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Manifestantes con urnas, en la protesta independentista para recordar el 1-O / EFE

El aniversario del 1-O, sólo para los irreductibles y sin paralizar el país

Los actos y los cortes de vías, junto a una manifestación sin orientación, no logran la fuerza suficiente para que el independentismo marque de nuevo al Gobierno español

8 min

Un otoño caliente, con diferentes fechas. Y la más importante era el 1 de octubre, para recordar lo que ocurrió hace un año, con las actuaciones policiales. El independentismo quería utilizar el 1-O como palanca para mantener la tensión y recuperar el espíritu de la República, pero ha llegado a ese supuesto otoño caliente muy dividido, y, principalmente, sin una estrategia clara. La jornada acabó con una profunda grieta interna, con los independentistas contra los Mossos en las puertas del Parlament pero sin paralizar la actividad de la sociedad catalana.

Los CDR marcaron el día, con actuaciones en las principales vías, --cortaron la vía del AVE momentáneamente en Girona--, y cortes de tráfico en Barcelona, actos diversos, como un encadenamiento en la Bolsa de Barcelona, y una manifestación por la Via Laietana hasta el Parlament con la participación de unas 180.000 personas, según la Guardia Urbana. Ninguna “huelga de país”, con todas las empresas a pleno rendimiento, y sin ninguna conclusión clara. Sólo un “Recuperemos el 1 de octubre”, como lema de los manifestantes.

Desgarro interno

Hay un núcleo independentista que mantiene el vigor, fuerte, que se moviliza cuando lo piden las entidades soberanistas, como la ANC y Òmnium Cultural, pero las diferencias internas, la desorientación sobre lo que se debe defender a partir de ahora, ha comenzado a hacer mella. Algunos de los manifestantes, al final de la protesta que se desarrolló en la tarde del lunes, se saltaron el guion y pidieron la dimisión del consejero de Interior, Miquel Buch, en una clara demostración de que el problema ahora se sitúa en el interior del independentismo.

La bronca, precisamente, se centró de nuevo en los Mossos, cuando los agentes, que custodiaban el Parlament, donde finalizaba la manifestación, pararon los intentos de los independentistas de entrar en el edificio. Con furgones policiales de refuerzo, y con manifestantes que se sentaban en el suelo, con lanzamiento de huevos, se evidenció que el independentismo se va desgajando en dos: una parte que recuerda el 1-O y utiliza la retórica, pero que no quiere traspasar más líneas rojas, y los más exaltados, los que entienden que el Gobierno de Torra les ha engañado, que no hay “ninguna implementación de la Répública”. Pero nada se paró a lo largo del día, con esas 180.000 personas, un número muy inferior a otras protestas o movilizaciones celebradas en los últimos meses. 

La ANC presiona

En ese lado está la CUP y una parte del llamado independentismo de “derechas”, aquellos que, desde posiciones liberales, piden que se acelere el proceso y se “respete” realmente el 1-O, que se entiende como “el único momento de autodeterminación” que ha ejercido el “pueblo de Cataluña” en todos estos años.

En ese bando está la ANC, con Elisenda Paluzie al frente, y la exconsejera de Enseñanza, Clara Ponsatí, que lanza dardos contra el presidente Quim Torra desde Escocia. También defienden esa posición un núcleo de jóvenes profesionales entorno a Bernat Dedéu y Jordi Graupera, arropados en las tertulias en los medios de comunicación por nombres como Pilar Carracelas o Maria Vila, que son influyentes en sus entornos.

Sin República

Recordar el 1-O como gran hito del independentismo no lleva a una concreción política. Lo sabe el presidente Torra, y, principalmente, Esquerra Republicana, que desea gobernar y buscar “mayorías incuestionables”, como asegura el vicepresidente de la Generalitat, Pere Aragonès. Lo que ocurre es que todo el Govern de la Generalitat tendrá dificultades a partir de ahora para hacer ver a los suyos, a una parte no menor del independentismo, la más activa, la que está deseosa de correr riesgos, de que lo conveniente es seguir esperando una respuesta del Gobierno español.

Esas dificultades se entienden cuando el propio Carles Puigdemont, desde Bruselas, ha justificado esa demora, esa espera, porque ha habido un cambio de Gobierno en la Moncloa. “Debemos esperar a ver qué propuesta tiene Pedro Sánchez, o qué desea proponer”, señaló el expresidente catalán.

Contra los Mossos

Las divisiones han aparecido, incluso, entre Torra y Puigdemont. Mientras el vecino de Waterloo criticaba los ataques de los independentistas contra los policías y contra los propios Mossos d’Esquadra en la manifestación que los agentes de los cuerpos de seguridad organizaron el pasado sábado, Torra evitaba una condena y animaba a los CDR para que siguieran “apretando”, como ocurrió este lunes para recordar el referéndum del 1-O.

Todo eso ocurría en clave interna, porque, a diferencia de otras fechas, hace un año, nada se paralizó, ni el tráfico, al margen de algunos momentos a primera hora de la mañana, ni la vida económica o los comercios. A pesar de las diferentes consignas, ni los CDR, ni la propia ciudadanía más comprometida, quiso que fuera una "huelga de país", con las patronales muy atentas para que nada se pudiera asemejar al 3 de octubre del año pasado. El otoño caliente, en realidad, se puede convertir en un otoño caliente “interno”, según admiten fuentes de los partidos independentistas.

Final de la unilateralidad

Es Torra, en el seno del Gobierno catalán, el que debe decidir qué pasos da a partir de ahora, con los Mossos en la diana de la CUP, y de los propios asesores áulicos del presidente, como el historiador Agustí Colomines, que rechazó de plano la actuación de los Mossos del pasado sábado.

La retórica sin concreciones ha comenzado a hartar al propio independentismo más consecuente. Pero Torra, y menos Aragonès, en contacto permanente con Oriol Junqueras, no están dispuestos a correr más riesgos. Se recuerda el 1-O, pero se abandona la vía unilateral. Y la proclamación de la República queda para el largo plazo.