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La CUP y la Trias Fargas

Ignacio Vidal-Folch
6 min

Estando en Bilbao unos días, en los años de plomo, cuando ETA mataba no sólo a policías y ertzainas sino también a periodistas, concejales, alcaldes, empresarios y a cualquiera que se atreviese a alzar la voz contra su atroz idea de la política, me asombró encontrarme, paseando por la calle López de Hoyos, una manifestación de dos docenas de chicos anarquistas o antisistema, de estética punk, peinados con crestas y calzados con botas Dr. Martens, pero de rostros redonditos, suavecitos, sonrosados, bien alimentados. Eran muy jóvenes. Con el puño en alto lanzaban consignas contra una sucursal bancaria, que por cierto estaba cerrada; consignas como “¡Vosotros, fascistas, sois los terroristas!”.

Aquellos chicos disfrutaban del lujo impagable de sentirse inconformistas y contestatarios con la tranquilidad de saber que no corres peligro, que tu manifestación y tus fieras consignas te salen gratis. Y en efecto: sabiendo que aquellos chicos eran en el fondo inofensivos, la policía, que demasiado ocupada se hallaba tratando de resolver el asesinato de ayer y de frustrar el de mañana, no se molestó en enviar ni a una patrulla para que los muchachos anarquistas abandonaran el lugar.

Han robado lo que no está escrito y como reyes Midas leprosos han corrompido todo lo que han tocado… claman que son víctimas de agravios seculares, invocan la palabra “libertad” y formatean a unas generaciones de chiquillos descontentos alimentándoles con los mitos decimonónicos de la tierra, la sangre y la “lengua propia”.

Esto fue cerca, creo, de la sala Rekalde. Cerca del hotel Ercilla. Me detuve unos instantes a observar y me preguntaba si aquellos chicos eran o no eran conscientes de la banalidad de su protesta, y si no se avergonzaban sabiendo —como sabía todo el mundo— dónde estaba de verdad la guarida de los terroristas (la sede de Batasuna), y quiénes eran los verdaderos nazis, y cuán poco verosímil era su simulacro de rebeldía.

Se me quedó grabada la imagen de aquellos sonrosados zampabollos dándoselas de guerrilleros urbanos en la total y absoluta indiferencia del respetable, que pasaba a sus espaldas camino a la taberna sin dedicarles siquiera una sonrisa desdeñosa.

Y desde hace unos años lo recuerdo muy a menudo, cuando veo que unos señores que cobran 100.000 euros, que viven regiamente en una de las zonas más privilegiadas y liberales del mundo —España, y más concretamente, Cataluña—, donde han robado lo que no está escrito y como reyes Midas leprosos han corrompido todo lo que han tocado… claman que son víctimas de agravios seculares, invocan la palabra “libertad” y formatean a unas generaciones de chiquillos descontentos alimentándoles con los mitos decimonónicos de la tierra, la sangre y la “lengua propia”.

Este nazismo de baja intensidad conocido como el prusés es la mezquina aportación, la respuesta que ofrece el establishment regional a un mundo dolorido, urgido a responder a desafíos que antes no había afrontado nunca. Y los chicos indoctos, pero inquietos, comulgan con lo que dice papá.

Lo que me asombra son esos jóvenes cuperos y podemitas y sí que es pot y demás indignados y rebeldes supuestamente deseosos de “acoger inmigrantes” que lo único que hacen es bailarle el agua a sus corruptos señoritos de todos los Palaus y las Trias Fargas, ofreciéndose incluso como 'force de frappe' o carne de cañón a su servicio

Por supuesto no me importa, ya sé la catadura moral de leprosos morales como esos Colomines que dirigieron la Fundació Trias Fargas, la del tres por ciento, pero supuestamente no se enteraron de nada y aún se permiten dar consejas morales; ni de esos multimillonarios Llachs que ansían tumbarse bajo sus cocoteros en Senegal, de cuyas costas zarpan las pateras, llenas de negros que van a zozobrar en el Mediterráneo si no tienen suerte para alcanzar las playas de ese país que el señorito (“¡Babalí, más vigor con el abanico! ¡Ritmo, ritmo!”) considera dictatorial y tenebroso.

A mí no me sorprenden ni los privilegiados que se las dan de damnificados ni los tunos que se quejan de que les han robado. Pillastres los ha habido siempre. Lo que me asombra son esos jóvenes cuperos y podemitas y sí que es pot y demás indignados y rebeldes supuestamente deseosos de “acoger inmigrantes” que lo único que hacen es bailarle el agua a sus corruptos señoritos de todos los Palaus y las Trias Fargas, ofreciéndose incluso como force de frappe o carne de cañón a su servicio.

Y no a cambio de sueldos  de cien mil euros sino a cambio de una temporada entre rejas. Quizá el florecer de una generación tan aquiescente y tonta sea otro logro del prusés. Bien, chicos, que os aproveche.

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El País y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.