Amanda Gorman, recitando su poema 'The Hill We Climb' durante la ceremonia de toma de posesión de Joe Biden / Chairman of the Joint Chiefs of Staff  - Carlos M. Vazquez (WIKIMEDIA COMMONS)

Amanda Gorman, recitando su poema 'The Hill We Climb' durante la ceremonia de toma de posesión de Joe Biden / Chairman of the Joint Chiefs of Staff - Carlos M. Vazquez (WIKIMEDIA COMMONS)

Poesía

La colina que escalamos es la montaña de Sísifo

Sobre la dificultad política de traducir la poesía de Amanda Gorman

14 marzo, 2021 00:49

Quizá porque estoy acabando la larga tarea de traducir los Diarios de André Gide, de los que acaban de publicarse los dos primeros tomos --el tercero y el cuarto saldrán más adelante, a lo largo del año--, me ha interpelado muy íntimamente el problemón que tienen los editores de todo el mundo para publicar la poesía de Amanda Gorman, o mejor dicho, para encontrar traductores a la altura de su poemario The hill we climb, “La colina que escalamos”.

Hasta hace muy poco, esta joven poeta norteamericana de veintidós años de edad --no voy a mencionar el color de su piel, pues soy progresista y no quiero “racializarla”—, era una perfecta desconocida en el mundo editorial. Pero el pasado 21 de enero participó en la ceremonia de toma de posesión de Joe Biden como presidente de los Estados Unidos, recitando unos versos que ella misma había escrito.

Fue tan estético el show, y tan gratas la suavidad, belleza, juventud y elegancia de Amanda, en su abrigo amarillo de Prada (¡qué abrigo más bonito, elegante, optimista, audaz! ¡Y qué bien le sentaba!), y la controlada vehemencia con que escandía los versos (“¿dónde hallar luz en esta oscuridad infinita?... Ya desafiamos el vientre de la bestia… la calma no siempre es paz…”, etcétera) que todo el mundo aplaudió muy contento.

Editores de diecisiete países se han apresurado a adquirir los derechos para publicar esos versos. Pero ahí es donde se han producido algunas turbulencias indeseables. Parece que los representantes de la poeta prefieren, o imponen, que el traductor cumpla una serie de requisitos físico-morales: que sea mujer, joven, negra si es posible, o por lo menos de alguna raza que no sea la blanca, o que se haya manifestado a favor de alguna causa emancipatoria, como una organización  feminista o entidad solidaria…

Por consiguiente, Marieke Lucas, la traductora holandesa, de tez muy pálida, ya ha sido denunciada en su país por la tara de ser de raza blanca; además de que no es muy joven, o sea: no es “joven y orgullosamente negra”, como parece ser aconsejable. Marieke Lucas ya ha renunciado al trabajo (publicando a su vez un compungido poema).

En otros países, también en España, renuncian los traductores, algunos de ellos hombres, maduros o hasta viejos, y vergonzantemente blancos…

Todo esto, a primera vista, acaso suene un poco feo, pero hay que comprender que, a lo largo de los siglos, los negros --perdón: las gentes de color-- han sufrido tanto, que se comprende que ahora se quiera imponer algún tipo de discriminación positiva en su favor, y por eso…

 --¿Por qué no dices la verdad, hipocritón?

 ¡Chucky, el muñeco diabólico que vive en mí, se ha despertado cuando yo estaba dándole vueltas a este complejo problema político y cultural!... A ver qué tendrá que decir.

--¿Por qué me llamas “hipocritón”, Chucky?

--¿Por qué no dices que Marieke y los traductores y editores que se han sometido a ese asqueroso chantaje de la corrección política más crasa y subnormal se tienen bien merecido el problema que les ha salido?

--¿Y por qué se tienen merecido ningún problema, Chucky?  Ellos solo quieren hacer lo mejor posible su trabajo, que además es un trabajo muy bonito, en favor de la difusión de la cultura…

--¡Va, va, va, no me seas cándido! Han comprado los derechos del libro de esa negra…

Le corté de inmediato:

--¡Esa joven de color, no “negra”!

--Eso es lo que quería decir, esa joven de color negro… ¡Jejeje!

--¡No, Chucky! ¡Por ahí no vamos bien!

--Pues entonces, esa niñata de color…

--No. Mira, Chucky, así ya te digo yo que no, no podemos seguir. De verdad te lo digo. Si le vas a faltar al respeto a Amanda Gorman, te sello ahora mismo la boca con cinta americana. Estás avisado.

--Vale, perdona --respondió el muñeco diabólico, adoptando, en principio, un tono mucho más razonable, pero en seguida volvió a subirlo--. ¡Se merecen estar al albur de los ridículos caprichos de una niñata tonta del culo, porque no compraron ese libro por su calidad literaria sino por la oportunidad bajamente comercial de aprovechar la campaña de publicidad que fue el show de toma de posesión de Bildu!

--De Biden, querrás decir.

--Eso, de Biden. Qué más da. Un show horrendo. Y para empezar, si tan feminista es la nena, ¿no podría cambiarse el apellido de Gor-man a Gor-woman?

--Oh, no, Chucky, no empieces con tus horribles calemburs.

--O Gor-girl. O Gor-chick. O Gor-X. Jejeje.

Mientras se retorcía de la risa que le hacían sus propios, horrendos chistes, con carcajadas sordas de perro Pulgoso, aproveché para exponer mi opinión:

--Pues qué quieres que te diga, Chucky, a mí ver y escuchar a la señorita Amanda Gorman, recitando sus propios versos, en una ocasión tan solemne, como evidencia de que viene un cambio en los Estados Unidos, un cambio hacia la integración, la fraternidad entre los pueblos, etcétera… pues…

--¿Te gustó?

--Te lo estoy diciendo.

--Te gustó, ¿verdad? Con su abriguito amarillo. Sí, hay que reconocer que estaba atractiva. Aunque yo creo que con cofia, delantal de criadita y zapatos de tacón, sin nada debajo…

--Oye, Chucky, no seas… rijoso. Yo no lo decía en ese sentido. Ni se me había ocurrido…

--Ta, ta, ta, anda, pasa a la acción: enciende el ordenador.

--Vale, ya está encendido. ¿Qué quieres?

--Busca en youtube el vídeo de la tía Tom esa, la Amanda Goretex.

--¿El vídeo de Amanda Gorman en la toma de posesión de Biden?… Aquí lo tienes. ¿Y ahora?

--Ahora, vamos a hacernos unas pajillas mientras ella recita. Le quiero “firmar” la cara con semen. Jejeje.

--¡Estás loco, Chucky! ¡Eres un degenerado! ¡Estás enfermo!

Entonces, sin solución de continuidad, el muñeco diabólico se puso a gritar, con su horrible voz de tiple, parecida, por cierto, a la que tenía el difunto dictador Francisco Franco:

--¡Enfermos estáis vosotros por publicar esos ripios asquerosos de la maldita Goretex! ¿Pero tú la has oído? ¡Escúchala! ¡Escúchala!... “Ser americanos es más que un orgullo que heredamos, es una responsabilidad… Esta nación no está rota, solo inacabada… Ya llega el nuevo amanecer…” ¿Se puede ser más pretenciosa, banal, cursi y kitsch?

En la pantalla, naturalmente ajena a Chucky, la inocente muchacha seguía recitando: “Dejemos nuestras diferencias de lado… bajemos las armas y tendamos los brazos al otro…” Chucky seguía, fuera de sí:   

 --¡Esa idiota es tóxica! ¿No os dais cuenta, progres de salón, cacasenos, de que no es más que el interface agradable de la próxima lluvia de misiles?... ¿La colina que escalamos? ¡La colina en la que nos ca…!  

Me niego a reproducir lo que acaba de decir. ¡Brrr, qué carácter! Tengo que alejarme del ordenador, porque ahora está escupiendo a la pantalla. Voy a la cocina, a prepararme una tila. Y un chupito de ratafía. ¿Qué otra cosa puedo hacer?... Así es el muñeco diabólico que habita en mí. Pero por más que grite y se sofoque, insisto: esos versicos son la mar de lindos.