Patricio Pron Barcelona
Patricio Pron: "Dedicarse a escribir libros sin tener interés por los libros es tristísimo"
El escritor argentino regresa a la novela con En todo hay una grieta y por ella entra la luz (Anagrama), un libro escrito en Nueva York en el que explora las consecuencias del actual cambio de época en un mundo inhabitable
Con tono bajo y haciendo pausas, Patricio Pron contesta a las preguntas. Reflexiona sobre cada cuestión que se le plantea. Su compromiso con la literatura queda patente en cada una de sus respuestas, en las que no solo me habla de En todo hay una grieta y por ella entra la luz (Anagrama), su última novela, sino de su concepción de la literatura como espacio de resistencia. Su último trabajo es una novela que un fuerte componente reflexivo y que se expande en notas a pie de página, que funcionan como contrarrelato de una historia en la que el narrador, un escritor que se traslada al Nueva York post-Biden, debía contar la vida de Benjamin Fondane y que, para no traicionar el espíritu del cineasta, reflexiona sobre cómo construir nuevas formas de convivencia a partir de las experiencias del pasado.
Usted se fue a Nueva York para escribir una novela sobre Benjamin Fondane. Estando allí el libro tomó otro camino. ¿De qué manera el contexto de la ciudad norteamericana modificó su idea inicial?
Tendemos a olvidar la influencia que tiene lo que nos rodea en lo que escribimos y también el modo en que lo que nos rodea modifica cómo leemos. Hace año vivía en un quinto piso en la calle Conde Duque de Madrid. Nuestro casero no quería poner aire acondicionado. Era verano y hacía mucho calor. Recuerdo que, durante esos meses, reseñé ocho libros: todos me parecieron horribles y escribí reseñas muy duras. Hace algún tiempo volví sobre estos libros y descubrí que no eran peores que otros que he leído. Posiblemente tuve una opinión negativa de ellos porque estaba muerto de calor, agotado y exhausto. Esta pequeña nota a pie de página de esta conversación sobre un libro conformado por notas a pie de página viene a decir que, en realidad, el contexto es determinante, tanto en lo que escribimos como en lo que leemos.
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En su caso el contexto era Nueva York.
Nueva York ejerció una influencia sobre este proyecto desde el momento en que llegué a la ciudad, como también ejerció influencia sobre el proyecto la biblioteca en la que estuve consultando archivos y leyendo. Habría sido un libro distinto de haberlo escrito en Madrid o en París.
Uno de los temas es la lectura: la novela es una reflexión sobre las ideas que proyectamos, sobre cómo interpretamos lo que nos rodea y cómo nuestra interpretación va fluctuando.
Todos creemos conocer los Estados Unidos y creemos saber cómo es Nueva York. Sin embargo, cuando llegamos nos damos cuenta de que, en realidad, no sabemos nada. Esa experiencia es muy conmovedora, así como determinantes son los estímulos de la ciudad que caen sobre uno cuando llega. Las ideas del libro son muy visibles, como sucede en todos mis libros, pero al mismo tiempo creo yo, y esto marca una diferencia con mis trabajos anteriores, este libro tiene más de historia, más de carnadura y más de personajes y, además, recorre un arco narrativo tal vez más extenso que otros libros. Si yo hubiese escrito una biografía al uso hubiese traicionado del espíritu de Benjamin Fondane, que era alguien que siempre quería ir más allá y cuestionar todo lo que lo rodeaba.
A través de Fondane regresa a un país, Alemania y, en concreto, a la Alemania del nazismo, muy presente en su obra, especialmente en El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia.
Al igual que esa obra, esta es una novela que podríamos definir como de no ficción: la mayor parte de lo que está narrado en ella es real, las historias me sucedieron a mí o a personas que yo conozco. Alguna vez he fantaseado con la posibilidad de crear un ciclo de narrativa autobiográfica que tuviese como característica que las novelas fueran escritas cada diez años, pero nunca lo he llevado a cabo. Esta novela está muy anclada en el presente. Fue escrita en tiempo real. Llegué a Nueva York poco antes de la renuncia de Joe Biden a la candidatura a la presidencia de los Estados Unidos y atravesé el proceso que condujo Estados Unidos a hundirse en la segunda presidencia de Trump. Era consciente de que estaba contando lo que sucedía mientras yo lo escribía.
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La novela tiene una estructura especular. El narrador, por ejemplo, se refleja en Fondane.
Creo en las rimas de la historia y, de hecho, esta novela postula la idea de que la historia tiene rimas y nuestros tiempos no son muy distintos a los tiempos de Fondane. No lo son por el ascenso del fascismo en Europa o en Estados Unidos y lo que sucede es que tanto Fondane y sus contemporáneos como nosotros nos encontramos en un momento de parteaguas, en el que somos tremendamente conscientes o deberíamos serlo de que las decisiones que tomemos en el presente condicionarán el mucho o poco futuro que nos queda. Esa sensación de final de época posiblemente sea lo que conecta a Fondande con el narrador: más allá de los elementos personales o biográficos que son compartidos, Fondane y yo escribimos en otra lengua distinta a la lengua en la que nos fuimos criados, ambos nos fuimos de nuestro país a la misma edad… Hay elementos biográficos comunes, pero estos son tal vez banales en relación con el tema central de la novela, que es el cambio de época.
Fondane, en los años treinta, alertó del auge del totalitarismo en Alemania. ¿La cultura hoy está alertando de esta nueva ola reaccionaria que ya nos ha invadido?
Creo que hay personas que están hablando de las cosas que a mí me preocupan, desde luego; no creo estar solo en ese sentido. Sin embargo, lo hacen de maneras muy distintas. Este libro es producto de mi voluntad y mi vocación de no traicionar el espíritu de la obra de Fondant escribiendo una biografía o una novela biográfica al uso, pero también es producto de mi descontento como lector con lo que denominamos ficción climática. Hay magníficos libros de ficción climática, algunos de ellos escritos por autores hispanohablantes contemporáneos que, sin embargo, a mí me dejan a menudo exhausto y apesadumbrado por cuanto postulan los hechos que vienen a narrar y de los que supuestamente vienen a prevenirnos como hechos ya acontecidos. Estos libros impiden encontrar la agencia, en un sentido filosófico, que necesitamos para resistir y encontrar en el presente su negación.
'En todo hay una grieta y por ella entra la luz' Barcelona
Esa negación la expresa a través del título de la novela.
Hace un momento tuvimos un encuentro con libreros y uno me dijo una cosa muy hermosa. Me dijo que tras leer la novela se sentía menos cínico. Me pareció conmovedor. Solo puedo soñar que mis libros provoquen en otros la pregunta por el sitio del que extraer todo lo que necesitamos para resistir y para tender una mano hacia el otro, en particular hacia quienes son distintos. Es una pregunta crucial del presente y, sin embargo, es una pregunta que tiene fácil respuesta para mí. Lo que necesitamos para la acción política y para la resistencia es la literatura. Está todo allí, en el potencial crítico de la literatura y en su naturaleza; en su constitución, en el hecho de que sea un espacio antijerárquico y sin reglas en el que podemos ver nuestras vidas y las vidas de otros, y en el que nos encontramos con vidas e ideas acerca del mundo tal como el mundo es, pero también como puede ser si lo deseamos.
Las citas son un juego, pero un juego serio: funcionan como contrarrelato, al modo de metáforas sobre aquello que queda en los márgenes y que, sin embargo, resiste.
Las citas son parte del juego que esta novela propone a sus lectores. Rodrigo Fresán dijo en la presentación de Barcelona que era como una especie de puzzle y que su autor invitaba a sus lectores a reconstruirlo sin mostrarles la imagen ya concluida del puzzle. Para mí los libros son juegos, idealmente juegos nuevos, que nos llevan a un lugar que desconocemos y producen placeres que no sabíamos que podíamos disfrutar. Las citas son además una forma de ampliar el mundo narrativo e invitar a los lectores a que vayan a otros lugares. Este libro también tiene notas, agradecimientos finales,. Para mí son una forma de producir idealmente en otros lo que produjeron en mí los autores que fueron determinantes. Es una forma de tener con los lectores la generosidad que tuvieron conmigo autores y autoras que me dijeron, tácita o explícitamente: si te gusta este libro, te va a gustar este otro. Es lo que hicieron por nosotros Jorge Luis Borges, Ricardo Piglia, Silvia Molloy, Enrique Vila-Matas, Javier Marías… Se me hace difícil pensar en un autor de importancia que no haya hecho eso por sus lectores.
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Al final es un reconocimiento del escritor que es escritor porque es lector.
Todos los autores que he mencionado, y entre ellos incluyo también a Rodrigo Fresán y a Alan Pauls, y también me incluyo a mí, tenemos como característica común el hecho de ser autores que somos además lectores. La asociación entre escritura y lectura es una asociación que para nosotros es tan banal que no merece siquiera discusión; sin embargo, tal vez lo merezca en el momento actual en que los autores no son lectores. Yo no sé conducir, no tengo interés en los automóviles, soy incapaz de reconocerlos y, precisamente porque no tengo ningún interés en los coches, no me he metido a mecánico. Debe de ser terrible pasar parte de tu día debajo de algo que no te interesa, tratando de repararlo. Dedicarse a escribir libros sin tener interés por los libros debe de ser tristísimo. ¿Por qué alguienquiere hacerlo? Es algo que excede mi capacidad de comprensión.
Decía Borges que estaba más orgulloso de los libros que había leído que de las páginas que había escrito.
Comentaba con Fresán que Borges conforma el sistema operativo de todos nosotros. Sobre ese sistema se instalan determinadas aplicaciones y programas informáticos, pero el sistema operativo sin el cual no funciona nada es Borges. Borges nos recuerda que la literatura es la vida mejorada y, de una manera muy divertida, nos dice que es en la literatura donde radica la suspensión de la suspensión, que sería paradójicamente la continuación de la vida, al menos de la vida emocional e intelectualmente viva.
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En una nota al pie leemos en relación con el protagonista: “No olvidaba que la experiencia amorosa no puede hacer por nosotros lo que debemos hacer por nosotros mismos”. No sé si se lo han dicho, pero su novela también aborda el amor, un tema que usted ya trató en Mañana tendremos otros nombres.
No me lo habían dicho, pero me alegra que lo comentes. Hay un filósofo alemán que sostiene que lo que caracteriza el presente es su carácter apocalíptico. El presente adquiere la forma de una especie de apocalipsis permanentemente demorado. Mientras esperamos el fin de un mundo que se demora, día tras día habitamos un mundo del fin que es tremendamente inhabitable, en el que nos sentimos exhaustos y frustrados, y cuyos rasgos dominantes son un dolor que puede ser físico o psíquico y el duelo por aquello que aún no hemos perdido del todo. Cómo habitar ese mundo es uno de los asuntos cruciales de esta novela. Todos los personajes, sobre todo el narrador, tratan de responder a esta pregunta, que yo mismo me hago. La respuesta, desde luego, es individual. La literatura puede servir para comprender que no estamos solos en la búsqueda de estas respuestas y que, incluso aunque leamos en soledad, somos parte de algo más amplio e importante.
En la novela hay un juego especular: se reflejan los personajes entre sí, las épocas, los tiempos y las experiencias.
Este libro postula algo que algunas personas denominan epistemología relacional: un nuevo modo de pensamiento en el que lo determinante no es quiénes somos, sino quiénes somos para los demás y quiénes son los demás para nosotros. Se trata de no pensar en un yo en oposición a otro, sino de pensar esa oposición como lo determinante, tanto para la definición del yo como para la definición del otro. Esto podría ofrecernos una salida al laberinto en el que nos encontramos, en el que las divisiones entre las personas son cada vez más evidentes y adquieren un carácter cada vez más violento. También es posible que nos permitiese construir una nueva relación con la naturaleza y con el paisaje, en el que la naturaleza no fuese algo en oposición a un nosotros, sino que fuese un tú.
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Esto usted ya lo menciona en su anterior novela, La naturaleza secreta de las cosas de este mundo.
Ahí comenzó esta inquietud mía por el paisaje y la necesidad que tenemos de leerlo. Tenemos que volver a ser lectores de paisajes, presentar las trayectorias de los personajes y postular ideas que sirvan para volver a pensar nuestra relación con los demás. Uno de los asuntos cruciales de nuestro tiempo es cómo dejar de vivir de o para y cómo empezar a vivir con. Creo que todos debemos pensar en torno a estas cuestiones.
Una cosa que se percibe en su novela es que nuestra relación con los demás está atravesada por el miedo.
El miedo es un elemento dominante de nuestra cultura y se manifiesta de diferentes maneras, pero la base está en el temor de las personas a relacionarse con otras. Está también el miedo a la destrucción del mundo natural, que nos parece inevitable, pese a que –desde luego– no lo es. En el ámbito de la literatura, está el miedo a ir demasiado lejos o a perder a tus lectores Tal vez debamos pensar el miedo no como un impedimento, sino como un elemento característico, escasamente bienvenido, pero inevitable del modo en que estamos buscando algo. Todos buscamos algo y dar con eso también supone dejar de lado el miedo que impide esa búsqueda.
Patricio Pron y Anna María Iglesia Barcelona
Otro de los temas de su novela es el dolor. Junto al amor, seguramente, el dolor es uno de los temas más recurrentes en la literatura. ¿Cómo abordar temas tan manidos sin caer en el manierismo?
Escribir sobre Nueva York supuso leer o releer la extensísima tradición de novelas sobre esta ciudad para evitar caer en los lugares comunes y, de alguna manera, crear a los ojos de los lectores una Nueva York reconocida y, al mismo tiempo distinta a la que habían encontrado en otros libros. Escribir sobre el amor y sobre el dolor supuso lo mismo: partí de la experiencia personal, pero sin dejar de tener en cuenta el hecho de que sobre estos dos temas se ha escrito mucho. ¿Qué haces cuando te ves abocado a escribir sobre cosas sobre las que han escrito otros, y a menudo con mucho talento?
Lo que haces es leer a otros y tratar de encontrar los intersticios en los que puedas colarte tú. La repetición de clichés y de lugares comunes es constitutiva de la literatura contemporánea, desafortunadamente. Yo creo que, como sostenían los miembros de la resistencia francesa, obedecer es traicionar. Debemos desobedecer. Cada uno de mis libros, pero este libro en particular, ha tenido la finalidad de recordarme el hecho de que si yo obedezco el mandato de escribir algo convencional voy a traicionar algo muy profundo en mí, que es lo que me convirtió en un escritor y en un lector. Obedecer implica traicionar a los lectores que están, como se dice en el libro, intelectual y emocionalmente vivos, ofreciéndoles el espectáculo de algo ya visto o la lectura de algo ya leído.