Vladímir Ilich Uliánov, Lenin. Imagen referencia a la Revolución Rusa

Vladímir Ilich Uliánov, Lenin. Imagen referencia a la Revolución Rusa

Ensayo

Revolución

García Cárcel analiza la evolución de la percepción que la Revolución Rusa ha tenido a lo largo del siglo XX

15 septiembre, 2017 00:00

Los historiadores parasitamos de los centenarios conmemorativos. En este año 2017 la historia moderna ha tenido un principal referente memorístico en Lutero y la historia contemporánea se ha dedicado, prioritariamente, a recordar 1917, el comienzo de la Revolución Rusa.

Al respecto me ha impresionado la mirada sutilmente critica que Julián Casanova proyecta sobre la Revolución Rusa en su último libro: La venganza de los siervos, Rusia, 1917 (Crítica, 2017), cien años después de aquella revolución. Casanova explica con la claridad que le caracteriza la trayectoria de “la venganza de los siervos” desde el comienzo de la crisis en 1914 con la Primera Guerra Mundial y la revuelta de los privilegiados.

El historiador aragonés se quita de encima las inhibiciones de buena parte de la izquierda historiográfica que cultivó el mito de la Revolución Rusa y sublimó el sovietismo como un mundo idílico. En contraste el libro describe el bolchevismo de manera bien cruda: "De la autocracia del zar quien nunca quiso ni tuvo la más mínima intención de ensanchar con la democracia y la constitución, la base política de un sistema de dominio, se pasó en apenas tres años a la consolidación de la primera dictadura moderna del siglo XX". En su análisis sigue a historiadores como Orland Figes o Richard Pipes que escribieron sobre el cruce del marxismo con el viejo patrimonialismo que devino en totalitarismo “que nunca combate con los rivales; simplemente los liquida”. Se describe bien cómo la violencia se constituyó en el rasgo fundamental de la vida política fundamental cotidiana. Ciertamente el derrumbe del comunismo desde 1989 ha condicionado un replanteamiento de la historia de las revoluciones.

Libertad y derechos humanos

Durante muchos años los historiadores vieron en las grandes revoluciones (norteamericana, francesa, rusa y china) el hilo escarlata de la modernidad, los hitos de la liberación progresiva de la humanidad. Hoy, y el libro de Julián Casanova, así lo refleja, frente al mito de la revolución se contrapone la idea de la libertad, la fascinación por los derechos humanos, el rechazo de la espantosa violencia que acompañó a las míticas revoluciones.

La trayectoria de los historiadores ante la Revolución Rusa no ha dejado de ser, por otra parte, reflejo de las contradicciones que la intelectualidad progresista manifestó ante esta revolución ya en los años subsiguientes a la misma. Al respecto es muy significativa la mirada del gran periodista sevillano Chaves Nogales (1897-1944) que escribió sobre el tema dos reportajes: La vuelta a Europa en avión: un pequeño burgués en la Rusia roja (1929) y Lo que ha quedado del Imperio de los zares (1931) y las novelas La bolchevique enamorada (1930) y El maestro Juan Martínez que estaba allí (1934).

Desencanto

Chaves fue un liberal pequeño burgués, al mismo tiempo paradójicamente fascinado por la revolución: "Los excesos del comunismo por muy terrible que a la gente burguesa les parezcan tendrán siempre un fondo civilizador". Creía ver una misión civilizadora frente a la barbarie feudal. Entrevistó a Kerensky y Trotsky le sedujo frente al estalinismo compacto con el que nunca se identificó, en contraste con aquella Caridad Del Río, madre de Ramón Mercader, asesino de Trotsky (21 de agosto de 1940) en Coyoacán. Chaves valoró positivamente la mejora en el nivel de la clase obrera rusa. Le impresionó negativamente, en cambio, la moral colectiva y desde luego tuvo juicios muy duros hacia la promiscuidad sexual infantil y la situación de las mujeres.

Especialmente crítico fue con el concepto de piedad o de ternura de aquella Rusia que contrastaba radicalmente con el sentimentalismo de su propia educación. Le interesó especialmente el mundo del exilio ruso en París, poblado de personajes pintorescos. El proceso hacia su decepción fue imparable. Acabó desencantado de todos. En 1933 estaría en Alemania donde entrevistó a Goebbels al que calificó de "ridículo e impresentable". Azañista, optó por exiliarse en París donde escribió su célebre A sangre y fuego, alegato contra las bestialidades de la guerra. En 1940 se fue a Londres sólo. Su mujer e hijos marcharon a España. Él moriría en Londres de un cáncer fulminante a los 46 años.

El sueño de la Revolución Rusa ha pesado mucho, en definitiva, en el imaginario político de la izquierda. Hobsbawn en sus memorias publicadas en el año 2002, a sus 85 años de edad así lo manifestaba. En la misma medida el trasfondo de "la rebelión de las masas" que fue su sustrato, con la estela del terror arrastrado, ha constituido siempre una gran obsesión para la derecha. Entre el sueño de unos y el terror de otros a aquel referente histórico de la Revolución Rusa ha podido desarrollarse la socialdemocracia en Europa a lo largo del siglo XX.