Thomas Bernhard en los años ochenta

Thomas Bernhard en los años ochenta

Letras

¡Al infierno con Thomas Bernhard!

Desde luego, la forma en 'Maestros antiguos' es brillante, pero el discurso, insoportable y, la verdad, tonto. Vaya testamento. La forma, sostiene Bernhard, es lo que es importante. Ya, de acuerdo, pero el discurso no deja tampoco de tener su importancia

El testamento de Bernhard

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Bueno, pues he releído Maestros antiguos la novela y testamento literario del muy valorado Thomas Bernhard. No hay que releer los libros que de joven te gustaron, suelen decepcionarte.

“La palabra que hay sobre el papel hace tiempo que está muerta, en el fondo tampoco vale nada. Pero la mayoría de las veces sólo se puede vender ésa, porque el mundo quiere que lo engañen” (de Bernhard a Krista Fleischmann).

Esta sentencia se le aplica a él perfectamente. “Todo lo que estudiamos exactamente nos decepciona al final”, dice Bernhard al final de Maestros antiguos. Totalmente de acuerdo, ahí tiene razón. Leyendo, o mejor dicho, releyendo, esta novela, donde la prosa de Bernhard es verdad que te arrastra, musical, repetitiva y obsesionante, he detectado algunos aspectos que no me gustan, pero que no me gustan nada.

Más bien es un cuñao

Desde luego la forma es brillante, pero el discurso, insoportable y, la verdad, tonto. Vaya testamento. La forma, sostiene Bernhard es lo que es importante. Ya, de acuerdo, pero lo que el discurso no deja tampoco de tener su importancia.

Portada de 'Maestros Antiguos', de Bernhard

Portada de 'Maestros Antiguos', de Bernhard

El primer aspecto que no me gusta de esta novela es que el protagonista, Réger, ha quedado viudo y desesperado, y es anciano, y nos es presentado por el narrador, ya desde el principio, como un genio.

De momento habrá que creerle, a la espera de que se confirme ese juicio. Demostración de que es un genio se supone que la encontraremos al leer las páginas que siguen. Pero la verdad es que no llega ninguna pista de que lo sea. Más bien es un cuñado, un cuñao que se ha quedado viudo y despotrica todo el rato. Qué pesado. Exabruptos, no argumentos. De momento, para que vayamos ya creyéndolo un genio, Bernhard pone a admirarle, a admirar al viudo Réger, al guardián del museo, un desdichado, y nos cuenta toda la historia de que procede de una región de ignorantes y una familia de ignorantes y tontos: Réger le soborna con propinas y él ha acabado hablando como Réger, al que admira, por su munificencia y por lo mucho que le ha enseñado sobre los cuadros que se exponen en el Museo de Viena, escenario de la acción.

Desequilibrio mental

La primera pista de que es un genio es que es crítico musical nada menos que del Times de Londres, lo cual es, desde luego, prestigioso, no puede ser un piernas. El Times opera aquí como una primera operación de “name dropping”: nombres prestigiosos de escritores y de pintores que vienen a prestigiar el contenido de la novela. En todo el texto no se separará Bernhard de esa muleta, el maldito name dropping.

La segunda prueba de la genialidad de Réger es la excentricidad y monotonía de sus hábitos: el hecho de que cada dos días pase horas de meditación en el museo, y eso desde hace treinta años. (También va, y cada día, a pasar las horas de la tarde junto a la ventana de la cafetería de un precioso hotel).

El joven Thomas Bernhard

El joven Thomas Bernhard

Esa excentricidad obsesiva puede ser signo de un desequilibrio mental, pero el caso es que el sitio al que va es el culturalmente más prestigioso de Viena. Réger se granjea rápidamente nuestra estima (o sea, la de lectores exigentes, leídos, con cierta formación cultural), para empezar, subiéndose sobre el ataúd de una muerta (su esposa) y luego frecuentando el museo con una periodicidad constante. El goteo de nombres de pintores famosos y reputados que a partir de ahí se precipita como dorado confeti sobre las páginas de Maestros antiguos opera como en las novelas cursis los grandes bailes palaciegos, con mujeres vestidas de gala y altos y jóvenes oficiales del ejército en bonitos uniformes: es lujo, lujo, aunque sólo intelectual, el único que puede permitirse una mentalidad contestataria, revulsiva, intempestiva.

Pobre ignorante

Así pues ya tenemos construido el héroe, un tipo del que ha quedado ya bien claro, incluso antes de que abra la boca, antes de emitir ningún aforismo sublime, que es genial, y las pruebas son que escribe sobre música en forma muy filosófica para The Times, y que visita el templo del arte con asiduidad maníaca. Se supone que en cuanto empiece a hablar –y vaya si habla a lo largo de la novela Reger— sus dichos confirmarán esa genialidad. Ya veremos.

Para mayor satisfacción del lector filisteo, buscador de bailes en palacios, tenemos a un segundo personaje, Irrsigler, el celador del museo, que hace de servidor de Réger y al que este considera “un zoquete”, al que soborna para que nadie entre en la sala donde él pasa las horas leyendo, escribiendo y contemplando un cuadro de Tintoretto: “Lo explotamos [a Irrsigler] y por eso lo hacemos un ser humano, al hacerlo nuestro portavoz”: el sacrificio simbólico de un pobre ignorante, gusta mucho al lector culto que recibe la venia de Bernhard para sentirse superior al pobre diablo. ¡Esto deleita al lector culto! ¡Saber que hay otros que son idiotas!

Reger, o sea Bernhard, es lo que se llama un charlatán, y el hecho de que haya enviudado no lo remedia. Dice tantas tonterías que es cosa de asombrarse. Por ejemplo que el KunstHistorisches de Viena “no es el Prado ni tampoco el museo de Lisboa, de éste dista mucho". Semejante chorrada no la había yo oído nunca. ¿Cómo vas a comparar el museo vienés con el de Arte antigua de Lisboa? Ni de coña, señores. Pero él reprocha al Kunsthistorisches que no tenga ningún Greco ni Velázquez, y sobre todo “es mortal no tener un Goya”.

Thomas Bernhard

Thomas Bernhard DANIEL ROSELL

El museo (que en mi opinión y la de todos, es uno de los más maravillosos del mundo, según Reger es un desastre. Luego, unas páginas sobre lo estúpidos que son los profesores de las escuelas, porque matan el “natural interés artístico” de los niños, y además son todos “horribles y carentes de escrúpulos”. Todos hemos tenido algunos profesores así, pero también otros maravillosos. Yo tuve de profesor a Juan Bautista Bertrán, a Feliu de Travy, a otros inolvidables. No se le ve maldita la gracia a Bernhard en su diatriba contra los maestros, no para de repetir esas sandeces.

Su garra la tiene, pero es la garra del iconoclasta, que nos admira y espanta, pero en su recrearse en sus exabruptos provoca tedio y repugnancia. Como cuando exclama que “Durero es espantoso!” ¿Y por qué Durero es espantoso? “¡Es protonazi y prenazi!” Ah vale. A mí, en cambio, me parece maravilloso.

El narrador, o sea, en el fondo, Bernhard, le perdona la vida a alguno de los grandes pintores y músicos del pasado, y a otros los condena, siempre sin aportar ningún argumento, sin prestarse a ningún debate. Durero es nazi. Y en general la pintura de los maestros antiguos “es todo mentira, está al servicio de los señores, todo falsedad y mentira”, como también “sólo hay falsedad en los libros que nos han dejado los llamados grandes escritores. Las catedrales “son ridículas”, y esta burrada la dice sin tomarse la molestia de argumentar, sin razones, sin explicaciones.

Otro pensamiento propio de cuñaos, sobre lo malos que son los políticos: “el que roba 20 chelines es perseguido y encarcelado por la justicia, el que estafa millones y millones de millones en su puesto de ministro, es expulsado, en el mejor de los casos, con una pensión gigantesca”.

Pereza mental

Tiene también unas cuantas páginas detestando a Heidegger no por su filosofía, sino por su aspecto, por las fotos que le tomaron en su “cabaña de pensar”, con su mujer al lado, tricotando.

Bueno, a Heidegger tampoco lo soporta, por ejemplo, Bunge, pero éste se tomó la molestia de teorizar su rechazo a su filosofía, no dedicó cinco páginas a demolerla siguiendo el criterio de que el filósofo llevaba un sombrerito ridículo.

Es posible, pensé leyendo esas páginas, tan farragosas, que Bernhard guste tanto, especialmente en esta novela, porque el lector de Bernhard es culto, sí, pero también perezoso cuando se trata de pensar, y siente un gran alivio y satisfacción al ser licenciado por Bernhard de tomarse la molestia y el trabajo de leer a Heidegger.

Hay que reconocerle un par de chistes buenos: uno sobre su familia (la familia de Reger) que se jacta continuamente de estar emparentada con Heidegger, con Bruckner y con otro gran artista, pero no dice nunca nada de que está también emparentada con un asesino doble. Ahí tiene gracia.

Otro chiste, en las páginas cansinas de su diatriba contra lo sucios que están los lavabos de Viena, según él los más sucios de Europa, más sucios que los lavabos balcánicos, hay formulaciones graciosas: “Viena es muy superficialmente famosa por su ópera, pero realmente temida y execrada por sus escandalosos lavabos”.

Podría seguir párrafos y párrafos repitiendo las tonterías que dice Bernhard en Maestros antiguos, y luego reconocería que el final del la novela, al que hay que llegar tras pasar por tanta estupidez, es verdaderamente bello y emocionante; pero me quedo aquí, con la conclusión de que si Bernhard alcanzó tan grande reputación entre los más exigentes de nuestros lectores y escritores, es porque ellos también son idiotas y perezosos y no saben leer muy bien.

Veo a Bernhard como de la estirpe de un Céline, que también tenía sentido musical, también lanzaba exabruptos sin cesar, y tampoco se puede leer. Al infierno con Bernhard.