'Los domingos'
El triunfo de 'Los domingos' o una historia sobre los misterios de la fe
La película de Alauda Ruiz de Azúa, Goya al mejor largometraje en los máximos galardones del cine español, después de triunfar en San Sebastián, donde mereció la Concha de Oro, pone en escena la hipocresía contemporánea con respecto a la religión
Hacer una película sobre una niña que quiere ser monja de clausura hace setenta años, es decir en pleno franquismo, era fluir con la corriente dominante en una España católica, apostólica y romana. Hacer una película sobre una niña que quiere ser monja de clausura en 2026 es casi un desafío. Un acto más transgresor que las tontiprovocaciones de profesionales del escándalo prefabricado como Eugenio Merino, el de Franco en un frigorífico y el ninot del rey Felipe (¡Uy qué fuerte!, cuidado con tanta osadía, que igual que cae… una subvención). En una sociedad laica, que esquiva la religión, hacer una película sobre una chica de clase media, alumna de un colegio religioso, que descubre la fe, es desviarse de lo previsible. Y solo por eso Los domingos ya despierta simpatía.
Setenta y un años en concreto separan Marcelino pan y vino -la de Pablito Calvo pasmado ante una escultura de Cristo crucificado que cobra vida- de Los domingos de Alauda Ruiz de Azúa, ganadora de la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián y ahora del Goya a mejor película. Que nadie se lleve a engaño: la propuesta de la cineasta vasca ni es meapilas, ni es un ejemplo del rearme moral ultraconservador, ni es un pasquín propagandístico del Opus Dei. Es un largometraje que saca partido dramático a una decisión pasmosa en pleno siglo XXI: "Papá, quiero ser monja de clausura".
'Los domingos'
Lo que mejor retrata son las reacciones que provoca este paso en el entorno familiar de una chica de diecisiete años, huérfana de madre. Su padre (Miguel Garcés) se muestra perplejo y desbordado por la situación, de modo que opta por la pasividad. La que pone todo el empeño en quitarle a la niña la idea monjil de la cabeza es la tía (Patricia López Arnáiz, que se ha llevado el Goya a mejor actriz). Se trata de una mujer de ideas férreas y un punto intransigente, un perfil que se refuerza con su pareja, un argentino bonachón (Juan Minujin), un poco intimidado ante la antimonja alférez con la que comparte su vida. La tía despliega todas sus argucias para boicotear a su sobrina, maquinando incluso tentaciones amorosas y presionando al cura del colegio y a la madre superiora de las monjas de clausura (Nagore Aramburu).
De este modo, se pone en escena la hipocresía contemporánea ante la religión, convertida en ciertos sectores sociales en una suerte de accesorio para utilizar a conveniencia. La misma familia que, por voluntad propia, ha decidido llevar a sus hijos a un colegio religioso, reacciona escandalizada cuando la niña les sale con vocación y miran entonces al cura y a las monjas como sectarios que le han lavado el cerebro y le han llenado la cabeza de tonterías. Misa los domingos, sí. Pero lo de hacerse monja ya es too much.
'Los domingos'
Una de las virtudes del guion de Alauda Ruiz de Azúa -que se ha llevado dos Goyas, el de mejor guion y el de mejor dirección- es que logra esquivar el maniqueísmo. La suya no es una cinta sin buenos ni malos; cada uno de los personajes tiene sus razones, o su fe. Porque frente a la indignación de la tía, el estamento religioso responde con mirada cándida y aquello de que los caminos del señor son inescrutables. En el centro de la historia está la adolescente (Blanca Soroa, una muy convincente debutante), a la que nunca se presenta como una iluminada delirante. Es una chica tímida, que comparte confidencias con sus amigas, le hace ojitos a un chico y se comporta como una buena niña de clase media…, hasta que la fe se cuela en su vida.
Este aspecto nuclear de la película, el reto de explicar lo inexplicable, es lo que peor resuelto está. Porque supone adentrarse en un territorio salvaje, que no obedece a razones. Y Ruíz de Azúa se mueve con eficacia en el cine con conciencia social -tan abundante y a menudo tan cansino en España-, pero no en el de la enajenación de la fe. Que sabe contar dramas intimistas ya lo demostró en Cinco lobitos, su debut en el largo, en el que abordaba la maternidad vivida como conflicto y otras tensiones familiares. Y también en la serie Querer* -cocreada con Eduard Sola y Julia de Paz-, sobre abusos en el matrimonio e hijos que deben elegir entre dos versiones contrapuestas de una misma historia.
'Los domingos'
Sin embargo, lo de tratar de ahondar los misterios de la fe son palabras mayores y está al alcance de unos pocos. Lo consiguieron Dreyer en Ordet, Tarkovsky en Sacrificio, Lars von Trier en Rompiendo las olas -la más radical, la más extrema-, y Scorsese en Silencio, su deslumbrante adaptación de la novela de Shusaku Endo. También, unos escalones por debajo, Roland Joffé en La misión y Xavier Beauvois en De dioses y de hombres. Todas estas películas abordan la fe no desde la cotidianeidad y el rezo del rosario, sino como una vivencia extrema, desde el límite de la expiación y la transgresión de toda razón que supone el milagro. Solo así se puede intentar acercarse en serio a algo tan irracional como la fe.
En Sirât, la gran derrotada en los Goya, no hay fe católica, pero sí camino de expiación y renacimiento, aunque sea desde una perspectiva profana y a ritmo de rave y música electrónica. La cinta de Oliver Laxe puede tener sus imperfecciones y ha dividido al público, pero es mucho más osada, aventurera y transgresora que Los domingos, una película pulcra y solvente, que tiene la valentía de ir a contracorriente de los tiempos, pero acaba siendo convencional. Los domingos es de digestión fácil, mientras que Sirât sacude al espectador.