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Carles Puigdemont, presidente de la Generalitat, y Antón Costas, presidente del Círculo de Economía, durante la inauguración de la XXXII Reunión del Círculo de Economía / EFE

Por qué el empresariado catalán fracasó al impedir el 1-O

La desconfianza mutua entre la clase empresarial y el poder político, desde los años de Pujol, ha provocado una pérdida de oportunidades y ha facilitado el choque de trenes

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Desconfianza. Cada uno a lo suyo. Y con, cada vez, menos influencia. La relación entre el empresariado catalán​ y los dirigentes políticos nacionalistas ha sido distante, desde la recuperación de la Generalitat, y ha facilitado el choque de trenes. La clase empresarial catalana fue incapaz, a lo largo del proceso independentista, de impedir que el proyecto avanzara, sin poder evitar el 1-O, aunque lo intentó. A punto de celebrarse tres años del referéndum de 2017, los representantes de esa sociedad civil empresarial lamentan que en Cataluña no se adoptara el modelo vasco, en el que empresarios y políticos van de la mano.

Lo señala Jordi Alberich, que dirige el instituto de pensamiento de Foment del Treball y que ha sido durante años el alma del Círculo de Economía, en calidad de director general. “La desconfianza ha sido total, y en gran medida esa distancia la marcó Jordi Pujol, que no supo tener equipos que mantuvieran una relación constante con el empresariado para poner en pie grandes proyectos, los que se preparaban en toda España, a finales de los ochenta y a lo largo de los años noventa”.

La conversación con Puigdemont

Alberich tuvo la experiencia directa de tratar de impedir todas las consecuencias del 1-O, las que se plasmaron con la declaración de independencia del 27 de octubre en el Parlament. Días después del 1-O, el presidente entonces del Círculo de Economía, Juan José Brugera, y el propio Alberich se reunieron en la delegación del Govern en Girona (el 7 de octubre de 2017), con Carles Puigdemont, para persuadirle de que renunciara a cualquier declaración unilateral de independencia. El argumento era claro: “Esto --Cataluña-- puede quedar como un solar, con las empresas y el capital fuera del territorio”, recuerda ahora Alberich. La respuesta fue ambigua. Puigdemont no tenía un contacto estrecho con el empresariado, no conocía a esa “burguesía” de Barcelona, y la frialdad fue total.

Aunque fuera de Cataluña se ha entendido que los gobiernos de CiU representaban a esa burguesía empresarial, la realidad fue muy distinta. Nunca se lograron proyectos comunes, y esa realidad se ha plasmado ahora con el proyecto de fusión de Caixabank con Bankia, un proyecto de Isidro Fainé y del equipo de la Fundación Bancaria La Caixa, que ha intentado siempre mantener su independencia del poder político, sin que la Generalitat estuviera al caso.

Artur Mas (c), con Mariano Puig y Miquel Valls a su derecha y Juan José Brugera y Anton Costas a su izquierda / FOTOMONTAJE DE CG
Artur Mas (c), con Mariano Puig y Miquel Valls a su derecha y Juan José Brugera y Antón Costas a su izquierda / FOTOMONTAJE DE CG

El papel de Mas-Colell

Lo ha señalado con convicción el economista Antón Costas, expresidente del Círculo de Economía, que lleva años con esa máxima, la de que la burguesía catalana ha dimitido, en muchas ocasiones, de su papel de liderazgo, pero porque tampoco ha estado acompañada de un poder político que fuera cómplice para poner en pie proyectos de envergadura. A juicio de Costas, como señala en una entrevista en el último número de Política&Prosa, la desconfianza “ha sido más determinante desde el mundo político del nacionalismo hacia la burguesía”. Y cita como ejemplo esas advertencias empresariales a Puigdemont, sobre las consecuencias del proceso independentista y de las declaraciones unilaterales que fueron mal recibidas. “Decían que queríamos vender el discurso del miedo, y no se entiende que el mundo independentista no se diera cuenta de las consecuencias de sus decisiones. Me parece inconcebible y que tampoco lo hicieran personas como Andreu Mas-Colell aún me lo parece más”.

El problema viene de lejos, de los tiempos de Jordi Pujol, y de los gobiernos de Artur Mas, que no sabe tampoco conectar y buscar complicidades, a pesar de que se presentó bajo el latiguillo de ser el “gobierno de los mejores”. Costas reprocha a la burguesía catalana que abandonara la apuesta por la industria, algo que no hizo la burguesía vasca, pero considera que la “actual decadencia” de ese poder empresarial se explica también por “el distanciamiento y la desconfianza del nuevo poder político catalán --cuando se recupera la Generalitat-- respecto a las figuras más representativas de la burguesía industrial catalana”. Y pone un ejemplo: “La lejanía entre Carlos Ferrer Salat y Jordi Pujol fue muy evidente en su momento. A lo largo del tiempo y hasta ahora mismo creo que hay una desconfianza desde la dirección del nacionalismo hacia la burguesía catalana barcelonesa que ha sido acusada de ser poco adicta, y eso ha debilitado tanto el poder económico de la burguesía catalana como el mismo poder político”.

Carles Puigdemont (PDeCAT) e Íñigo Urkullu (PNV) / EFE
Carles Puigdemont (PDeCAT) e Íñigo Urkullu (PNV) / EFE

La pregunta de Amancio Ortega

Lo ocurrido en el País Vasco ha sido diferente. Con un modelo basado en la diferenciación entre el presidente del PNV y el lendakari, con una frontera clara de actuación, cuando las cosas han ido mal en el Gobierno se ha dejado “caer” a su presidente, que es lo que ocurrió con el lendakari Ibarretxe.

Y esa burguesía vasca no ha abandonado la industria, y siempre ha estado conectada con “los sectores productivos”. El problema, señala Costas, es que en Cataluña “el autogobierno y la proximidad del poder político no ha sido bueno para el desarrollo de la economía catalana, y deberíamos preguntarnos el por qué”.

Un empresario señala que, en sus contactos constantes con otros empresarios en el conjunto de España, surge siempre la pregunta: ¿Qué pasa con los empresarios catalanes? Tras ser un ejemplo para todos, para el mismo Amancio Ortega, el dueño de Inditex, que conoce mejor Barcelona que Madrid, no se entiende el ambiente de “derrota” del empresariado catalán, que tiene la sensación de que ha comenzado una larga decadencia.