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Laura Borràs, esa luchadora

Guillem Bota
17.02.2020
5 min

Laura Borràs se siente perseguida por la justicia, pobre mujer. De momento, la persiguen por ser independentista, pero no descartemos que, si eso no le resulta suficiente para erigirse en mártir, dentro de poco nos suelte que la justicia la persigue por ser mujer. Y al cabo de otro poco más, por ser homosexual o animalista o vegetariana, todo vale antes que reconocer que a una la llevan a juicio acusada de haber adjudicado irregularmente 18 contratos a un amiguito

Borràs está acusada de prevaricación, fraude a la administración, malversación y falsedad documental, como se ve, en ningún lugar aparece el presunto delito de independentista, por no aparecer no aparece ni siquiera en el Código Penal.

En pleno franquismo hubo un estafador de la tan catalana comarca del Vallès a quien descubrieron los trucos que usaba para enriquecerse ilícitamente, y acabó pasando unos meses en la cárcel. El hombre siguió después su carrera empresarial, y falleció ya en plena democracia. En la necrológica publicada en la prensa catalana, entre otros méritos suyos, se destacaba que el ilustre fenecido "sufrió persecución y fue encarcelado durante el franquismo". De hecho, la necrológica no contenía mentira alguna, por más que la mayor parte de los lectores pensaran que se trataba de un heroico luchador antifranquista, un adalid de la democracia.

Supongo que Laura Borràs debe aspirar a lo mismo. No a morirse, que a eso no aspira nadie aunque todos sabemos que alcanzaremos tal meta, incluso sin poner nada de nuestra parte. Sino a que un día, Dios quiera que muy lejano, en su necrológica no consten solamente datos como su sonrisa boba y su afición a vestir de amarillo canario --que son los únicos méritos que se le conocen hasta el momento-- sino que fue perseguida por la justicia española. Si con suerte no hay nadie que recuerde los detalles de esa persecución, quizás quede para la historia como una luchadora por la independencia de Cataluña. Aunque mucho me temo que los tiempos han cambiado y que en la era de las redes sociales siempre habrá alguien dispuesto a recordar que si la justicia actuó contra Borràs fue por regalar --de momento presuntamente-- contratos a tutiplén.

Sucede que la doctrina de aquel espabilado industrial vallesano se ha instalado con tal fuerza en Cataluña que aquí ya no hay presos comunes, se han convertido todos en presos políticos. Cualquier chorizo de medio pelo se ve autorizado a erigirse en un perseguido por sus ideas. Al fin y al cabo, si los que están en la cárcel por sedición se llaman a si mismos presos políticos, si Jordi Pujol acusó a la justicia de ir contra Cataluña cuando le acusaba del pelotazo de Banca Catalana, y si Laura Borràs intenta hacernos creer que es una pobre víctima del malvado Estado que no tiene otra cosa que hacer que inventarse delitos para juzgarla, ¿por qué el resto de presos de todas las cárceles catalanas han de seguir siendo considerados delincuentes?

Lo mejor que le podría suceder a Laura Borràs es que, ante su negativa a declarar ante el juez, vaya a buscarla la Guardia Civil y la lleve al juzgado por la fuerza. Yo le aconsejo que, para facilitarlo, renuncie a su aforamiento y deje la puerta de su casa abierta el día que vengan a buscarla. La cuestión es conseguir la imagen de la entrada al juzgado bajo custodia y poder realizar declaraciones épicas, siempre épicas, a la salida, donde la esperará TV3. Con eso y con insistir que todo se debe a una campaña orquestada en su contra a causa de sus ideas, en unos años nadie se va a acordar de los chanchullos y los mangoneos que protagonizó.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.