáticas, con límites, para que el efecto redistributivo tenga unos límites.

La ordinalidad en el modelo de financiación es posible y además, ahora, políticamente aconsejable

-¿Entiende lo que ha ocurrido en Cataluña, a punto del debate de investidura, con una fuerza política con la que usted negociaba, como CiU, que ya no existe?

-Es difícil entenderlo. A Cataluña le ha ido bien, representa el mismo porcentaje del PIB en todos estos años. Ha seguido admitiendo inmigrantes de forma ejemplar. ¿Por qué ha podido degenerar? Existe un primer fenómeno, y es que se trata del partido que sufre grandes casos de corrupción​, que quiere salvarse ante el tribunal de la historia con una salida independentista. Eso es importante. Luego está una cuestión histórica. Existe desde el siglo XVIII una burguesía catalana centrada en Barcelona que siempre ha querido tener una mayor capacidad de decisión en las cosas que le afectan, y que lo consiguió con pactos con Madrid, como el proteccionismo, pero tentados siempre, pensando en que ellos lo podrían hacer mejor solos. Esa pulsión histórica siempre tiende hacia un momento de eclosión cuando España entra en crisis.

-¿Para evitar hundirse con España o para aprovecharse?

-Más bien lo que ocurre es que el centro frente a la periferia ha perdido fuerza, y se considera que es el momento para tomar el poder. Y eso no sólo ha pasado en Cataluña, aunque es el caso más claro.

-¿Se tata de un caso de traición o deslealtad?

-Creo que los partidos, como CiU, jugaron a comprobar cómo se desarrollaba el autogobierno dentro de la Constitución con la mínima lealtad para no poder ser acusados, pero después sí se produce una deslealtad permanente de las autoridades catalanas, conscientes de que traicionan el espíritu y la letra de la Constitución.  

La pulsión histórica del nacionalismo catalán de buscar la ruptura eclosiona siempre cuando España entra en crisis

-No parece que usted tuviera una gran relación con Jordi Pujol. ¿Por qué? 

-Es un hombre que tuvo una oportunidad histórica formidable, pero lastrado desde el primer momento por Banca Catalana, mucho antes de que conociéramos la historia sobre su patrimonio personal. Creo que todo pudo ser diferente. Estaría bien conocer qué pasó en la Audiencia Provincial de Barcelona, cuando tomó la decisión de no mantener el proceso. El Gobierno actuó como debía. El informe del Banco de España sobre Banca Catalana era demoledor, y lo elevamos a la Fiscalía, siendo conscientes de que se nos acusaría de politiquería contra Pujol. Y sí, le admito que nunca tuve un gran aprecio por la figura de Pujol, conociendo el tema de Banca Catalana. Aunque reconocía su capacidad para moverse en el corto plazo y regatear en las lides de la política. Su capacidad para eso era más que mediana, sabía sacar lo mejor de cada momento, era un buen agente político. Pero esa especie de acartonamiento de solemnización de su propia figura, mucho más que el viejo Josep Tarradellas, que era mucho más sencillo, me pareció siempre disparatado. Y después, con todo lo que se ha conocido, no condenó tampoco lo que han hecho políticamente sus sucesores.

Jordi Pujol estuvo marcado desde el comienzo por Banca Catalana, y el Gobierno hizo lo correcto al llevar el caso a la Fiscalía

-La actuación respecto a Banca Catalana y la apropiación del caso por parte de Pujol, le fue mal al PSC. Le hundió en Cataluña.

-El PSC había perdido en las autonómicas de 1980, antes de eso, y luego tiene buenos resultados, con Pasqual Maragall que gana en votos a Pujol. No se hundió. Se hundió cuando quiso sustituir a CiU en la representación de los intereses nacionalistas. Ahí es cuando se hundió y no ha salido, porque los compañeros del PSC no tienen conciencia de que sea el caso.

-Luego llegó el Estatut y la situación actual, con Rodríguez Zapatero apoyando la decisión.

-Fue un error, sin ninguna duda. No puedes pensar que en el caso de Cataluña, con todo lo delicado que es, se pueda aprobar un Estatut, sin mayoría, o no con la necesaria. No puedes dejar al PP de lado, cuando lidera la oposición, que lo que hace es llevarlo al Tribunal Constitucional. Luego llegó la sentencia, después del referéndum. Pero si ves una cuestión que es ilegal, lo es.

El PSC se hundió cuando quiso sustituir a CiU en la representación de los intereses nacionalistas

-Si, pero eso fue un error, no pensar que se había eliminado el recurso previo de inconstitucionalidad.

-Pero usted sabe por qué se eliminó.

-Sí, porque el Gobierno estaba harto, en los primeros años 80 de que Alianza Popular, el precedente del PP, llevara toda la legislación al Constitucional, que lo utilizara para parar al Gobierno.

-Exacto

En el periodo del Estatut, hubo un momento en que nadie pensaba en casi nada

-De acuerdo, pero, ¿nadie pensó que eso estaba vigente, que se podía impugnar y que llegara una sentencia sobre un Estatut después de aprobarlo en un referéndum?

-Lo que le diré es que hubo un momento, en ese periodo, en que nadie pensaba en casi nada.