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Si el martes les hablaba de Chucky, el muñeco diabólico, para ponérselo de ejemplo al monigote de ventrílocuo que nos endilgó Puchi para que le hiciera de guardés de la finca, hoy, tras la Diada, me viene a la cabeza otro clásico reciente del cine de terror, La purga. La cosa sucedía en una ciudad estadounidense, en un futuro muy cercano, durante la Noche de la Purga, un acontecimiento anual instaurado por las autoridades para rebajar el nivel de criminalidad del país, permitiendo todo tipo de barrabasadas que quedaban impunes y debían concluir al amanecer. Durante esa noche, las personas decentes se atrincheraban en casa mientras las calles se llenaban de ladrones, asesinos, violadores y chusma de todo tipo, que podían hacer el mal sin tasa hasta que saliera el sol.

Dado el tono cansino y repetitivo que se observa en cada Diada, sus responsables tendrían mucho que aprender de La purga. Antes de 2012, la cosa también era un desahogo inútil, pero se había convertido, casi, en una fiesta nacional como cualquier otra: la gente se iba a la playa y los nacionalistas ocupaban las calles, abucheaban al PP ante el monumento a Casanova y, ya de noche, los más bestias se cargaban los cristales de un McDonald's. Eso era todo. Hasta que en 2012 empezó la neo Diada, que el pasado martes llegó a su séptima y aburrida edición. No negaré que hubo cierto esfuerzo por elevar el nivel de la manifestación, gracias a la presencia de Arnaldo Otegi, grupos de camaradas fascistas de Italia y Bélgica y hasta ese Punjab gentleman que representa a Clara Ponsatí y que vino a informarnos de que España sigue siendo franquista. Pero no es suficiente. Habría que llegar a algún acuerdo con el Estado para que la Diada se convirtiese en algo más parecido a La purga. Se trata de desfogarse, ¿no? Pues hagámoslo bien. Y por ambas partes.

En la purga nacionalista que propongo debería permitirse a los independentistas hacer el animal sin tasa, proporcionándoles armas con las que enfrentarse a los opresores (tarea de la que podría encargarse Gonzalo Boye, cuyos años de terrorista supongo que le sirvieron para hacer contactos de utilidad). En nuestra noche de la purga, los no independentistas nos encerraríamos en casa a esperar que pasara la tormenta (salvo los inevitables descerebrados que saldrían a matar separatistas). Y si algún unionista quiere suicidarse por persona interpuesta, solo debería salir a la calle ondeando la enseña nacional.

Evidentemente, la noche de la purga no carecería de riesgos para los indepes más proclives al uso del trabuco: la policía nacional (los mossos, como los curas y los políticos nacionalistas, podrían dormir en paz) se retiraría de las calles, pero se atrincheraría en las comisarias por si a los otros les daba por atacar alguna. Como sabe cualquier poli, es mas fácil defender una posición que tomarla por asalto. Los políticos constitucionalistas, por su parte, deberían hacerse fuertes en sus sedes, recurriendo, claro está, a la seguridad privada (seguro que los albanokosovares de Desokupa, que son casi todos exmilitares, estarían encantados de volver a empuñar una metralleta). Al amanecer se recogen los cadáveres, se entierran sin alharacas y hasta el año que viene a la misma hora. Eso sí, el Gobierno regional se compromete a hacer política autonómica y a no tocar las narices durante los siguientes 364 días.

Teniendo en cuenta los lamentables precedentes de la lucha armada en Cataluña, tal vez bastaría con una sola Noche de la Purga para que los indepes dejasen de dar la murga y de hacer el ridículo por la Diagonal con las camisetas de La Botiga de Vilaweb. O de los chinos, que el patriotismo no está reñido con la racanería.

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¿Quién es... Ramón De España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

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