Cines Méliès, en la calle Villarroel de Barcelona / GOOGLE MAPS

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Letras

Malos tiempos para la cinefilia

Cierran los Cines Méliès, propiedad de Carles Balagué, cineasta y cinéfilo, con quien la vida no se ha portado demasiado bien

20 julio, 2020 00:00

Entre muchas otras cosas, el coronavirus se llevó por delante los cines Méliès (Villarroel, 102), propiedad del cineasta y, sobre todo, cinéfilo Carles Balagué (Barcelona, 1949), un hombre que se había fabricado dos salas para proyectar las películas que le gustaban a él y a la gente como él. Los Méliès tenían mucho de refugio, de shelter from the storm, que diría Bob Dylan, así como de anacronismo escasamente rentable en el que se encontraban muy a gusto todos aquellos aficionados al cine que, día a día, se iban sintiendo cada vez más expulsados de lo que más felices les había hecho en toda su existencia, gente que ya no reconocía en el cine actual lo que les había hecho enamorarse de él en la infancia. Los Méliès se inauguraron el 20 de diciembre de 1996 con un clásico de Billy Wilder, El gran carnaval, muy adecuado, por otra parte, para una época en la que el periodismo bulle de patéticos émulos del personaje sin escrúpulos al que daba vida Kirk Douglas en la que es una de sus mejores interpretaciones.

A los Méliès se iba a ver películas antiguas y modernas (con predominio de las primeras) en versión original. Y a nada más. Balagué se negó desde un principio a vender refrescos y palomitas, aunque constituyan actualmente una nada desdeñable fuente de ingresos para las salas. Le sacaban de quicio, como él mismo reconoció, el olor de las malditas palomitas y el ruido de la gente al masticarlas: su cine era su iglesia y a la iglesia no va uno a comerse un bocadillo mientras hace como que escucha el sermón del mosén. Si los Méliès no fueron siempre deficitarios, poco les debió faltar, pero aquellas dos salas eran para su creador algo más que dos pantallas en las que proyectar admirables antiguallas: eran un labour of love, que dicen los anglos, un acto de amor hacia lo que para el señor Balagué tenía que ser el cine.

Dicen que nunca se llevó muy bien con el propietario del local. Y las desgracias se cebaron con él: en los Méliès hubo un incendio, una inundación y hasta se produjo la caída del techo de la sala 2, como si la realidad no dejara de insinuarle a nuestro hombre que se fuera con su celuloide rancio y subtitulado a otra parte. Su vida de cineasta tampoco había sido precisamente un largo río tranquilo: rodó nueve largometrajes que le costó Dios y ayuda levantar --recuerdo especialmente el thriller con título de canción de Buddy Holly El amor es extraño (1989), escrito por Marcos Ordóñez-- y en sus últimos tiempos como director, que terminaron en 2010, se especializó en documentales, siempre más baratos y (algo) menos complicados de armar que los productos de ficción: mi favorito, y el de casi todo el mundo que se tomó la molestia de verlo, es La casita blanca: la ciudad oculta (2002), sobre el mítico meublé del barrio barcelonés de Vallcarca, ya desaparecido, aunque también estaba muy bien Arropiero, el vagabundo de la muerte (2008), sobre el célebre asesino lumpen que atendía por ese seudónimo. Balagué también escribió algunos libros sobre cine: destacaré sus ensayos sobre François Truffaut y Martin Scorsese.

La vida no se ha portado muy bien ni con el Balagué cineasta ni con el Balagué cinéfilo. Me acuso de no haber ido con más frecuencia a los Méliès, cosa que achaco a la pereza y a que su localización siempre me cayó ligeramente a trasmano, pero recuerdo haber disfrutado cada visita. Creo que la última vez que estuve en los Méliès echaban Los viajes de Sullivan, de Preston Sturgess. Me acompañaba una novia que no me duró gran cosa y que, a la salida, me espetó que la película se le había antojado bastante machista: debería haberme dado cuenta en aquel momento de que lo nuestro no tenía mucho futuro. Los Méliès cerraron definitivamente sus puertas en julio de 2020 y muchos seres entrañables y marginales se quedaron sin su refugio de la tormenta. Entre ellos, especialmente, el amigo Balagué, de quien siempre tuve la impresión de que se encontraba más a gusto en sus cines que en su propia casa.