Había una vez un circo de familiares de presos

Guillem Bota
03.12.2018
5 min

Salía el otro día en TV3 el padre de Oriol Junqueras, lamentando que no podía abrazar a su hijo. Me pareció entender que no lo decía por el volumen del niño, sino porque éste permanece encerrado en la cárcel. Las declaraciones de Junqueras senior provocaron lágrimas en muchas señoras y en algún señor, así como las predecibles manifestaciones en las redes y en los sms que se envían a TV3 para que salgan publicadas en la parte inferior de la pantalla, todas ellas referidas a la crueldad de la justicia española, que permite a los padres abrazar a los hijos que viven entre barrotes sólo muy de vez en cuando. 

Cataluña, ya lo ven, es un valle de lágrimas. Los catalanes son llorones por naturaleza, y sabiendo eso, TV3, siempre atenta a las necesidades de los ciudadanos, les facilita aflojar el lacrimal. Es así que desde hace poco más de un año, asistimos a la procesión televisiva de los familiares de todos los presos, uno tras otro, a veces en pareja, en ocasiones en comandita. Me refiero a todos los presos que tuvieron algo que ver en el procés, ya que el resto es como si no existiera. No llevo la cuenta, pero en el último año he podido ver cómo pasaban por distintos programas de TV3 --noticiarios, debates, espectáculos de variedades, late shows, falta sólo que aparezcan en el resumen de los partidos del Barça-- a esposas, maridos, padres, hermanos e hijos de lo que aquí se ha dado en llamar “presos polítics”. Eso al principio, porque quizás para no agotar al espectador siempre con las mismas caras, la retahíla ha continuado en los últimos meses con tíos, sobrinos, vecinos, primos y suegros. No han aparecido todavía los cuñados porque esperan reclutarlos durante los ágapes navideños, entre polvorón y polvorón. He llegado a ver en algunos actos públicos --no hay acto público que se precie, que no tenga bien visible un familiar de preso, ello da un toque de glamour-- a bebés, aunque como éstos todavía no son capaces de mostrar su repulsa hacia el juez Llarena, van acompañados de sus mamás, que toman la palabra en su lugar. Más lágrimas.

El espectador puede preguntarse qué aporta el sobrino de Cuixart, si lo tuviere, al debate en general. La respuesta es clara: nada. Aparece el sobrino, asegura con voz melosa que hace un año que no le da un beso a su tío, y ya tienen ustedes ahí mil mujeronas catalanas soltando el moco. Si encima el niño añade que quiere mucho a su tío y que es una crueldad lo que hace "el estado español", entonces provoca incluso erecciones entre el procesismo. Eso es todo. Suficiente para que se alcen voces contra un estado fascista que permite tal cosa, es decir, que permite que haya presos con hijos. En Cataluña no se entiende que alguien pueda estar en la cárcel con certificado de paternidad. Entre los independentistas, el diálogo lógico que debe seguirse en cualquier juzgado de un país democrático, es el siguiente:

-¿Tiene el acusado algo que alegar?

-Sí, señoría, que tengo un par de hijos.

Suelten inmediatamente a ese hombre!

Claro que también puede el espectador preguntarse si no tienen todos estos familiares ni un ápice de dignidad, para prestarse a este circo. Que TV3 no lo tiene, como tampoco tiene vergüenza, era cosa sabida. Pero uno esperaba de los familiares unos mínimos de decencia. Y si no es así, que sean los propios presos quienes prohíban a sus seres queridos prestarse al bochornoso juego. Que ya somos mayorcitos.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.

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