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La antipatía

Ignacio Vidal-Folch
7 min

Poco a poco os van volviendo antipáticos. Es el dictat de una señora del Gobierno regional llamada Erra para que hablemos siempre en lengua vernácula, incluso con quienes “no parecen” catalanes y no parecen entender esa lengua --algunos la califican como supremacista, facha o nazi, sobre todo por ciertas connotaciones racistas implícitas en ese discurso. De hecho, esto de hablar siempre en catalán incluso con quien no domina ese idioma es algo que hacen desde hace años muchos nacionalistas, especialmente sensibilizados con la defensa de “su” lengua, generalmente pagados por la Generalitat pero no siempre, pues algunos lo hacen por convicción y gratis.

A estos les duele especialmente dirigirse en español a camareros y taxistas y demás personal subalterno. Ya comenté alguna vez la escena en la terraza del restaurante Ponsa donde dos viejos pedían a la camarera sudamericana que les tomaba la comanda un plato de “cloïses” pero no lograban ser entendidos, hasta que condescendieron, rezongando, a decir la palabra “Almejas”. En cuanto la camarera se dio la vuelta les oí decir: “Molt Ponsa, molt Ponsa, però de català, res”. Y a renglón seguido se pusieron a hablar del partido del Barça.

Esa señora Erra… evidentemente es racista, condición consustancial al nacionalismo, pero yo subrayo solo en su discurso ese factor de antipatía implícito en querer imponerte al otro, --especialmente si está socialmente en una situación de inferioridad-- con la hipocresía añadida de sostener que lo haces por su bien, que le estás haciendo un favor para que se esfuerce en aprender y seguir el recto camino y así integrarse mejor en esta sociedad “de acogida”. A mí me parece que esto es de mala educación.

Aunque entiendo que alguien esté muy por la lengua catalana, y le duela en lo íntimo, y le frustre, no poder pedir el café con leche sino en esa otra lengua cuya sonoridad le chirría y le despierta fantasmas detestables. ¡En “su propia casa”, además! ¡Cómo está el servicio! ¡Pobrecitos de nosotros!

Me pongo en la piel de ese típico viejales al que le gustaría y no puede “vivir en catalán”, le entiendo, y le compadezco. En cambio no me gusta que desde el Govern y el Parlament, que deberían dedicarse a gestionar  los problemas verdaderos, se esté pendiente de estas cosas que al fin y al cabo son banales. Me repugnan los chivatos como Gemma Galdón, Joan Lluís Bozzo, Santiago Espot y Risto Mejide, que ante el agravio de que el camarero no sepa catalán, el tendero tenga su rótulo en español o el taxista exhiba un banderín que no les gusta, lo denuncian a las autoridades o a la ley de Lynch de las redes sociales.

En general yo creo que so capa didáctica esta obsesión clasista de querer imponer la lengua catalana a gente que a esos fascistas les importan un pepino es otra campaña para hacer el clima de la inevitable convivencia más tóxico y más antipático, lo cual es un objetivo quizá inconsciente y el mayor logro del procés, y un efecto consustancial al nacionalismo.

Hay otras prácticas y cosas que contribuyen a hacer la vida social más antipática. Así a bote pronto: la costumbre en las tiendas de pedir la tanda diciendo: “Qui és l’últim?” Entiendo que es útil para que se preserve el orden correcto y justo en la espera, pero hay un retintín eclesiástico repelente en la preguntita y en la celeridad con que se responde como una manifestación de acuerdo y sumisión al orden y a la comunidad que aleatoriamente acaba de formarse en la cola de la panadería. Esa predisposición al asentimiento, a la obediencia democrática me parece muy antipática, pero procuro que nadie se dé cuenta, y soy yo el último, digo, aquiescente: “Sóc jo. Vaig darrere d’aquella senyora". Qué remedio.

Me parecen antipáticos los que en espacios públicos hablan por el móvil en voz alta como si estuvieran en su casa. Y los balcones modernistas con banderas, que le dan al Ensanche un siniestro aire hitleriano.

Me resultan antipáticos los “oficiales de aparcamiento” que recorren las aceras vigilando que los coches aparcados en zona azul o verde hayan pagado en el parquímetro y no permanezcan más tiempo del debido: son útiles esos oficiales, no digo que no, pero me resulta antipático ese control. Los ruidosos grupos de jóvenes inglesas que celebran despedidas de soltera, vestidas con traje corto y que llevan en la cabeza una diadema en la que se balacea una polla de plástico podrían parecerme enternecedores, pero me caen antipáticas.

Y antipáticos los hinchas de fútbol cuando ganan y van tocando la bocina, o gritando por las esquinas que “somos los mejores”. Yo les comprendo porque también fui hincha durante un tiempo, pero igualmente hubo un tiempo en que tomaba vodka con zumo de piña en el bar Thales, y ahora ni loco lo haría. Por eso prefiero siempre que pierda el Barça, así se están callados.   

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El País y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.