O aplauso o patíbulo

Guillem Bota
20.05.2019
6 min

El aplauso, esa cosa tan sencilla que consiste en chocar la palma de una mano con la otra, se ha convertido en la última señal que ha ideado el independentismo para distinguir a los catalanes de bien. Si antes era el lacito amarillo en la solapa lo que diferenciaba a un auténtico catalán de un colono o, peor aún, de un botifler, ahora lo es el hecho de aplaudir cuando toca. O sea, cuando el régimen dicta que se debe aplaudir.

Entre los reproches que le largaron a Iceta los partidos independentistas, para justificar el veto a que este fuera elegido senador, me quedé con uno: el día que los familiares de los políticos presos estuvieron de invitados en el Parlament, Iceta no se volvió hacia ellos para aplaudirles fervorosamente. He ahí el pecado, hijo mío. Cuando los diputados independentistas se ponían en pie y se volvían hacia la tribuna de invitados para rendir pleitesía a consortes, hijos, padres, hermanos, mascotas, cuñados, vecinos y lo que se terciara, de los presos, mientras estos devolvían magnánimamente el saludo --alguno con un leve movimiento de mano, otro con una sonrisa, el de más allá aplaudiendo a su vez...--, Iceta seguía a lo suyo, que no recuerdo qué sería pero no era aplaudir. ¡No aplaudía! Hasta ahí podíamos llegar.

Debería saber Iceta, que no es nuevo en lides parlamentarias, que si el Parlament ha dejado de ser una cámara legislativa para convertirse en un circo, para ser respetado bajo la carpa debe ser tan payaso como los demás. Y si la mayoría de payasos ordena --aunque sea implícitamente-- levantarse y aplaudir a quien sea que esté entre el público, así sea la mujer de la limpieza que pasa por ahí blandiendo el mocho, todos los diputados deben hacer lo mismo, so pena de ser reprobados públicamente. Eso sí, se le agradece a Iceta la dignidad de no salir al estrado y empezar su réplica con un "yo soy homosexual", como Lluís Llach en el Tribunal Supremo, que ignoro qué intentaba conseguir con tal declaración --más que sabida por lo demás-- pero parecía que buscara tema, no sé si entre los magistrados, los abogados o el propio Marchena. Uno no proclama jamás en público sus gustos sexuales sin una buena razón de fondo.

Más tarde le llegó el turno a Messi. El astro argentino se mantuvo impasible en la ceremonia de entrega de las Cruces de Sant Jordi, mientras público y resto de galardonados aplaudían como un solo hombre al grito de "Llibertat presos polítics". Messi, que si ya en el terreno de juego es más listo que ninguno, fuera de él lo es más que los ratones colorados, pescó al instante que su Cruz de Sant Jordi no era más que un intento de la Generalitat de engatusarlo, de mostrar al mundo que incluso el mejor jugador de fútbol clama por la libertad de los presos. Y como hace con los defensas, Messi fintó y se salió por donde no lo esperaban: se quedó serio, mirando al frente, sin efectuar ni siquiera un amago de aplaudir. Por supuesto, eso ha servido para que el procesismo le saltara a la yugular --como a Iceta-- y, por supuesto también, eso a Messi le trae sin cuidado. Un tipo que está acostumbrado a recibir él los aplausos, sólo se dignaría a aplaudir si la ocasión fuera realmente merecida. ¿Presos políticos? Por favor, que ese chaval nació en Argentina, no le vengan con milongas, que allá ser un preso político era cosa seria.

Atrás quedaron los días en que las cámaras legislativas eran eso, sitios donde se legislaba. El Parlament catalán es una cohorte de babosos, y encima tan cursis que son capaces de recriminarle a uno de sus miembros que no aplauda a los familiares de presuntos delincuentes. Lo mismo cabe decir de la ceremonia de las Cruces de Sant Jordi, convertida a su vez en otra reunión de babosos dedicados a aplaudirse a sí mismos. Tanto baboso en Cataluña indica claramente que lo que intentaban crear era la primera república babosa del mundo mundial.

Lo peor es que, alérgico como soy yo a aplaudir a nadie, ello me incapacita para presidir el Senado y para recibir la Cruz de Sant Jordi. No somos nadie.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.

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