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El día de la banderita

Arrimadas es carne de plató, se come la cámara, y el micro es su mejor amigo

07.12.2017 00:00 h.
4 min
El día de la banderita

La plaza Universitat, más que un mar ilimitado, era un estanque doméstico repleto de enseñas nacionales, de señeras y de insignias de la Unión Europea. El formato era de mitin clásico, nada de modernidades ni virguerías. Un estrado elevado para los oradores, una música máquina rutilante para amenizar la espera y un público de mediana edad para arriba, que se expresaba única y exclusivamente en castellano, algún matrimonio joven con niño en carrito y una pareja de gais. Había una parada con globitos y unas mozas jóvenes y guapetonas que repartían banderas. La roja y gualda tenía un gran predicamento. Había quien la hacía ondear sin parar, víctima de un desasosiego; quien la llevaba a la espalda en forma de capa o la utilizaba a modo de pañuelo al cuello; quien la portaba con mástil como quien efectúa una penitencia; quien se la ceñía a la cintura como falda, e incluso quien la utilizaba para recubrir al perrito que le acompañaba.

La señora Inés Arrimadas ha efectuado el paseíllo vestida de azul cobalto, besando a cuanto se le ponía a su paso mientras que la música subía de volumen y ella las escaleras de la tribuna. No le han hecho justicia los teloneros que la acompañaban. El señor Villegas, secretario general de Cs, ha hecho un discurso sobre la efeméride del Día de la Constitución plomizo y abigarrado que ha sido aplaudido con cortesía. El catedrático Francesc de Carreras ha tirado de pedagogía y ha explicado que la Constitución es como el reglamento del fútbol y “si cambian la pelota y es cuadrada ya no es fútbol, es otra cosa” Después se ha sentado.

La candidata de Ciudadanos debe de tener tanta idea de política como yo de física cuántica pero transmite a la concurrencia el firme convencimiento de que sí, de que ella va a ganar. Está que se sale. Guapa a morir, con una sonrisa que es un arma de destrucción masiva y una insultante juventud. Se dirige al auditorio con el reiterado latiguillo “...y os digo una cosa”, como si acabara de descubrir la ley de la gravedad, y acto seguido pronuncia cualquier obviedad. Es carne de plató, se come la cámara, y el micro es su mejor amigo. ¿Lo que dice...? ¿A quién le interesa lo que dice? El día que Núria de Gispert, vía Twitter, la envió de vuelta a su Cádiz natal le hizo el favor de su vida. Tiene a la novena provincia andaluza metida en el bolsillo. Y olé.

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