Pásate al MODO AHORRO
El presidente de EEUU, Donald Trump (i), y su homólogo chino, Xi Jinping (d)

El presidente de EEUU, Donald Trump (i), y su homólogo chino, Xi Jinping (d) Europa Press

Pensamiento

El final de la infancia

"Contentar a los socios para bajar el ruido interno es la metodología aplicada en esta legislatura, pero la lista de cesiones que no le hacen ningún bien a España ya es demasiado larga"

Publicada

El mundo occidental se está despertando de un sueño donde la felicidad era eterna. Poco a poco nos damos cuenta de que no todo es tan bonito como creíamos y aunque algunos políticos se empeñan en tratar a los ciudadanos como a niños tontos, nos estamos enterando de que la vida es dura, siempre lo ha sido y siempre lo será.

Desde la década de 1940 no ha habido guerras en Europa y Estados Unidos, siempre se ha ido a guerrear fuera de sus fronteras, más allá de su guerra civil a mediados del siglo XIX. El número de bajas de soldados norteamericanos en Corea, Vietnam, Afganistán, Irak… supera las 100.000, pero nada tiene que ver ese precio con el de una guerra en territorio propio, donde tras la violencia llega la desolación, siendo tremendas las penurias de cualquier posguerra.

Las guerras tras la implosión de Yugoslavia, entre 1991 y 2001, fueron el primer aldabonazo de que el hombre no sabía vivir sin guerrear, tampoco en Europa. Es verdad que en todos y cada uno de los años de la historia del hombre ha habido guerras, pero las que suceden lejos o en culturas diferentes nos impactan menos. Que se maten entre países lejanos y personas de otras razas y culturas es algo a lo que estamos acostumbrados. Que se maten nuestros vecinos no, porque nos recuerdan demasiado a nosotros.

Las guerras derivadas de la desaparición de Yugoslavia quisimos que fuesen una excepción. La guerra civil del Líbano nos pillaba lejos, aunque fue una de las causas por la que los árabes ricos comenzaron a llegar a Marbella. El éxodo derivado de la guerra civil siria nos afectó algo, fundamentalmente porque llegaron muchos sirios a Alemania vía Turquía. Pero, en el fondo, seguíamos pensando que la guerra era una cosa del pasado o de los otros.

Ha tenido que ser la invasión de una parte de Ucrania por parte de Rusia la que nos haya hecho despertar y darnos cuenta de que la guerra siempre es una posibilidad.

Si Rusia ha despertado sus ansias imperiales, Estados Unidos vuelve a ser el gendarme del mundo, al menos de nuestro mundo. Ha bombardeado con total impunidad Irán y Nigeria y ahora ha capturado al presidente de Venezuela, asumiendo el control de país.

Trump no hace otra cosa que lo que durante años ha hecho estados Unidos. Ellos han quitado a un presidente de Panamá, otro de Honduras, otro de Guatemala, otro de Granada… e influido con su guerra sucia en la caída de otros muchos… todo esto en Latinoamérica, por no hablar de sus “hazañas” en el norte de África u Oriente Medio. La doctrina Monroe, América para los americanos, está más en vigor que nunca. El enemigo real no es ni Maduro ni Petro, son Putin y Xi Jinping.

La invasión de Venezuela no solo es por el narcotráfico y el petróleo, que también, sino por marcar influencia. En 2026, los ciudadanos de Colombia, Perú y Brasil están llamados a las urnas, además de Haití y Costa Rica. A nadie se le puede escapar que Trump aspira a que más y más países se le unan, primero ideológicamente y luego económicamente.

Las excelentes relaciones de Milei con Trump sin duda han abierto el camino y veremos si esta desestabilización hace que otros países pasen de enemigos a adeptos, como ya han hecho en sus últimas elecciones Chile, Ecuador y Bolivia.

Este abrupto choque con la realidad, el mundo es hostil, es un excelente caldo de cultivo para que aparezcan populistas de derechas, que pueden alardear de llevarse bien con el emperador norteamericano. Si la CPAC 25 nos asustó preparémonos para la de este año.

Muchos de los pasados y actuales gobernantes no han sido capaces de asumir que el mundo no es perfecto y se han dedicado, se dedican, a poner paños calientes. De los excesos de la perspectiva woke, más centrada en la forma que en fondo y en imponer lo minoritario a la mayoría, probablemente derive la situación actual.

Que el Ayuntamiento de Nueva York hablase en 2016 de 31 géneros parece un poco excesivo. Si no nos hubiésemos ido a unos extremos nada funcionales, probablemente hoy Vox no sería el partido preferido por los jóvenes, especialmente los hombres, hartos de haber sido criminalizados por el simple hecho de serlo.

Y lo mismo ocurre en el campo, el gran olvidado de los pijoprogres pseudoecologistas de la Comisión Europea. Algo se ha hecho muy mal cuando la izquierda ha dejado de ser el partido de referencia del campo, de los obreros y de los jóvenes.

Trump, Milei y Orbán no se quedarán solos. Lo estamos viendo en Latinoamérica y pronto lo veremos en Francia y quién sabe si en Alemania. Antes de que acabe esta década, la extrema derecha gobernará o al menos influirá en muchos países, y como todo lo extremo, no será bueno. En Europa peligrará nuestra poco funcional Unión Europea a la que solo le falta el creciente goteo de corruptelas para acabar de perder toda credibilidad.

La única esperanza es que cuando los atajos populistas de derecha también fracasen ya no nos quedarán muchas opciones. En realidad, solo una, que los partidos tradicionales entiendan que hay que trabajar duro en defensa, en mejora del sistema productivo y en salvar lo que se pueda del Estado del bienestar. Si no se ponen de acuerdo iremos de mal en peor, saltando de un extremo al otro sin que nada se solucione.

Pero mientras vemos acelerarse al péndulo, ahora lo prudente sería gestionar a Trump, como, hay que reconocer, lo está haciendo casi todo el mundo con el tema de Venezuela, asumiendo que se va a repartir el mundo con Rusia y China. El resto le importa más bien poco. Por eso lo importante es no ponerse de manera gratuita en la diana.

Es inconcebible que el presidente del Gobierno de España nos alinee con un exguerrillero del M16 (Petro), un presidente de salida (Boric), una presidenta que bastante tiene con evitar la descomposición de su país (Sheinbaum), y una vieja gloria comunista (Lula).

No solo es contraproducente, sino que, además, Boric, Petro y Lula es altamente probable que no acaben el año como presidentes, por lo que su estrategia no nos vale. Contentar a los socios para bajar el ruido interno es la metodología aplicada en esta legislatura, pero la lista de cesiones que no le hacen ningún bien a España ya es demasiado larga.