El presidente Pedro Sánchez y el diputado de ERC, Joan Tardà, con al artículo 155 / CG

El presidente Pedro Sánchez y el diputado de ERC, Joan Tardà, con al artículo 155 / CG

Política

Un Sánchez acorralado deja en manos de ERC la aplicación del 155

El presidente del Gobierno quiere ganar tiempo y marcar la agenda política con medidas de contenido social, pero el conflicto catalán lo puede desbaratar todo

13 diciembre, 2018 00:00

Un sendero muy estrecho y escarpado y con adversarios políticos cada vez más crecidos. Es lo que se ha encontrado Pedro Sánchez, que no tiene ningún deseo de convocar elecciones de inmediato, y pretende ganar tiempo, pero sabedor de que todo eso ya no depende de él, aunque tenga la última decisión para llamar a las urnas. Acorralado por los partidos de la derecha española, y por un entorno mediático adverso en Madrid, Sánchez deja en manos de Esquerra Republicana la aplicación del 155, consciente de que no debería actuar de la misma forma que Mariano Rajoy. Pero es la fórmula del presidente del Ejecutivo para señalar a los republicanos, para que entiendan que o aterrizan y muestran que el independentismo debe rectificar, o no podrá evitar la mano dura y la recuperación del 155.

El Gobierno no quiere caer en los errores de Mariano Rajoy y de la exvicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, que confiaron en Oriol Junqueras como el hombre que podía resolver la situación en Cataluña. Pero Pedro Sánchez sabe que Esquerra sigue siendo la fuerza política que puede provocar un giro decisivo para solucionar el conflicto catalán. Eso se pudo comprobar este miércoles en el debate en el pleno del Congreso, con un duelo directo entre Sánchez y el diputado republicano Joan Tardà, que acabó su intervención con una petición: “Aún estamos a tiempo”. Sánchez le pidió que un gesto importante sería renunciar a la unilateralidad, de forma clara. Pero eso no salió de boca de Tardà, que dejó una inquietante aseveración: "Nos van a obligar a volcarnos de nuevo en la desobediencia".

Los políticos presos, el gran escollo

Esquerra no desea un Gobierno español presidido por Pablo Casado, el líder del PP, y apoyado por Ciudadanos. La frase del “cuanto peor mejor” la valoran algunos gurús del entorno de Carles Puigdemont, pero no sirve para los republicanos, que desean gestionar lo mejor posible la Generalitat, que tienen cuadros y dirigentes en la administración, que necesitan recorrido para demostrar su valía, y que están determinados a ser una especie de nueva Convergència Democràtica sin hipotecas, ni ideológicas ni económicas. El problema es que nadie se atreve a dar un paso adelante. Primero, porque quien manda, quien decide, es Oriol Junqueras, que sigue en prisión.

Eso lo condiciona todo. “Todo está pendiente del juicio de la vergüenza”, aseguró Joan Tardà, en referencia al juicio de los políticos independentistas presos que se iniciará en enero. Y, segundo, porque existe un complejo latente todavía respecto al mundo postconvergente: lo que se haga, ¿tendrá premio o castigo?, ¿lo aprovechará de forma irresponsable pero eficaz el nuevo instrumento político que quiere levantar Puigdemont, la Crida Nacional? Todo eso paraliza, por ahora, a Esquerra, que podría romper con Junts per Catalunya en el Parlament, o trazar una estrategia propia y alternativa en el Congreso.

Una imagen de Oriol Junqueras ante la cárcel de Lledoners, donde está preso / FOTOMONTAJE DE CG

Una imagen de Oriol Junqueras ante la cárcel de Lledoners, donde está preso / FOTOMONTAJE DE CG

Oriol Junqueras, presidente de ERC

Andalucía y los votos perdidos

Sánchez, en cualquier caso, quiere que sea el independentismo, y, por tanto, Esquerra Republicana como el partido mejor organizado de ese bloque, el que se responsabilice, el que entienda que más acciones de carácter unilateral, respuestas airadas de los CDR en la calle, afirmaciones incendiarias del presidente Quim Torra o cualquier resolución rupturista en el Parlament tendrá consecuencias. Sánchez afirmó que será “firme y contundente” si se incumple la ley. Y alentado y presionado por los dos líderes de la derecha, Pablo Casado y Albert Rivera, y con el espantajo de Vox, Sánchez no podrá evitar la aplicación del 155 si llega el caso.

¿Se lo puede permitir? No es lo que desea. Su intención es seguir gobernando, y así lo transmitió a los secretarios generales del PSOE, con los que se reunió este mismo miércoles en La Moncloa. La reunión tenía un objetivo: analizar qué ha ocurrido en Andalucía. Sánchez lo tiene claro, pero no el conjunto de dirigentes y barones socialistas. Para el jefe del Ejecutivo la pérdida de 400.000 votos no se debe en exclusiva, ni de forma principal, por la cuestión catalana, sino por la propia erosión del PSOE andaluz. Fue Susana Díaz la que, personalmente, tomó decisiones, la que dejó fuera de las listas a los partidarios de Pedro Sánchez, a los que apostaron por él en las elecciones primarias en el partido. El descontento de muchos socialistas con sus propios dirigentes en Andalucía provocó un gran aumento de la abstención. ¿Es eso trasladable al conjunto de España? Para Sánchez, no, y, por tanto, puede seguir gobernando con el intento, eso sí, de reorientar la agenda política.

Salario mínimo, en Barcelona

En eso está: aumento del salario mínimo y cuanto antes. Se aprobará en la reunión del Consejo de Ministros en Barcelona el 21 de diciembre, una gran prueba de fuego para comprobar qué quiere hacer el independentismo. Si se boicotea el acto, si se producen algaradas y acciones violentas, Sánchez tomará medidas, y será en ese contexto, en el de un Gobierno que gobierna y “mejora la vida de los ciudadanos”.

Otra prueba importante, otro de los gestos que se esperan del independentismo, se producirá en el momento de presentar los presupuestos en el Congreso. Aunque no se confía en que se puedan aprobar, si ERC y PDeCAT no presentan una enmienda a la totalidad --esa es la intención inicial-- el Gobierno ganará casi dos meses, el tiempo en el que se tramitarán esas cuentas.

Gobernar con el 155

Con ello, Sánchez se plantará a las puertas de las elecciones autonómicas y municipales del 26 de mayo. Los barones socialistas no quieren un “superdomingo”, ni tampoco el presidente del Gobierno, que no tiene la intención de convocar para esa fecha las elecciones generales. Tampoco serán en marzo, por lo que todo se encamina a que se celebren en otoño de 2019.

Pero, ¿qué ocurre si se aplica el 155? Ahí Sánchez se encontró con Albert Rivera, que le ofrece un gran acuerdo que pase por aprobar esa medida y convocar elecciones. “¿No parece extraño apoyarme para el 155 y después que no se apoye al Gobierno para que lo aplique?”, le espetó el líder del PSOE. Es decir, si eso llega a suceder, y, según Sánchez, está en manos de lo que haga Esquerra, se mantendrá en el Gobierno e intentará acabar la legislatura.

Aitor Esteban, portavoz del PNV en el Congreso

Aitor Esteban, portavoz del PNV en el Congreso

El portavoz del PNV, Aitor Esteban

El PNV, con Sánchez

No hay otras alternativas. La decisión sobre la política española depende del bloque independentista. Casado y Rivera seguirán empujando, pero si el Govern de Quim Torra --es difícil, después de comprobar cómo funciona el presidente catalán-- no traspasa líneas rojas ni anima una revuelta de los CDR, no habrá opción para el 155.

Quien mejor lo ha expresado es el portavoz del PNV, Aitor Estebán, que auguró “un futuro negro”, en función del auge de la derecha española. Los nacionalistas vascos son ahora un aliado claro de Sánchez, con el objetivo de que se aprueben los presupuestos y se gane tiempo, más tiempo para que todo se reconduzca y el impulso que ha tomado Ciudadanos y el PP, con Vox a rebufo, tras las elecciones en Andalucía, se transforme en una oposición que entre en contradicciones en la propia cámara parlamentaria. Ese golpe lo dio Sánchez en la mejilla de Albert Rivera: “¿Sabe cuántos decretos leyes y medidas de este Gobierno ha aprobado su partido?, 10 de 17, y tres abstenciones, aunque igual usted no se ha enterado”.

En eso está Pedro Sánchez, con toda la presión ahora en el bloque independentista, y, especialmente, en Esquerra, la eterna promesa que, en algún momento, deberá tomar partido.