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Bono, en el metro de Kiev junto a un cantante ucraniano /EFE

Bono

4 min

Rusia te declara la guerra y te invade. Te refugias de las bombas en un subterráneo, buscando algo parecido a la tranquilidad, y se te manifiesta Bono para cantarte unas coplas y hacer como que se solidariza contigo. Si eso no es crueldad mental, que baje Dios y lo vea. No se había visto un acto más revelador del cinismo de Occidente desde los tiempos en que el payaso Tortell Poltrona recorría las zonas más famélicas de África asustando a los pobres niños que aún no habían sido víctimas de la hambruna o las guerras tribales.

El meapilas irlandés ya había dado muestras de su tendencia al autobombo apuntándose a cualquier causa noble, así como de su falta de respeto a la tercera edad incrustándose en un homenaje al gran Leonard Cohen o grabando un dueto con Frank Sinatra cuando el Viejo Ojos Azules ya estaba prácticamente en las últimas. Pero lo de plantarse en Ucrania para hacerse fotos con los machacados por Vladimir Putin ya pasa de castaño oscuro. Me pongo en la piel de los pobres ucranianos refugiados en el metro que ven materializarse ante sus narices al pelmazo de Bono y siento por ellos una compasión infinita y una solidaridad fraternal (aunque no descarto que entre los asistentes al concierto sorpresa pudiera haber algún fan de U2).

Hace tiempo que Paul Hewson (nombre real de Bono) se está convirtiendo en una parodia de sí mismo. Sé que su música ha sido importante para mucha gente (no para mí, que le responsabilizo del principio del fin del rock & roll, uno de los inventos más divertidos y nobles del siglo XX), pero siempre he encontrado irritante su aparente voluntad de salvar a la humanidad en sus ratos libres. Nunca entendí cómo se lo hacía para colarse en reuniones políticas de alto copete o para ser recibido por todo tipo de mandatarios internacionales, incluido el Papa.

Nunca comprendí, de hecho, cómo podía haber gente que se lo tomara en serio mientras compatibilizaba su cruzada por la paz en el mundo con la evasión de impuestos en su Irlanda natal. Puede que me hubiera rebotado menos si su música me hubiese interesado alguna vez, pero el rock de U2 siempre me pareció una empanada lírico-épica de una pomposidad insoportable. Sobre su colección de gafas a lo Rappel, solo diré que va en la línea de la de Eulalia Reguant, eminencia gris de la CUP.

Hace cierto tiempo que Bono no graba discos. Es como si hubiera dado por concluida su misión de exterminar el rock de la faz de la tierra y tuviera todo el tiempo del mundo para dar la chapa con sus asuntos teóricamente humanitarios. No es el único que ha visitado Ucrania para hacerse selfies con Zelensky o demostrar que tiene un corazón de oro, pero sí, tal vez, el más intempestivo y oportunista.

Eso sí, no puede decirse que no se le viera venir: hay que ser tan ladino como jesuítico para hacerse llamar Bono y, de esta manera, presentarse ante la opinión pública como la bondad personificada. Lamentablemente para él, su visita sorpresa a Ucrania solo ha llamado la atención de resentidos del pop como el que esto firma. El resto de Occidente, muy sabiamente, ha mirado hacia otro lado, harto ya de sus numeritos seudo humanitarios. ¡Aún hay esperanza para nuestro pútrido continente, amigos!