No te vistas que no vas: la fiesta no es para feos

Ignacio Vidal-Folch
7 min

La mesura, la proporción, el equilibrio, son rasgos de carácter de la inteligencia, cuyo mecanismo consiste en relacionar datos distintos de forma creativa y eficaz. No basta con disponer de los datos, de los conocimientos, aunque estén almacenados en una memoria prodigiosa como la de Funes, si luego no sabes relacionarlos de manera que de ahí salga algo nuevo.

Claro que, para que algo salga, esos datos tienen que estar en el mismo nivel, en el mismo orden de cosas. No se puede sumar peras y manzanas, churras con merinas. No: la caída de Constantinopla y el procés no están en el mismo orden de cosas, Cataluña no pinta nada en la geopolítica, ni las hazañas de nuestros presidentes de la Generalitat pueden relacionarse, ni siquiera tangencialmente, con los horrores de Ucrania. Salvo que uno profese la doctrina de la escuela estética del surrealismo, que, como recordará el lector, postula, como fenómeno estimulante y digno de atención, “el encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas sobre una mesa de disección”.

Precisamente una de las recurrencias habituales de la mentalidad catalanista, que, como he señalado ya algunas veces, tiene vetas de complejo de inferioridad y de complejo de superioridad, son los paralelismos, las analogías, las similitudes de los acontecimientos de nuestra política regional --de una trascendencia para nada despreciable pero perfectamente descriptible-- con los movimientos históricos decisivos y los grandes acontecimientos.

Es el paraguas y la máquina de coser. Esta pretendida igualación o comparación metafórica de la experiencia de las multitudinarias manifestaciones de familias en camiseta, un domingo de septiembre, con los hitos de la historia mundial, con los procesos de liberación de las colonias, a veces produce en el observador forastero, no avisado, efectos de estupor, como en el visitante de un museo los “objetos surrealistas”: un zapato forrado de lana, un ojo dentro de un vaso… Pero ¡ay!, en vez de libertadores, en vez de ensanchar la percepción, ¡qué tristes son los objetos surrealistas!

Así, los presos del procés fueron reiteradamente comparados nada menos que con Mandela. Artur Mas, con Rosa Parks; Puigdemont, con Gandhi, et va le monde. Las vicisitudes burguesas de nuestra región con las tragedias de los kurdos y de los armenios, los porrazos del 1-O, con la matanza de Tiananmen. Cataluña con una colonia, sometida a apartheid. Etcétera.

Nuestro gran metafórico fue sin duda Artur Mas, haciendo de Cataluña, un día, la Dinamarca del sur, y otro día Massachusetts. Ahora dos eminencias dudosas como Junqueras y Otegi se reúnen para advertir que la guerra de Rusia contra Ucrania tiene interesantes paralelismos con las relaciones entre España y Cataluña, y el Govern de nuestra región insiste: “La guerra de Ucrania no debe retrasar la mesa de diálogo”.

Es el chiste de la hormiga que se sube al lomo de la elefanta con ánimo de copular con ella, y mientras bombea le pregunta, solícita: “¿Te hago daño, vida mía?”. Entiendo que si se recurre a esa reiterada comparativa demencial --y que según las tragaderas que cada uno tenga puede parecer a veces ridícula y a veces obscena, como cuando se habla de España como de la Alemania nazi y de Cataluña como los judíos-- en parte es porque esa gente no tiene medida, mesura, templanza, equilibrio, sentido de la proporción, y en parte porque no hay a mano una épica real, no hay datos, no hay hechos que confirmen el a priori de que Cataluña es una nación oprimida, esquilmada, explotada, etcétera.

El último episodio de esta tendencia comparativista tan llamativa es la pretensión de haber detectado una alusión sarcástica y despectiva contra Puigdemont (comparando desventajosamente su valor físico con el de Zelenski) en unas palabras sobre Ucrania de Josep Borrell, alto representante, jefe de la diplomacia europea y ministro de Asuntos Exteriores de la Unión.

Sin enterarse de que el sarcasmo de Borrell no iba por Puchi, sino por Yanukóvich, como entendieron todos más allá de nuestra región, algunos portavoces del régimen se han rasgado las vestiduras, y el locutor radiofónico Bassas hasta le acusa de ser “un político incapacitado para ocupar el cargo que ocupa”... Por favor, que nadie se lo chive a Borrell, que seguro que le entristecería mucho y pensaría en la renuncia...

De momento, este ya ha dicho que “en estos momentos, haciendo frente a una guerra, lo último que se me pasa por la cabeza es el señor Puigdemont”. ¡Ay, ese encogerse de hombros! ¡Ay! Es insoportable la indiferencia del otro. En la desesperación de su borrosa existencia, de un ideario decimonónico y de una causa sin sentido, algunos lamentan que no se haya producido entre nosotros ninguna muerte violenta, siquiera casual, que le hubiese dado substancia, un mártir, al movimiento nacional. Otros, a falta de muertos, imploran siquiera un insulto, porque si te insultan quiere decir que por lo menos alguna existencia tienes.

Es lo del bolero: "Ódiame, por favor, yo te lo pido. Ódiame sin medida ni clemencia. Porque ten presente, de acuerdo a la experiencia, que tan solo se odia lo querido". Pero la realidad de las cosas es peor, es la rumba-ecléctica: "No te vistas que no vas: la fiesta no es para feos".

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El País y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.