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Oriol Junqueras: las mentiras del 'Papa Luna'

Oriol Junqueras: las mentiras del 'Papa Luna'

El líder de ERC cerró la boca respecto al 3% y nunca ha vuelto a decir nada. Presume en privado de agenda social, aunque en público solo habla de autodeterminación

13.12.2017 00:00 h.
8 min

Abrasado por una piedad devastadora, Oriol Junqueras es el mártir de una causa sin fondo. Los sondeos dicen que tampoco esta vez ganará las elecciones; en poco tiempo, su dramatismo entre rejas será solo una anécdota triste. En apenas tres semanas, ERC ha perdido 14 escaños. Y ahora, el sanedrín republicano culpa a Marta Rovira para justificar el pase a Carles Mundó, el nuevo presidenciable.

Junqueras es un obcecado al que le han dicho “tú eres muy listo”, sin prevenirle de las consecuencias de sus propios males. Su último mensaje escrito, publicado en El Nacional de Pepe Antich, utiliza el tema del monasterio de Sijena para demonizar el 155. Fácil, fácil, fácil. Dicen que tiene la terquedad de Pedro de Luna, aquel Papa que se encerró en Peñíscola para consagrarse al Cisma de Occidente, hasta su muerte. Lo cierto es que, en el estilo purpurado del exvicepresidente catalán, aparecen y desaparecen las agallas del aragonés Benedicto XIII (según la obediencia de Avignon), que fue capaz de llevarle la contraria a Fernando de Antequera. El líder de ERC, cismático donde los haya, lo tiene más sencillo. Cuando salga de Estremera, podrá dedicarse a anatemizar a la autoridad del Estado, dueño de los murales sagrados de Sijena que se habían salvado milagrosamente de la Desamortización de Mendizabal, la ley más progresista y aconfesional de la historia de España.

Durante los años del hierro, la Iglesia señoreó las tierras y las obras de arte con la ayuda de Aurelio del Pino, el ex obispo confesor de Carmen Polo y conocido con el sobrenombre de El Dedo de Dios, por su fiereza ante el reducto del catalanismo republicano. Ahora, Junqueras critica la resolución laicista de un juez que devuelve los murales al monasterio de los Monegros, no en régimen de propiedad sino de exposición. En este win win catalano-aragonés han entrado NYT, Daily Mail, The Guardian, The Telegraph o la BBC, casi todos con el toque anglosajón de alarma ante el nuevo desaguisado de las autoridades españolas. Los Mossos dispersan a porrazos a los manifestantes congregados ante el Diocesano de Lleida y Unidos Podemos se parte por la mitad en discusiones bizantinas.

Rovira, a calentar la silla hasta su vuelta

Como los canónigos, el candidato preso cabildea. Ha colocado a Marta Rovira en la línea de fuego del juez del Supremo, Pablo Llanera, y el magistrado ha ordenado a la Guardia Civil que detalle la participación de la número 2 de la candidatura de ERC. Con este jefe, Marta se llevará algún coscorrón y poco más. La gloria, si algún día la hay, será toda para el profesor de historia. Junqueras ha hecho con Rovira lo que hacen los jefes autoritarios: dejarla en su puesto para que le caliente la silla sin rechistar hasta su vuelta. Cuando le dice “ahora eres tú, te toca sorprender al mundo”, simplemente miente como un bellaco. Como mintió cuando explicaba la Agencia Tributaria de Cataluña o cuando simulaba inversiones en las ridículas estructuras de Estado escondidas en los papeles salvajes de Lluís Salvadó y Josep Maria Jové.

Tratándose de un trilero, la mística y el juego van de la mano. Junqueras es el dirigente que le dice a Caixabank “vete de Cataluña si quieres; nosotros seremos financiados por fondos de inversión chinos, que hacen cola para entrar”. En fin, un destructor por simple desconocimiento o el atrevimiento de la ignorancia. Tras años de incertidumbre, Gas Natural Fenosa aleja de Barcelona su sede social en el momento en que está cerrando un gran contrato de compra de gas licuado con la nueva megaexplotación rusa del Ártico. Mientras la compañía energética asegura el suministro del siglo XXI, los políticos soberanistas dirigen sus alianzas a los partidos eurófobos de Flandes o Padania. Junqueras ocupa el centro de esta caricatura: el balance desestructurado de un futuro muy negro. Sentimos la soledad del prisionero de Zenda, pero cuando argumenta, simplemente nos avergüenza.

En sus manos, viajaríamos al centro de la seducción sentimental teñida en sangre. Él nos propuso una sinfonía en la que los clamores de la revolución y las trompetas del nuevo orden darían color a la melodía cansina de siempre. Pero la pasión dionisíaca de este hombre no tiene vuelo. Y una fuerza romántica sin armonía ni objetivo acaba siempre en el caos.

Incendiario y bombero a la vez

Al líder de ERC le convenía alimentar debates artificiales como el de Sijena antes de que estallara su connivencia con Artur Mas en la cortina que ha tapado la corrupción durante el quinquenio del procés. Pero ya es tarde. La perspectiva del tiempo nos ha devuelto la imagen de los Presupuestos del 2011, los del tijeretazo y el plan de austeridad, el día que Mas accedió al Parlament en helicóptero con el edificio rodeado por los indignados. Casi en el ecuador de la campaña aparece la corrupción, aunque solo sea como referencia del pasado. Junqueras cerró la boca entonces respecto al 3% y nunca ha vuelto a decir nada; presume en privado de agenda social, aunque en público solo habla de autodeterminación. Es un progre ante sus hijos y vecinos, pero cuando se viste de hombre público piensa en plural mayestático y le habla de tú a la nación.

Como parte del Estado, expresa el desconcierto de Leviatán ante las catástrofes económicas y sociales que él contribuye a crear. A cambio establece sin palabras, pero con gestos muy elocuentes, la supremacía sacra de lo catalán; la transferencia entre la Providencia y la patria, en un estilo que sigue de cerca la poética romántica de Verdaguer y el ensayo conservador de Torras i Bages. Ante un público apático y emocionalmente alterado, Junqueras acuña su raza. Afronta el peligro que ha generado previamente; le saca partido a la catástrofe inducida; es incendiario y bombero a la vez; gobierna sobre la paz de los cementerios. En su jardín, el del herético Pedro de Luna, es inútil buscar armonía social donde solo hay justicia divina.

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