Chucky bajo el volcán

Ignacio Vidal-Folch
11 min

Ayer, a la hora del aperitivo, estuve en el bar El Yate viendo un torneo de golf en la televisión; y cambiando de canal veía la lava imparable devorando haciendas, platanales, casas y piscinas de la isla de La Palma. Pensé que así que pasen diez mil años, en el caso de que la Humanidad sobreviva, ésa será una nueva Pompeya.

Y zapeando otra vez vi al as del golf metiendo la bola en el agujerito y alzando el puño victorioso. ¡Casi se me atragantó una almendrita salada! Pensé:

“¡Qué diversa es esta vida, qué maravillosa y enloquecedora simultaneidad de acontecimientos dispares; qué difícil es, dada esta fenomenología tan contradictoria, calificarla, y, por consiguiente, cuán parejamente equivocado está quien sostiene que la vida es maravillosa y hay que disfrutar de ella en cada momento y dar gracias, como Violeta Parra, por el privilegio de estar aquí… como el que dice que estamos en un valle de lágrimas… Epicureísmo, estoicismo… eeehhh… ¿Qué pensar? ¿Y qué valor tiene mi pensamiento y mi juicio --el pensamiento y el juicio de cualquiera--- si está tan evidentemente influido y deformado por mi experiencia en este valle de lágrimas o jardín de las delicias?"  

Erupción del volcán, torneo de golf… El mismo hecho de tanta variedad y contradicción, ¿no  testimonia la riqueza de la vida, tesoro inefable?... Estaba pensando en esto, y en la pantalla el as del golf levantaba el brazo, apretando el puño después de un buen golpe, cuando despertó Chucky, el muñeco diabólico que vive en mí, y dijo:

--¡Menuda pandilla de hijos de la gran puta son todos los jugadores de golf, y en general los aficionados a todos los deportes!

--¿Cómo, Chucky? ¿Qué dices? ¿Por qué esta hostilidad? Los deportistas no le hacen daño a nadie.

--Puaj. No soporto a seres tan frívolos y feos, si sus gestos controlados. Lo único bueno que tiene el aficionado al golf es su manía, su adicción invencible a pasar en el club la tarde, que da a su esposa la seguridad de que, llueva, truene o luzca el sol, no volverá a casa antes de cuatro horas, que ella puede disfrutar fornicando bestialmente en el lecho matrimonial con el amante de turno. Que bien puede ser el butanero que le sube la bombona…

Aquí tuve que interrumpirle, riéndome un poquito:

 --Chucky, no seas ignorante… en las casas de los golfistas, que suele ser gente de cierto nivel adquisitivo, no hay butano sino gas natural. Y además, hay un portero muy atento y servicial que controla quién entra y quién sale; de manera que…

--¡Pues el amante será ese portero, cuyo aliento huele a ajo! Cada vez que el “señor” va a pasar la tarde en el club, él profana con su sudoroso corpachón, sin quitarse siquiera la camiseta, el lecho matrimonial y a la perfumada dama burguesa. ¡Y bien merecido que se lo tiene el golfista!

--Hombre, Chucky, qué cosas dices. Tienes un imaginario digno de Alfredo Landa. Piensa que el golf es un deporte de interés expansivo y también hay mujeres golfistas.

--Ca. Qué dices. Ellas prefieren hacer punto, hornear pasteles, recoger a los niños a la salida del colegio, cepillarse al butanero y cosas así.

--Que no, que te digo que las mujeres golfistas...

--¿Golfistas? Golfas. Lo que hay son golfas, créeme.

--Chucky… Estos jueguecitos de palabras…

--Todas putas, créeme... ¡Anda, mira, mira la pantalla! ¡Mira cómo camina por el Tee y el Green ese cretino de culo protuberante dentro de sus pantalones blancos de macarra de barrio pobre, y observa cómo la cámara en contrapicado dramatiza sus pasos sobre el césped con esos zapatos bicolores propios de una loca delirante, como si estuviera haciendo algo peligroso…! ¡Mira las caras extasiadas del público cuando la pelotita entra en el hoyo, o cuando pasa de largo por poco, y se queda clavada sobre la hierba, y la cámara se demora en ella durante unos segundos, como si fuera algo significativo!                  

--Hombre, tal como lo describes… Pero es que tú parece que no entiendas, Chucky, que todas las pasiones humanas son así: no importa tanto el objeto de las mismas ni el sentido o sinsentido de su ritual, sino el camino para satisfacerlas, el hecho mismo de repetir el ritual, de cumplirlo o conculcarlo, de someterse a sus reglas y, dentro de ellas, superar una marca. ¿Comprendes?... Incluso la hazaña del navegante Cristóbal Colón puede parecer grotesca si la observamos con mirada crítica, pero  conmovedora y grandiosa si…

--¿No irás a comparar el Descubrimiento de América con este campeonato de golf, ¿verdad?

Me quedé mudo un instante, y luego dije:

--Pues mira, sí, sí son comparables. Porque...

--¡No, no, no me lo expliques, ya te has explicado en el párrafo anterior! Y sobradamente. Eres un verdadero idiota relativista y contemporáneo. En cuanto a mí, cuando veo esas dramáticas pisadas del pisaverde en el césped no puedo no pensar en los que de verdad pisan el suelo del mundo y caminan de verdad y tienen verdaderos motivos para celebrar y para llorar… De todas maneras, estas competiciones deportivas y dimes y diretes golfistas o futboleros me suenan a cosa del pasado, como la tienda Vinçon.

--¿Eh? ¿Cómo? ¿Qué tiene Vinçon que ver…?

--¡Sí, hombre! Me refiero a aquellos artículos de lujo accesible en los que destacaron tiendas como Vinçon, abanderadas de una idea de mundo juguetón, bien diseñado, con chispa y autoirónico, un mundo intermediario entre la escasez o la pobreza originaria… y el confort real, el confort del piso bueno de verdad, con mobiliario de época, con artículos de verdadero valor, que aguardaba en el futuro. Eso --ese confort futuro-- se acabó, y con él el confort intermedio de Vinçon.

--Vaya, qué pena, con lo que a mí me gustaba pasear por aquella tienda…

--¿Y a qué barcelonés no le gusta engañarse, bobalicón? Pero, como te estoy diciendo, ese espejismo desapareció, y Vinçon tuvo que cerrar. El nuevo paradigma para esta edad del temblor es Ikea, con su mobiliario ligero, feo, funcional y prescindible en la próxima mudanza… ¿Comprendes?...

--No, Chucky, no entiendo de qué mudanza hablas.

--Pues hablo de la mudanza que tendrás que hacer cuando el dueño de tu piso te eche para que lo gestione Airbnb... De la misma manera que se ha volatilizado el mundo de cosas monas de Vinçon, supongo que cuanto más se agrave la situación general más inaceptables y poco interesantes serán las competiciones deportivas, los torneos de golf y de tenis, los partidos de fútbol. ¡Si por lo menos esos atletas nos brindasen una idea de goce sublime!… Pero no, gracias a la transparencia tecnológico-democrática ya sabemos que son unos pringados y ni siquiera tienen buen gusto a la hora de amueblar sus mansiones y hacer deseables sus logros.

Aquí creo que supe lanzarle una estocada dañina:

--¿No hay un poco de envidia en lo que dices, Chucky?

--¿Envidia, yo? –lanzó una risotada sarcástica--. ¡Piensa en tu cuñado, que tan apasionadamente juega al golf! ¿Cómo quieres que le tenga envidia a ese infeliz? Sí, lo reconozco, qué gracioso nos parecía antes con su obsesión golfista, sus zapatos bicolor, la gorrita con el anagrama del club, el saco de los palos siempre listo en el maletero del coche. Pero ya no lo observamos con paternal simpatía, ¿verdad?, sino con asquito y ganas de darle un puñetazo en los morros.

--Ni una palabra contra mi cuñado, Chucky, que dependo de su recomendación para inscribirme en su club Putt and Drive.

--¿CÓMO?

Pulsé involuntariamente un botón del mando a distancia y en la pantalla apareció la “colada” de pavorosa lava bajando por la isla de La Palma, devorándolo todo a su paso hacia el mar.

--Tómate otra almendrita.    

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El País y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.