Sablazos por la república

Ramón de España
5 min

Lo que distingue a los políticos soberanistas de todos sus colegas es que, en cuanto te descuidas, intentan pegarte un sablazo. Hace unas noches, durante el debate municipal de TV3, el Tete Maragall desenfundó el sable sin venir a cuento para decirle al espectador que a ver si se retrataba, que en la Caixa de Resistència no había más que telarañas y algún ácaro, y que así no había manera de pagar las fianzas de los héroes de la república ni de impedir el embargo de sus bienes. Menos mal que no había público en el plató, pues en tal caso, no me habría extrañado que el Tete aprovechara los momentos en que hablaban los demás alcaldables para pasar la gorra entre el respetable.

Como no podía ser de otra manera, el principal defensor del sablazo a los compatriotas es Carles Puigdemont. Recordemos su brillante idea del Consejo por la República: le soltabas diez euros y ya formabas parte de tan necesaria iniciativa, que solo se pondría en marcha --para hacer Dios sabe qué-- cuando se alcanzara el millón de socios (es decir, cuando Puchi dispusiera de diez millones de euros para sus cosas). Pero la generosidad del procesista tiene sus límites, y hace tiempo que no oímos hablar de la propuesta: lo último que leí al respecto indicaba que se llevaban recaudados 60.000 euros, una cifra ligeramente por debajo de las perspectivas. Solución: carpetazo al Consejo por la República y ni una sola explicación sobre el destino de los 60.000 machacantes.

Para no ser menos que su amo y señor, Quim Torra acaba de poner en marcha otro sablazo, presentado bajo el eufemismo de crowdfunding. El objetivo es, según el vicario, alcanzar la soberanía etílica, un concepto que ya consagró en su momento José María Aznar cuando dijo aquello tan racial de que a él nadie tenía que decirle las copas de Ribera de Duero que se podía apretar antes de ponerse al volante. En el caso de Torra, se trata, claro está, de la ratafía, y el hombre pone el cazo para fabricar dos marcas de esa bebida tan nostrada, que responden a los bonitos nombres de El penjat y La penjada. ¿Un licor para colgados? No, gracias, seguiremos con el whisky.

Otra iniciativa muy reciente es la que ha puesto en marcha el PDeCAT y que consiste en montarle una tournée por Cataluña a Jami Matamala, ese señor que se ha tirado un año y medio en Bélgica porque de vez en cuando hay que aligerar las presiones del trabajo y de la familia. La cosa se anuncia como una oportunidad de saludar al bueno de Jami, del que se destaca en los carteles su principal mérito: ser el amigote del expresidente huido de la justicia. No sé si cobran por saludar a Jami o si el sablazo empieza cuando pretendes hacerte un selfie con él, pero tal como está la Caixa de Resistència, yo no dejaría pasar la oportunidad de sacarles los cuartos a los incautos.

Hace muchos años, me presentaron a Pepín Bello, superviviente de la mítica Residencia de Estudiantes de Madrid. Me alegró estrecharle la mano porque esa mano había estrechado a su vez las de Lorca, Buñuel y Dalí. De hecho, el amigo Pepín, que nunca había dado un palo al agua, ha pasado a la historia por sus compinches de juventud. Igual que el señor Matamala, de acuerdo, pero no vamos a comparar a Buñuel con Puchi, ¿verdad? O se buscan reclamos más rutilantes que el Consejo por la República, la soberanía etílica y el placer indescriptible de saludar a Jami o las telarañas (y el ácaro) se van a eternizar en la hucha.

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¿Quién es... Ramón De España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

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